Vía: El Mundo.es | Me ha sorprendido el debate provinciano que ha suscitado en Italia la decisión de inaugurarse la temporada con “Lohengrin”. Sostiene el “Corriere della sera” que es una afrenta a la memoria de Verdi en el bicentenario de sus nacimiento. Y que Wagner, aún habiendo nacido el mismo año (1813), no merecía la ventaja de un gol en propia meta a propósito de esa rivalidad pintoresca que se traen los tifosi verdianos y wagnerianos como si fuera imposible una reconciliación.

El “Corriere” la ha calentado en las vísperas de San Ambrosio, aunque se adivina entre bambalinas la influencia de Riccardo Muti. De hecho, los reproches a “Lohengrin” como título inaugural se entremezclan con los elogios al maestro napolitano por haber dirigido “Simon Boccanegra” en la Ópera de Roma como gran preámbulo del año Verdi.

Creo que Muti no ha asimilado aún su dimisión de la Scala. Permaneció 19 años y se resiste a aceptar que el templo milanés le haya sobrevivido. No le hizo gracia que Daniel Barenboim fuera nombrado su heredero, entre otros motivos porque Muti le reprocha una escasa afinidad al patrimonio lírico italiano, tal como prueban los reproches con que los ultras de la Scala discutieron las funciones de “Aida” o “Boccanegra”.Daniel Barenboim es un mediador privilegiado de la música de Wagner. Lo ha demostrado en Bayreuth y en Berlin tanto como lo ha hecho en la Scala con una sobrecogedora versión de “Tristán e Isolda”. Quiere decirse que su apuesta por “Lohengrin” tanto demuestra su militancia wagneriana como hace justicia al bicentenario del compositor germano, sin necesidad de envenenar la polémica ni degradar el prestigio de Verdi.

La prueba está en que la Scala propone en 2013 seis nuevas producciones dedicadas al maestro italiano. Ninguna de ellas -ni siquiera “Don Carlo” o “Aida”- ubican en el foso al director musical del teatro, pero es cierto que, a cambio, Daniel Barenboim, curtido en la cultura centroeuropea,  se  pluriemplea con “El anillo del Nibelungo”  redondeando una temporada wagneriana en la que podrá estudiarse la relación con Verdi y profunidizar en los compositores determinantes en lenguaje lírico del siglo XIX.

Que se haya “orquestado” una rivalidad entre ambos a cuenta del liderezago y de la influencia descuida  con bastante frivolidad la pasmosa complementareidad entre el maestro italiano y el coloso germano.

Verdi encomienda su obra al ser humano, en su dolor, en su pasión, en su debilidad, en su heroísmo. Wagner concibe sus óperas en el ámbito trascendental, mítico y místico, de tal forma que la contribución de cada uno redunda en la “imagen” de la totalidad.

Es probable que Wagner influyera más en Verdi que el revés (pocos compositores ha habido tan influyentes como Wagner). Y no sólo por cuestiones evidentes como el leimotiv o los hallazgos armónicos, sino por la manera en que el maestro italiano progresó en la superación de la forma. Consiguiéndolo final y absolutamente en el hálito de “Falstaff”, aunque valiéndose de Shakespeare -“la parola scenica”- e insistiendo en los humores terrenales, muy lejos del idealismo wagneriano y del Grial.

Daniel Barenboim reconoce en su último libro que la música de Verdi le despertaba suspicacias. Más que considerarla simple o sencilla pensaba que resultaba primitiva, pero después se percató de la importancia que revestía la línea melódica en la ecuación del ritmo y el tiempo.

Ahí radica una diferencia respecto a Wagner. Y una prueba de la complementariedad entre ambos compositores. Verdi convierte la melodía en su mayor expresión creativa y creadora tanto como Wagner transforma la armonía en su principal contribución a la historia de la música. Llevándola a extremos -la armonía y la historia- que nos resultan asombrosos considerando que escribió su “Tristán” en 1865.