Vía: El Mundo.es

Galina Vishnevskaya

Plácido Domingo acostumbra a emocionarse cuando evoca el día en que conoció a Galina Vishnevskaya. Ocurrió en 1974, con ocasión de una gira que la Scala de Milán protagonizó en el teatro Bolshói de Moscú. Eran los tiempos de Brézhnev y más exactamente el año en que Alexander Solzhenitsyn, autor de Archipiélago Gulag y premio Nobel de Literatura (1970), fue expulsado definitivamente de la URSS por un delito de alta traición.

Vishnevskaya era la prima donna del Bolshói y la esposa del chelista Mstislav Rostropóvich -lo fue siempre-, pero se encontraba sola, aislada, en el domicilio moscovita porque el marido había sido forzado al exilio. Pesaban sus opiniones beligerantes contra el régimen y más aún lo hacía el pecado de haber alojado a Solzhenitsyn en la dacha campestre que poseía la pareja.

Galina Vishnevskaya y su esposo el cellista ruso y director Mstislav Rostropovich Plácido Domingo

No tardaría la Vishnevskaya en reunirse con Rostropovich lejos de las fronteras soviéticas, pero estaba aún en solitario cuando Plácido Domingo se acercó a visitarla. Lo hizo plenamente consciente de la importancia de aquella artista y del peso que había adquirido en la gran ópera soviética del siglo xx.

Se había convertido en la musa de Prokofiev y de Shostakovich, cuya Lady Macbeth permitió a la Vishnevskaya erigirse en uno de los mayores fenómenos vocales del siglo xx. Fue la razón de la visita de Domingo, el motivo de la devoción con que asistió a su casa. No conocía otros pormenores biográficos de la anfitriona; entre ellos, que la abandonaron sus padres, que perdió un hijo de su segundo marido, que trataron de reclutarla los servicios de la KGB, que Krushev la cortejó hasta sepultarla bajo una montaña de rosas.Era bellísima la soprano, se manejaba con versatilidad y demostraba un extraordinario poderío escénico. Le permitieron viajar a Estados Unidos con ocasión de su presentación en el Met (1961) y le concedieron permiso para debutar en la Scala junto a Franco Corelli (1964), aunque uno de sus mayores hitos consistió en formar parte del reparto que estrenó el War Requiem de Benjamin Britten en el año 1962.

No gustó la iniciativa a las autoridades soviéticas, en la medida en que el estreno del compositor británico conllevaba un reproche general al belicismo, aunque Galina Vishnevskaya mantuvo su estatus de artista intocable hasta el ejercicio de 1974.

Fue cuando preparó las maletas, cuando Plácido Domingo la conoció y cuando pudo también implicarse en un “programa acelerado” de profundización de la cultura musical rusa.

Cantó junto a ella al piano y descubrió que en el mismo edificio moscovita que alojaba el apartamento de Galina Vishnevskaya se encontraban los domicilios donde antaño vivieron Shostakovich y Khachaturian.

Parecía una manera de tutear la historia, aunque a Vishnevskaya la trataba de usted porque su reputación de artista polifacética sobrecogía en los papeles atormentados. Era el caso de la Tatyana (“Eugenio Oneguin”) con que conquistó París (1987) y la “Tosca” que estuvo a punto de malograr su carrera en Viena.

Intervino en su ayuda Plácido Domingo, otra vez él, para socorrerla de una emergencia porque la peluca se le había incendiado con un candelabro, precisamente cuando Tosca debía asesinar al macabro Scarpia en el desenlace del segundo acto.

La Ópera de Viena sólo admitía subirse al escenario pelucas ignífugas, pero se hizo una excepción con la diva moscovita. También fue excepcional el remedio: Domingo apareció en la escena en plan bombero, agarró una garrafa de agua y sofocó la cabellera de Vishnevskaya para asombro de los espectadores.

Fue asombrosa la carrera de la cantante y asombroso su compromiso político. La agasajaron junto a su marido en su regreso a la patria a comienzos de los 90, pero la soprano se mantuvo alerta y hasta desengañada. La prueba está en que desempeñó el papel de actriz protagonista en una película que cuestionaba la represión de Chechenia y que fue presentada en Cannes en 2007.

El título, Aleksandra, coincide con la variante femenina del nombre de pila de Solzhenitsyn. No era una casualidad. Vishnevskaya no creía en las casualidades. Creía en la música y creía cada vez menos en el hombre.

Tosca, decíamos. Y evocamos a propósito el aria del personaje de Puccini que presagia el testamento de la Vishnevskaya: “He vivido del arte, he vivido del amor (…)  y he entregado mi canto a las estrellas que brillaban tan radiantes”.