Vía: Página 12, Escrito por: Por Diego Fischerman | Aunque las leyendas superan los 80 años y los renovadores andan por los 70, existe una camada de jóvenes artistas que ya asumió como tradición las vertientes más vanguardistas del género. Y los músicos argentinos no son ajenos a ese fenómeno.

Chick Corea, John Mclaughlin, Charles Lloyd,  Henry Threadgill

Chick Corea, John Mclaughlin, Charles Lloyd, Henry Threadgill

Que siga leyéndose La Eneida –y que se la siga valorando– nada tiene que ver con la inocultable muerte del latín. Podría decirse que la salud de una lengua no se mide por su consumo, sino por su capacidad de ser productiva. Por eso, si de evaluar al jazz actual se trata, no importa tanto cuánto se lo escuche sino si es capaz o no de seguir generando nuevas estéticas. Y, sobre todo, si no se detecta allí el primer signo de muerte: que los jóvenes hayan dejado de hablar la lengua de sus mayores. Sonny Rollins, de 82 años, y Ornette Coleman, que el próximo 9 de marzo cumplirá los 83, son las grandes leyendas aún vivas, en un género que no se caracteriza por la longevidad de sus patriarcas. Pero los últimos grandes renovadores reconocidos, los nuevos de fines de la década de 1960, no están demasiado lejos: Chick Corea tiene 71, igual que John McLaughlin, Charles Lloyd tiene 74, Henry Threadgill 69 y Keith Jarrett, el más joven de esa camada, 67.Si Buenos Aires fuera un buen parámetro para calibrar la vitalidad del jazz, el pronóstico no podría ser más optimista. Son varios los músicos de alrededor de cuarenta años o menos que aportan miradas profundas y que muestran un manejo instrumental de primer nivel. Entre otros, los pianistas Ernesto Jodos, Adrián Iaies, Paula Shocrón y Francisco Lovuolo muestran que hay vida en ese mundo. Y, sobre todo, que no se trata de la artificialidad de una reserva natural, donde los máximos cuidados están destinados a cuidar que no se pierda lo que ya existe. Aquí hay ni más ni menos que vida nueva. Y este lugar, desde ya, no es el único. El hecho de que el jazz se haya convertido en una suerte de lengua franca de los músicos populares ilustrados, y de que el rock haya, en gran medida, renunciado a sus principios más osados desde el punto de vista del lenguaje, ha creado un caldo sumamente propicio para la experimentación en este género, y además con un nivel técnico altísimo. Algunos sellos como el portugués Clean Feed dan buena cuenta de este movimiento, con nombres como los del guitarrista lisboeta Luis Lopes, la cantante Sara Serpa (que acaba de publicar Aurora, un muy buen disco, con el veterano Ran Blake en piano), y algunos de los músicos estadounidenses más interesantes del momento, como el saxofonista Tony Malaby.

En ese catálogo aparecen además dos mujeres pianistas que, junto a los ya experimentados Matthew Shipp y Jason Moran, aportan a su instrumento mucho de lo mejor sucedido después de Jarrett. Una, Angélica Sánchez, oriunda de Arizona y formada en Nueva York, graba habitualmente en quinteto, junto a Marc Ducret, Tom Rainey, Malaby y Drew Gress, y con ese grupo publicó Wires & Moss. A solas, también llamó la atención con A Little House, donde agrega como instrumento, con singular efecto, un piano de juguete. La otra es Kris Davis, canadiense y también de formación neoyorquina, que deslumbra como solista (en el excelente Aeriol Piano), en el papel de arregladora (en el disco Novela, de Malaby) y como integrante del notable trío Paradoxical Frog, junto a la saxofonista Ingrid Laubrock y Tayshawn Soreyy en batería (la última producción del grupo es Union). Y si hay un rasgo de familia que los une, más allá de que en efecto compartieron estudios y suelen tocar juntos, es la asunción como tradición de las vertientes más vanguardistas del jazz de fines de la década de 1960. La época en que nacieron, al fin y al cabo. La atonalidad, la prescindencia de una secuencia de acordes repetida y la ruptura de los pies rítmicos regulares del free jazz, para ellos, más que un credo, es sencillamente una parte de la enciclopedia con la que cuentan.

Algunos de estos músicos, como Ducret, han llegado a Buenos Aires para participar del festival de jazz que Iaies programa con tino. También ha estado allí el baterista y compositor John Hollenbeck, integrante de uno de los grupos más originales de la escena, el Claudia Quintet. Y hace unos años llegó, como parte del quinteto de Dave Holland, Jason Moran. El, justamente, acaba de grabar junto a otro integrante de aquel grupo, el saxofonista Chris Potter (The Sirens, en el sello ECM) y allí aparece tocando piano preparado otra de las figuras a tener en cuenta, el muy joven cubano David Virelles, quien también toca el piano en el último disco del trompetista polaco Tomasz Stanko (Wislawa, ECM). Y en el mismo sello, otra edición de estos días cruza generaciones: Hagar’s Song, con Jason Moran en dúo con Charles Lloyd, el saxofonista que hace más de cuarenta años descubrió a Jarrett. Por supuesto, los hoy maduros músicos de la generación intermedia siguen produciendo muy buenos discos, como Ode, del trío de Brad Mehldau, o Unity Band, de Pat Metheny (ambos para Nonesuch). Y Branford Marsalis como saxofonista soprano, Maria Schneider como compositora, Bill Frisell como guitarrista y europeos como Rolf y Joachim Kuhn, Enrico Rava, Daniel Humair o Louis Sclavis siguen ocupando lugares centrales.

Pero conviene tomar nota de los nuevos que, además, arrasaron con los reconocimientos en las encuestas entre críticos de las revistas especializadas Jazztimes y DownBeat, de los Estados Unidos, y Jazz Magazine/Jazzman, de Francia. Allí las grandes estrellas fueron el pianista Vijay Iyer (que se impuso a Jarrett como instrumentista y cuyo disco Accelerando (Act), en trío con su grupo habitual, Marcus Gilmore y Stephan Crump, fue elegido como el mejor de manera casi unánime), los saxofonistas Rudresh Mahanthappa y Miguel Zenón, el trompetista Ambrose Akinmusire y el pianista cercano al soul Robert Glasper. Esos son quienes, lejos de repetir las palabras de sus padres, manejan con fluidez el lenguaje y, todavía, le hacen decir cosas nuevas.