Por décadas Venezuela fue el modelo a seguir para los países que buscaban masificar el acceso a la formación musical. 

migravenezuela.com | Por: Sara Prada

El Sistema Nacional de Orquestas se convirtió en la bandera de un país que ponía la alta cultura al alcance de todas las personas. Más de 350.000 jóvenes han sido beneficiados por el Sistema, fundado por el músico José Antonio Abreu en 1975, que inició con un grupo de músicos que decidieron apostarle a llevar la música a los barrios más vulnerables de Caracas.

Con el tiempo, el programa creció tanto que muchos de los jóvenes y niños que recibían clases en sus barrios quisieron formarse profesionalmente como cantantes o intérpretes de distintos instrumentos. Así surgieron distintos programas de pregrado en las universidades públicas del país, conservatorios dedicados a formar artistas y la Orquesta Simón Bolívar –una de las mejores del mundo– que se convirtió en el testimonio del éxito del Sistema Nacional de Orquestas.  

Mario Lo Russo, un cantante lírico de 29 años, se formó en ese ambiente. Nació en Caracas y a los 16 años empezó su formación musical en conservatorios públicos; primero en la Escuela superior de Música José Ángel Lamas y luego en el Conservatorio Nacional Juan Manuel Olivares. Fue profesor de la Fundación Schola Cantorum, que lleva más de 50 años dedicada a la formación artística de niños en Caracas. Recorrió distintos países con sus alumnos y se presentaron en escenarios como el Teatro Colón de Buenos Aires (Argentina), el Lincoln Center de Nueva York y en varios encuentros internacionales de coros.

Pero la crisis económica que se agudizó en Venezuela desde 2015, y las ya conocidas presiones políticas del gobierno de Nicolás Maduro, poco a poco se empezaron a sentir en las artes, y la música no fue la excepción. «Salí de Venezuela porque allá nada funciona», cuenta hoy Mario, quien vive en Colombia desde hace dos años.

Cuenta que empezó a buscar otro país para instalarse cuando se cansó de las trabas que le ponían para presentarse con su coro. Muchas veces le cancelaron el permiso para usar una sala o teatro público el día anterior a la presentación para prestárselo a algún político o representante del gobierno. Los apagones también se convirtieron en su pesadilla, pues siempre existía la posibilidad de que se quedaran sin electricidad en la mitad de un concierto.

La crisis económica también tocó a los artistas. En su caso, cada mes era más difícil hacer alcanzar su salario para enfrentar el aumento del costo de vida en Venezuela. Luego de años de producción artística, la música empezó a convertirse en un lujo. Él, como profesor, vivía las dificultades económicas, y sus alumnos también empezaron a sufrir las consecuencias de la escasez en los hogares. 

«En mi coro tenía unos niños muy buenos, pero a veces no podían llegar porque no tenían transporte.»

Mudarse a Colombia

Mario recuerda que durante los mejores años de producción artística en Venezuela decenas de músicos colombianos decidieron irse a buscar suerte. 

En esa época se vivió «una especie de venezuelan dream para los músicos extranjeros. Ellos iban a estudiar o trabajar, y muchos ingresaron al Sistema Nacional de Orquestas», afirmaAsí, hizo muchos amigos colombianos, e inclusive, conoció a la mujer que hoy en día es su novia.

Por eso, cuando empezó a pensar en salir de su país, sabía que podía encontrar compañeros que lo apoyaran en Colombia. Su novia le habló de las oportunidades que podría encontrar en Bogotá. «Llegué aquí cargado de expectativas e ilusiones, y creo que todas han sido sobrepasadas», asegura.

Apenas un mes después de haber llegado, Mario entró al Coro de la Ópera de Colombia. Con el Coro ha llegado a algunos de los escenarios más importantes de Bogotá, como el Teatro Colón, el Jorge Eliécer Gaitán y el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo.

Después de muchas audiciones, fue aceptado como artista formador del Proyecto Educativo de la Orquesta Filarmónica de Bogotá en 2017. Este programa está inspirado en el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, y promueve el desarrollo musical de niños, niñas y adolescentes en la ciudad, a través de formación vocal coral, rítmica y sinfónica.

Le asignaron el Colegio Antonio García en la localidad de Ciudad Bolívar para enseñarles a cantar a un grupo de más de 100 niños entre los 8 y 14 años. La mayoría de sus conocidos le habían dicho que este sector era peligroso y quedaba muy lejos. Pero Mario memorizó la ruta del bus de TransMilenio hasta el Portal Tunal y las paradas del alimentador que llega hasta el barrio Sotavento.

«Me siento muy a gusto en mi colegio y con los niños. Yo no quisiera que me cambiaran de institución«, asegura. En el año que lleva como formador de la Sinfónica en Ciudad Bolívar, sus estudiantes han sido protagonistas en los dos conciertos semestrales que organiza el Distrito para mostrar los resultados del programa.

«Aunque el programa de la Sinfónica no es tan extenso como el Sistema en Venezuela el orden aquí sí permite que los niños pasen a los coros y orquestas de selección dentro de sus colegios.»

Cuenta que en el día a día enfrenta dificultades, pero no se comparan con lo que vivía en su país. Algunas veces no encuentra un salón disponible para ensayar o nadie reemplaza los instrumentos dañados. Pero «uno viene de Venezuela con la vacuna contra los imprevistos», dice.

Al menos en el mediano plazo, espera continuar su carrera en Colombia.  «Si me preguntan si quiero quedarme, yo digo que sí. Colombia me ha tratado muy bien, me ha abierto muchas puertas. No me puedo quejar».

«La inmensa riqueza espiritual que engendra la música en sí misma termina por vencer la pobreza material», decía el maestro José Antonio Abreu acerca de la huella que dejó el Sistema en su país. Hoy esa frase contrasta con la decisión de músicos que, como Mario, han decidido emigrar de Venezuela por la crisis. Pero, al mismo tiempo, experiencias como la suya también demuestran cómo muchos llevan consigo esa filosofía a los países donde llegan.