¿Por qué cantar en un coro cuando se es niño o adolescente?


Vía: www.equipoagora.es | Por Javier Ibarz Gabardós

Las razones se quedan cortas, porque la experiencia del canto coral podría resumirse en las palabras de una niña que, a la pregunta de “¿por qué cantas en un coro?” efectuada por un periodista respondía: “porque la vida se ve de otra manera”. Después de 30 años cantando en coros, y después dirigiéndolos, me sería fácil, sin entrar en argumentaciones técnicas o eruditas, algunos aspectos de la actividad coral que indudablemente enriquecen y educan a quien participa de esta experiencia. Pero prefiero aproximarme a la respuesta mediante el relato de mi propia experiencia.

Entré en mi primer coro a la edad de 8 años, en cuanto mi colegio me ofreció la posibilidad de hacerlo. No recuerdo porqué ni cómo, pero allí estaba el primer día. Debo resaltar que aquél coro lo constituyó de manera voluntaria y gratuita un profesor enamorado de la música y de los niños que sería mi padre y guía primero en el camino de mi desarrollo musical, D. Ángel Serna. Así nacen los coros a menudo: por iniciativa de alguien previamente infectado por el virus del canto coral, que seguramente tampoco podría explicarse muy bien acerca de los efectos de esta enfermedad en su organismo. Y fui a mi primer concurso ese mismo año. ¡Qué maravillosa audacia la de D. Ángel! Celebro haber sido yo después igual de imprudente en mi primer año como director de coro.

Seguí cantando en los cursos posteriores, y aprendí canciones folklóricas de toda España que me emocionaban y me inculcaban un conocimiento de las raíces frondosas de nuestra cultura que hoy son prácticamente desconocidas a mis coetáneos, en favor de músicas perecederas y estandarizadas, que repitiendo una y otra vez los mismos esquemas son percibidas por la muchedumbre como ¡novedosas!

¡Cantar a dos voces, y luego a tres, y a cuatro! El participar del proceso constructivo de los ensayos corales me ensanchaba el oído más y más; cantaba, y escuchaba la otra voz que producía las consonancias y disonancias adecuadas; descubría el mundo de la armonía: el intervalo, el acorde, la tensión y distensión armónica…; me iba siendo cada vez más evidente la diferencia entre afinación y desafinación, notas propias y extrañas a un acorde, sonido empastado o no…

Y luego, con el tiempo, conocer a los grandes maestros. Rumiar pausadamente las obras de Victoria, de Mozart, de Bach, de Schubert, Mendelssohn, Britten, Poulenc, Gorecki… Y tener así el modelo de lo sublime, de lo perfecto, de la música que nace de lo más hondo del corazón y es moldeada por las más sabias manos. De la música que, bebiendo de las fuentes más profundas, realiza una verdadera síntesis creativa, nunca una “creatio ex nihilo”.

El canto. Conocer la riqueza de la propia voz. Desenterrarla poco a poco. Descubrir la interacción entre los estados de ánimo, las tensiones psíquicas, y el sonido. Y recorrer una y otra vez el camino de ida y vuelta entre unas y otras. Conocerse y perfeccionarse de manera integral, sabiéndose una unidad. Con avances y retrocesos, naturalmente. Cuando te sumerges en el empeño de aprender a cantar, el hacerlo se convierte en una necesidad primordial. Y allí donde piensas que nadie te va a tomar por loco, cantar y cantar, y experimentar con la voz. Y aún así, ¡cuántas veces tienes que sonreír o mirar para otro lado cuando alguien se gira o se asusta porque de pronto soltaste uno de tus “gorgoritos”!

¡Y qué sorpresa descubrir la acústica, las sonoridades insospechadas que se producen al cantar en el metro, en una escalera o en el ascensor (y poner cara de póker al salir)! Darse cuenta de que la misma música no puede ser interpretada de la misma manera en diferentes entornos, y reconocer la sabiduría de los arquitectos medievales o renacentistas, que, mucho antes de que se inventaran los micrófonos, diseñaban sus iglesias de manera que el sonido fluya y reverbere de una manera óptima, constituyendo la perfecta caja acústica para la música que en ellos resuena (mejor no comparar con el estado de la cuestión en la actualidad).

Por último, la amistad. Estar en un coro es sentirse profundamente unido a otros por un amor común, descubrir las maravillas que surgen cuando unimos nuestras capacidades, nuestras sensibilidades, nuestros esfuerzos, por algo que vale la pena. Y sufrir juntos en un ensayo general, y tomar unas cañas para celebrar el éxito de un concierto, y reírse de esos fallos o accidentes que el público no vio pero nosotros sí, y de los otros, también. Y las excursiones, y la respiración contenida cuando se van a anunciar los premiados en un certamen coral, y la tristeza cuando alguien deja el coro.

Oí decir a un responsable educativo hace poco: “Hay dos clases de colegios: los que tienen coro, y los que no”. Ciertamente. Y es que el coro, además, es exorcismo y es terapia. “Donde hay música, no puede hacer cosa mala”, decía Cervantes. Tengo niños en mi coro con hiperactividad, adolescentes oprimidos por sus conflictos interiores o por la presión de padres que evidentemente no cantan, amigas que riñen pero cantan juntas, chicos que han recibido una mala noticia y por eso vienen al ensayo, jóvenes cuyas desordenadas vidas tienen su punto de equilibrio en la cálida y serena  armonía de un motete de Victoria…

En fin, a qué seguir. Como dije al principio, las razones se quedan cortas para explicar las bondades de la música para el espíritu humano, y en particular las del canto coral. Sólo quisiera con estas líneas haber despertado en alguien las ganas de disfrutar de una oportunidad accesible a todos, gratuita y universal: la de hacer música junto a otros sin otro medio que la propia voz, que siempre será válida, contra lo que muchos piensan. Y si he estimulado a algún educador a que utilice la música coral y anime a sus alumnos a practicarla, mucho habré logrado. Porque pensar que un día nuestras autoridades se convenzan de que la práctica musical es un medio privilegiado para forjar los espíritus de los jóvenes, como enseñaba Platón, es sin duda una quimera.