Zubin Mehta: «Martha Argerich es única; la música brota de ella como una fuerza natural»

Al frente de la Orquesta Filarmónica de Israel, el director se presentará en el Teatro Colón con Martha Argerich como solista

www.lanacion.com.ar | Pablo Gianera

Cuando hace unos años le preguntaron a Zubin Mehta cómo le gustaba ocupar su tiempo libre, contestó: «Mi entretenimiento favorito es dar entrevistas». Por supuesto, no lo era entonces ni lo es ahora, cuando atiende el teléfono casi a la una de la mañana de Tel Aviv. Bastante cansado, el maestro indio sigue siendo de pocas palabras, aunque con las ideas bien claras, igual que siempre, igual que cuando dirige.

 
 

Sin embargo, la inminencia del viaje a Buenos Aires para actuar en el Teatro Colón al frente de la Filarmónica de Israel parece entusiasmarlo. En realidad, la tremenda vida musical de Mehta tuvo en parte su nacimiento profesional aquí mismo. «Piense que estuve por primera vez en Buenos Aires en 1962. Prácticamente inicié ahí mi carrera musical, porque apenas tenía un año como director cuando me presenté en la Facultad de Derecho. Entrar al Teatro Colón era muy difícil para mí entonces. Esta vez vamos a hacer piezas muy diferentes. Es el repertorio habitual de la orquesta. Y no me gusta repetir lo que hice la última vez. Además, estamos muy contentos de que Martha Argerich toque con nosotros. Haremos la Sinfonía fantástica, de Berlioz; la Primera de Mahler, la Tercera de Schubert».

En 1962, Mehta actuó en el auditorio de la Facultad de Derecho y estrenó las Cinco piezas opus 16, de Arnold Schönberg. Ese mismo año, lo nombraron director de la Filarmónica de Los Ángeles: punto de despegue de un itinerario que incluiría las filarmónicas de Nueva York (en reemplazo nada menos que de Pierre Boulez) de Viena y, desde 1969, un vínculo siempre estrecho con la de Israel.

Pero Mehta ya sabía bastante de Buenos Aires aun antes de poner un pie en el Río de la Plata. Lo sabía por una de las mayores amistades de su vida: Daniel Barenboim. Los conciertos de los dos amigos se superponen. «Lo conocí en 1956, a él y a sus padres. Es una amistad bien argentina. Ahora nos vamos a ver. Coincidimos esta vez en Buenos Aires. Seguramente nos vamos a encontrar casi todos los días».

Mehta y Barenboim son hombres que vienen de una época heroica de la música del siglo XX. Ahí están las clases con Hans Swarowsky, en las que eran compañeros con Claudio Abbado. «Me sentí siempre muy cerca de la música del siglo XX -dice Mehta-. Crecí y me formé en Viena. Conocí entonces muy de cerca la música de la Segunda Escuela de Viena por intermedio de mi maestro Swarowsky, que había sido discípulo de Schönberg y nos inculcó el amor por esa música. Y tengo que decirle que mi amor por Mahler y Bruckner proviene en realidad de la Segunda Escuela de Viena. Llevo en el corazón a toda esa ‘familia’ de compositores vieneses».


«Es el amor por lo que hago. No podría vivir sin esto. Cada concierto, cada vez que subo al escenario busco una relación amorosa con la obra que voy a dirigir.


Hay como un núcleo primigenio, casi una matriz vienesa en la vida del Maestro, y esa matriz está también en el origen de su relación con Martha Argerich, que será la solista del Concierto en la menor de Robert Schumann en una de las fechas de la visita de Mehta a Buenos Aires. «A Martha la conozco desde que tenía, creo, 11 años. Fue en Viena. Asistió a nuestra clase de dirección. Y tuve una relación muy amistosa también con su madre. La conozco desde hace muchísimo, sí. El año pasado ya tocó con nosotros el Concierto de Schumann en Israel. No le puedo decir el placer que me da. Ella es absolutamente única. La música brota de ella como una fuerza natural. Todo lo que hace es completamente lógico. Y lo más importante, cuando uno la acompaña consigue comunicar lo que va a hacer antes de hacerlo, musicalmente hablando».

A los 83 años, Mehta no da ningún indicio de que tenga pensado recortar su cantidad de conciertos, ya ni hablemos de un retiro. ¿No sintió nunca fatiga intelectual? Asoma en la voz un fastidio vacilante. «Usted debería saber la respuesta.», señala. Pero enseguida se decide: «Es el amor por lo que hago. No podría vivir sin esto. Cada concierto, cada vez que subo al escenario busco una relación amorosa con la obra que voy a dirigir. Sigo enamorado de la música. El desafío más difícil con una gran orquesta como la Filarmónica de Israel es ser digno de ese amor.»ß

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