Cecilia Bartoli hizo un hábito su participación como directora artística del Festival Whitsun de Salzburgo: en cada nueva edición, desde el año 2012, la mezzosoprano personifica un rol femenino para así presentar, año tras año, “una nueva faceta de la feminidad”. En la edición del año 2016, para aprovechar la conmemoración del 400 aniversario de William Shakespeare, Cecilia Bartoli apostó por Romeo y Julieta para este evento lírico.

En esta temporada participó la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela conducida por Gustavo Dudamel los días 13, 15, 20, 21, 23, 25, 27 y 29 de mayo, y repiten la experiencia el 20, 21, 23, 25, 27 y 29 de agosto de 2016, en el Festival de Salzburgo.

Vía: www.euronews.com | Traducido por Luis Contreras | Licenciado en Idiomas Modernos | Profesor de la ULA |

Esta pieza ya ha sido adaptada para ópera (por Gounod o Bellini, por dar algunos ejemplos) no obstante, Cecilia Bartoli escogió el drama lírico West Side Story de Leonard Berstein. A primera vista es una elección sorprendente – conocida la línea del Festival de Salzburgo, el templo del arte lírico – sin embargo parece adaptarse plenamente dentro de la tradición del arte lírico para poder así afrontar mejor la modernidad.

Un trabajo musical en boga

Iniciado ya en 1949 por el coreógrafo Jerome Robbins y rápidamente propuesto al libretista Arthur Laurents y a Leonard Bernstein, quien estaba a cargo de la composición, el proyecto (llamado en aquel momento East Side Story) pretendía ser desde el primer día una adaptación de Romeo y Julieta. El trío, sin embargo, figuraba una transposición en la ciudad de Nueva York en la posguerra, basándose en la rivalidad entre una familia católica de origen italiano (los Jets) y una familia judía del Lower East Side sobreviviente del holocausto (los Emeralds). Este tema, antisemita, ha sido explotado en muchas ocasiones en Broadway en aquel momento, razón por la cual el trío decidió dejar este proyecto en espera. Tuvimos que esperar hasta 1955 para que este trabajo resumiera y retratara la inspiración de los eventos de aquella época, marcados por la creciente delincuencia juvenil y el surgimiento del fenómeno gánster. En el momento en que Stephen Sondheim formó parte de este proyecto como letrista, East Side Story se convirtió en West Side Story, de igual manera manteniendo su origen en los barrios pobres de la clase trabajadora de Nueva York pero esta vez basándose en la confrontación entre los Jets – los recién llegados de la migración europea (especialmente polacos) viéndose como americanos – y los Sharks – una segunda generación de inmigrantes puertorriqueños. Es por ello que, musicalmente hablando, West Side Story tiene esos reconocibles “tonos hispanos”.

El libreto de Arthur Laurents adapta y transpone fielmente las líneas generales de Romeo y Julieta: Tony – amigo cercano de Riff – el líder de los Jets, está enamorado de María, la hermana de Bernardo, jefe de los Sharks. Un amor prohibido, desafiado por la presión del entorno de los protagonistas, destinado a un trágico destino.

West Side Story se impone como una gran obra musical, indudablemente anclada en los temas sociales de aquel momento (especialmente inmigración y racismo), pero de igual manera siguen siendo vigentes. Esta contemporaneidad probablemente sedujo a Cecilia Bartoli. Sin embargo, en aquella época, este acercamiento híbrido arriesgó la realización de este proyecto, considerado como un tema político – demasiado oscuro y trágico para algunos o para otros, por el contrario, era considerado una comedia (Arthur Laurents eliminó partes del texto para preservar la intensidad de la pieza).

De aquí se obtuvo una pieza única, concebida como un musical y una obra de entretenimiento pero afirmando también el título de “drama lírico”, resaltando altas ambiciones musicales (incluso líricas), logradas por Leonard Bernstein – siendo algunas veces frenado por sus colaboradores quienes temían lograr una melodía demasiado armoniosa para una pieza popular, mas no pudieron impedir que West Side Story gozara de una dimensión operística al incluir, notablemente, creaciones que inicialmente estaban reservadas para la su opereta Cándido, inspirada en el cuento filosófico de Voltaire (el dueto de Tony y María “One hand, one heart”, inicialmente, fue concebido para Cunégonde).

Si bien, durante todo el proceso, la creación de West Side Story tuvo tiempos difíciles en la recaudación de fondos y en su puesta en escena (especialmente debido a la dificultad para encontrar el reparto adecuado para la obra, capaces de cantar, bailar e interpretar personajes que a su vez lucieran como adolescentes de 17 años), la obra se concibió finalmente el 26 de septiembre de 1957 en el Teatro Winter Garden de Broadway, con Larry Kert y Carol Lawrence interpretando a Tony y María, junto con Chita Rivera en el papel de Anita, convirtiéndose inmediatamente en un gran éxito entre las masas y los críticos. La obra luego sería interpretada 732 veces en Broadway antes de recorrer otras latitudes como parte de su gira, entre los cuales figura Londres, en 1958, donde se realizaron más de mil presentaciones.

Una dimensión operística

Coronado por el éxito, West Side Story está compuesto por diversos montajes, adaptado para el cine en 1961, y que además ha sido objeto de muchas versiones – en particular versiones de jazz pero además una versión operística en 1984 con el objetivo de ser grabada en estudio (premiada en 1985), adaptada y dirigida por el mismo Leonard Bernstein, contando además con la participación de Kiri Te Kanawa personificando a María, José Carreras como Tony y Tatiana Troyanos interpretando a Anita. De esta grabación surgió un documental The Making of West Side Story, producido por Humphrey Burton y dirigido por Christopher Swann.
Sabemos que Leonard Bernstein se esforzó siempre para realizar “su versión lírica” de West Side Story (de acuerdo con el compositor “la palabra clave es pisar la fina línea entre la ópera y Broadway”), pero de nuevo, el proyecto planteó numerosos problemas. Leonard Bernstein “siempre concebía West Side Story desde un punto de vista juvenil pero no hay cantantes de ópera jóvenes, es simplemente una contradicción” (hasta hace más de una década). “Pero ésta es una grabación y la gente no tiene que parecer de 16, ni ser capaces de bailar o interpretar una obra difícil ocho veces a la semana. Es por ello que decidimos tomar este paso poco convencional de seleccionar a los mejores cantantes de ópera. Imagino que el problema más evidente era que podrían sonar muy viejos pero no fue así, ¡fue sorprendente!”. Continúa el compositor: “Kiri cantando la parte de María es un sueño. María es una chica puertorriqueña y Kiri tiene una voz oscura, originaria de su sangre maorí, que es profundamente conmovedora y perfecta para ese papel. Incluso cuando debía ser femenina y lírica con las notas altas, resultó ser exactamente lo que quería”.

Esta versión operística de West Side Story fue además una oportunidad para que el compositor pudiera reorganizar su obra tal como él la imaginó inicialmente. Para la grabación, por ende, usó un tempo ligeramente más lento que el de las versiones escénicas: “tomamos el tempo que realmente soñaba, el cual es mucho más elegante y lírico”, menos intenso pero conducido por las voces.

Posteriormente se puede entender mejor el deseo de Cecilia Bartoli de crear una nueva producción de West Side Story para el Festival de Salzburgo, templo del arte lírico. La pieza se presta muy bien para ello, haciendo eco de las ambiciones del compositor y encontrando un lugar adecuado en la evolución contemporánea de la ópera.
West Side Story en el Festival de Salzburgo

Por primera vez el Festival Withsun de Salzburgo apertura con un musical, transformando el impresionante escenario del Felsenreitschule (un lugar fuera de lo común: una pista de equitación con arcadas de piedra que data del siglo XVII) en una representación de Nueva York en los años 50, tomando la forma de una gigante estructura industrial digno de ser un éxito de taquilla en Las Vegas (antes del espectáculo ya sabíamos que la escenografía había requerido “50 toneladas de acero, 8 toneladas de vidrio y madera y una cantidad innumerable de tornillos” con el fin de lograr esta transformación). En el escenario, 47 fascinantes cantantes, bailarines y comediantes realizan piruetas basadas en la coreografía original de Jerome Robbins, y modernizada por Liam Steel, y exhibiendo los 270 trajes creados por 60 sastres durante 8000 horas de trabajo.

Una producción hermosamente extravagante que recordaba la época dorada de Broadway, apropiada a los estándares musicales del Festival de Salzburgo. En el foso orquestal, la Orquesta Sinfónica “Simón Bolívar” de Venezuela fue dirigida por el entusiasta Gustavo Dudamel, que desde el inicio dio rienda suelta a sus raíces hispanas y a su ardiente personalidad.

Luego, en el ansia de la noche, se puede notar el sutil cambio de colores y el sonido se vuelve armónico y cristalino. A medida que la intensidad dramática aumenta, la música derrota la acción como si resaltara la absurdidad del comportamiento cuando la muerte y el odio vencen el amor inocente y la belleza pura de un feroz joven, destacado por el tenor Norman Reinhardt personificando a Tony y Karen Olivo en el papel de Anita… además de las dos María si bien no menos importantes.

Sin duda una de las originalidades de esta producción es preguntarse qué sucede con María luego de la muerte de Tony. Surgen las mismas interrogantes que se planteaba Leonard Berstein respecto a la edad de los personajes (adolescentes afrontando problemas de adolescentes) que serían interpretados por cantantes de ópera experimentados. La producción representa dos intérpretes compartiendo el papel de María en el escenario: Cecilia Bartoli personifica a María recordando sus emociones y recuerdos de su infancia (enfatizados por el color, la riqueza y la profundidad de su registro mezzosoprano), y Michelle Veintimilla (avezada a los escenarios de Broadway) quien interpreta a la joven e idealizada María.
Un acercamiento mucho más significativo en un momento en el que el mundo de la ópera está cambiando. Porque, si durante mucho tiempo los lugares destinados al teatro y al canto originaron animados debates sobre los “liricómanos”, se debe concluir que hoy en día (en la era de las producciones multimedia, grabaciones y transmisiones en línea) la actuación escénica está más vinculada a la calidad vocal de los intérpretes. La actuación de los artistas y la coherencia de los papeles tienen una creciente plaza en el escenario y Cecilia Bartoli, como directora artística, parece adoptar esta tendencia. Ella imagina toda la representación teatral, permitiendo el espacio justo para el canto y la comedia (incluso si eso significa repartir los papeles entre los intérpretes) con el fin de suscitar las emociones.

Si esta evolución (con la que uno puede estar o no de acuerdo) parece dar forma al futuro de un nuevo tipo de ópera moderna, posiblemente también podamos percibir un regreso a las raíces. La creación de la ópera se remonta al siglo XVII, entrelazando teatro antiguo y música, y ya para entonces tenía el mismo propósito: crear espectáculos que generaran emociones gracias a las completas piezas (teatrales, musicales, escénicas, algunas veces con una impresionante destreza para la época con respecto al uso de efectos especiales) con el fin de entretener – e incluso – asombrar a la audiencia. Una ambición similar a la que motivó a la directora artística del Festival de Salzburgo, donde los espectadores ovacionaron esta versión del West Side Story y cuya reposición en el Festival de verano de Salzaburgo ya está vendida por completo.