Vía: www.elmundo.es/JAVIER BLÁNQUEZ

Paco Azorín dirige a un sobresaliente Carlos Álvarez (Yago) en ‘Otelo’

Cuando finalmente aceptó escribir una ópera a partir de Otelo, la tragedia de William Shakespeare, la primera intención de Giuseppe Verdi fue la de utilizar el nombre del antagonista, el torticero Yago. A Verdi le atraía la dimensión más pura del mal: con argucias, falsedades e insidias, Yago consigue que a su alrededor impere el asesinato y el deshonor. Finalmente, fue el moro de Venecia el que se llevó el título (y la memoria eterna), pero es generalmente el papel del barítono el que se queda, al cabo de dos horas y cuarto, la gloria.

El director escénico Paco Azorín, al aceptar el encargo del Festival Castell de Peralada de dirigir una nueva producción de la penúltima obra maestra verdiana, tenía muy claro este punto. En los últimos tiempos, y gracias a las titánicas interpretaciones de Plácido Domingo en sus años de madurez, Otelo ha sido una ópera para tenores superdotados, de una fuerza hercúlea, en la que muchos naufragaban antes de entonar el brioso Esultate! Pero el rendimiento dramático de la ópera mejora cuando todo gira alrededor de Yago, que encarnó el pasado sábado, con convicción y poderosa voz, un sobresaliente Carlos Álvarez que acabó con el público rendido a sus pies.

Azorín, de hecho, habría preferido que la obra se titulara Yago. Antes de que el maestro Riccardo Frizza comenzara a hacer temblar la orquesta -dirigida con fuerza y delicadeza a partes iguales, prestando atención a los delicados matices y los crescendos sobresaltados de Verdi-, Carlos Álvarez ya deambulaba por el escenario, manipulando incluso al público. Un gesto al técnico de luces permitió que un aviso del espectáculo –Otelo, de Giuseppe Verdi- cambiara por un arteroYago, de William Shakespeare. Incluso la tormenta inicial del primer acto parecía instigada por él. Yago daba la entrada incluso al director musical, sometido a sus órdenes. Movía todos los hilos.

Decía el director de cine Michael Haneke tras dirigir Così fan tutte en el Teatro Real que, de aceptar un nuevo encargo, se decantaría porL’incoronazione di Poppea, de Monteverdi, por ser “la única ópera en la que al final el mal triunfa”. Paco Azorín considera que en Otelotambién vence el lado oscuro y permite que Yago huya indemne después de haber contribuido al asesinato de Desdémona -estrangulada bajo una dolorosa luz blanca, símbolo de su pureza angelical- y al suicidio de Otelo, devorado por los celos, la culpa y la miseria.

La producción buscaba acentuar la dimensión psicológica de Otelo, su maestría teatral -más inspirada en los versos de Shakespeare que en el libreto de Arrigo Boito-, y para eso Paco Azorín no necesitó más que unos muros móviles y escasos elementos de atrezzo, aunque sí gran riqueza de vestuario y maquillaje. Por ejemplo, la facción de Yago estaba caracterizada como una banda de matones vestidos de cuero, maquillados como si fueran de La naranja mecánica, tintados de negro, mientras que el pueblo y las tropas en Chipre parecían figuras de El Greco.

Para redondear el éxito de esta producción, las voces. Estuvo enorme la soprano holandesa Eva-Maria Westbroek como Desdémona, técnicamente impoluta, con la voz clara y líquida, y más que eficiente el tenor Gregory Kunde como Otelo, el menos lucido en la expresión dramática, pero con la voz a tono, fuerte y alargando las notas, dosificando adecuadamente el chorro de un papel tan exigente. Triunfaron la oscuridad y el mal en Peralada, pero a la vez, la luz se hizo también