En todas las innovaciones musicales realizadas del West Side Story, el director siempre ha tenido el papel menos protagónico. Sin embargo, en la primera de las dos presentaciones del musical en el Hollywood Bowl con Gustavo Dudamel se hizo notar.


Vía: www.latimes.com | Por Mark Swed, Music Critic 
Traducido por Luis Contreras | Licenciado en Idiomas Modernos | Profesor de la ULA |

Él llevó a cabo una enérgica y cautivadora presentación que logró reconocer la profunda oscuridad y el fondo espiritual de un espectáculo de 1957 en el que suceden muchas cosas. Temáticamente esta transformación de Romeo y Julieta en una versión pandillera en el Upper West Side de Manhattan no está del todo desactualizada. El compositor escribió sobre su copia de la obra de Shakespeare: “Una gran súplica para la tolerancia racial”.

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De cualquier forma, el guion demuestra ser adecuado para nuestro tiempo y continúa siendo considerado como uno de los grandes clásicos para el escenario musical. Aun así, en Europa, el espectáculo ha adquirido un estatus de ópera. Esta nueva producción será una de las ofertas operísticas en el Festival de Salzburgo para este verano, con la participación de Cecilia Bartoli como María.

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Bernstein sostiene que West Side Story no es una ópera. ¿Cómo podría serlo cuando no hay casi música en los últimos 20 minutos del espectáculo? Sin embargo, en su grabación de 1984 – la única vez que condujo su guion por completo – Bernstein usó cantantes de ópera y sacó a relucir los más grandes elementos operísticos de su música. Él, además, fue rotundamente wagneriano cuando dirigió sus Symphonic Dances del West Side Story con la Filarmónica de Los Ángeles en el Bowl en 1982.

Lo que hace al enfoque de Dudamel tan únicamente persuasivo es que él observa tanto la parte musical como el tema social de la obra. Dudamel es también el director de la producción de Salzburgo, de la cual se dice será muy oscura. Sin embargo, en la presentación previa a la temporada en el Bowl – en la cual se presentó toda la parte musical con sólo una pequeña sección de los diálogos – Dudamel escogió, con una excepcional excepción, un reparto de jóvenes cantantes de Broadway.

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Su María, de hecho, fue el opuesto jamás intentado de una de las más renombradas estrellas de la ópera en el mundo como lo es Bartoli. Siendo esta la oportunidad para Solea Pfeiffer de 21 años, dando su primer concierto fuera de la universidad y haciendo su primera aparición en el escenario del Bowl. Ella fue descubierta en YouTube.  

Ella se convirtió en una sensación de la noche a la mañana, pero no considero que lo haya logrado sin la ayuda de Dudamel. West Side Story corre en sus venas. Una figura pública en su nativa Venezuela, quien ha dedicado su vida a ayudar a los niños a través de la educación musical, sacándolos de la pobreza y alejándolos de las pandillas que han hecho de este país uno de los más peligrosos del mundo.

La consigna internacional que convirtió a la Orquesta Juvenil “Simón Bolívar” en una sensación internacional durante la última década fue el Mambo de West Side Story. Los videos de Dudamel dirigiendo a los niños venezolanos, quienes bailaban mientras tocaban, fueron virales en internet. Junto con Beethoven, Mahler y Chaikovski, Bernstein ha sido una de las especialidades de Dudamel durante sus años en Los Ángeles.

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Todo esto ha hecho que, inevitablemente, sea una West Side Story de Dudamel y su mayor logro es hacer que cada parte de esta pieza obtenga un sonido inevitable: el odio racial, la violencia que de cualquier manera brota como una espontánea generación expuesta a las armas y el perenne poder del amor y la compasión para sugerir, o incluso generar, esperanza.

Dudamel comienza el prólogo como una bala – no asentándose como un drama sino como el trauma de una explosión. Si se me permitiera usar un par de líneas de las letras de Stephen Sondheim, la Filarmónica de Los Ángeles no es una orquesta de foso sino un conjunto con un cohete en sus bolsillos igualmente capaces de realizar excelentes interpretaciones.

Debido a su comodidad con la música popular, Dudamel no tuvo que combatir entre el fragor estilo Broadway o los susurros. Esto era particularmente importante cuando se refería a la segura, pero ingenua, María interpretada por Pfeiffer. La joven soprano demostró tanto su toque femenino como su impresionante fortaleza. Tomando el mismo tempo lento de Bernstein para la interpretación de I Feel Pretty, para dar un ejemplo, Dudamel llevó a Pfeiffer hasta los enigmáticos matices de la identidad y no simplemente hacia un humor mareado, como sucede casi siempre en la escena musical.

Ese tipo de conocimiento musical y dramático sucedió en todos los aspectos. Ese Dudamel puede aportar un sabor especial a los bailes latinos que originalmente no están en el guion de Bernstein y que, sin embargo, lograron darle una cierta vigorosidad teatral nunca antes apreciada. Karen Olivo y George Akram aportaron una extraña y cruda autenticidad a Anita y Bernardo. La pandilla resultó ser un grupo bastante agradable; Matthew James Thomas interpretó a un Riff particularmente simpático. Jeremy Jordan personificando a Tony desbordó emociones más allá de lo que me habría gustado pero, por el contrario, a la audiencia agradó su presentación y su excelente canto.

La única importada del mundo operístico fue Julia Bullock, quien cantó Somewhere y paralizó el espectáculo en todos los sentidos. Detuvo la atareada puesta en escena de David Saint al quedarse completamente inmóvil. Dudamel le concedió un calmo y genuino respaldo wagneriano. En esa quietud, su mezzosoprano invadió completamente la atmósfera. Ella añadió una dimensión espiritual que demostró que la tragedia social requiere una indagación espiritual.

El West Side Story de Dudamel (y sí, esta es su West Side Story: el mayor aspecto teatral de toda la noche fue cuando la cámara de las pantallas de video apuntaban hacia él) es la historia de nuestros tiempos. Es una gran y, más al punto, necesaria interpretación.