Prensa FundaMusical Bolívar | Por Chefi Borzacchini

Esta entrevista condensa varias realizadas al maestro Abreu por la periodista Chefi Borzacchini durante los años 1986, 1991, 1992, 1998, 2004 y 2008, y concentradas en una de más largo aliento incluida en el libro Venezuela sembrada de orquestas (Banco del Caribe, 2004)

José Antonio Abreu

José Antonio Abreu

Han transcurrido treinta y cinco años desde que el nombre de José Antonio Abreu comenzó a invadir, felizmente, la vida de algunos venezolanos; eran aquellos pocos pero fervorosos hacedores del arte, filántropos de convicción y también jóvenes músicos que se apasionaron con su propuesta verdaderamente revolucionaria que, de prosperar, echaría al traste con todo lo impuesto, hasta ese momento, en conservatorios y orquestas, en conciertos y en escenarios del país. Y transcurrieron las dos últimas décadas del siglo XX, y ese nombre y apellido se hizo luz y motor indispensable para la cultura nacional; y hoy día, cuando se cumplen los primeros diez años del siglo XXI, su figura y personalidad se han tornado un regalo y bendición para millones de compatriotas, y en esperanza para los niños y jóvenes de todo el mundo.

Celebro como venezolana el haber tenido el privilegio de compartir y ser testigo a la vez -durante tres décadas de mi trabajo periodístico-, del obrar -a veces muy azaroso y duro, a veces a contracorriente, pero satisfactorio, valiente y tenaz- de este venezolano que insistió en mantener su nombre “bajo perfil” ante el fenómeno mediático, otorgándole siempre mayores méritos y presencia a sus “muchachos”, a sus profesores, a sus compañeros, subalternos y gerentes, promoviendo en primer plano los logros colectivos y el de sus orquestas, antes que a los de su persona.

Ese es el José Antonio Abreu que se impone en esta larga entrevista, transformada en un mosaico de temas que se han desarrollado en varios tiempos y espacios, entre los que especialmente recuerdo, por ejemplo, un encuentro en el jardín de un hotel de la ciudad de Montpellier, Francia, durante la gira organizada por la Fundación Beracasa, acompañados por la entrañable amiga y mecenas, Alegría Beracasa; otra, al final de un concierto memorable, con nuestra Sinfónica Simón Bolívar y el maravilloso “autista” que fue Jean Pierre Rampal, en la sala de la Unesco, en París; o caminando por las calles de Tokyo, mientras esperábamos que sus muchachos sometieran sus instrumentos musicales a la revisión de los expertos luthieres japoneses; o una muy interesante y reposada charla durante la espera del avión que nos llevaría a una gira por España; y otra en ocasión del recibimiento del Globart Awards, en Austria, cuando me convidó a presenciar una reunión que sostuvo con los managers y directivos de la Filarmónica de Viena, durante la cual pude constatar la enorme habilidad negociadora de Abreu en cuyo vocabulario no cabe la frase, “no se puede”.

La memoria me devuelve al tiempo de las tensiones, cuando en más de una oportunidad lo entrevisté al rompe, en los pasillos de la Comisión de Finanzas de la Cámara de Diputados, mientras él hacía antesalas para obtener más subsidios para el sector cultural, en su misión de Ministro de la Cultura; o bien, en su amada sala José Félix Ribas, mientras escuchaba con agudeza un ensayo bajo la respetada batuta del maestro Eduardo Mata, y en otras ocasiones del entonces adolescente Gustavo Dudamel; finalmente, las más numerosas, a lo largo de mi cobertura noticiosa, las realizamos en su austera oficina de Parque Central, regularmente a partir de las seis de la tarde, cuando su agenda del día ya dejaba unos minutos en blanco.

En esta compilación actualizada de sucesivas conversaciones, permaneció inalterable su sencillez y amabilidad, su alto respeto a nuestro oficio y su valoración por lo que como comunicadores podíamos transmitir en beneficio de sus orquestas y de sus músicos. Y, debo decirlo, siempre, hasta en los momentos más difíciles, encontré a un hombre lleno de orgullo nacionalista, amante absoluto de Venezuela… tuve frente a mí a un José Antonio Abreu feliz por haber tenido salud para ver su milagro: ayudar a niños y jóvenes, padres, madres y familias completas y empinarlos hasta la cúspide de su salvación.
El regalo de los ancestros

Me interesa conocer más allá del José Antonio Abreu que hemos visto trabajar tenazmente durante más de treinta y cinco años continuos. Saber cómo es el hombre que ha realizado, no solamente esta gran obra que es el Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela, sino también ese venezolano que vive luchando por desafiar sus propios éxitos y el de sus discípulos. Por ejemplo, conocer cuáles eran sus sueños de niño.

¿Cómo fue su infancia y quién influyó para que usted tomara el camino de la música?
Hace unos años estuve en Monte Carmelo, en Trujillo, que es el pueblo natal de mamá. Allá está la casa solariega de mi familia, los Anselmi Garbatti… y muchos recuerdos de mi infancia.

¿Eran inmigrantes italianos?
Sí, venían de la Isla de Elba, en Italia. Mi abuelo, el padre de mamá, a quien no conocí porque murió un año antes de que yo naciera, se llamaba Antonio Anselmi Berti, le decían Don Tonino, y su esposa fue Duilia Garbatti. Se casaron en Elba, frente al Puerto de Livorno, una ciudad importante donde había un teatro de ópera, al cual iba mi abuela regularmente. Ella era un alma musical y él era excelente músico. En el barco que les trajo a Venezuela, trajeron instrumentos para una banda, para hacer música con la que se acompañaban las procesiones, las fiestas y ceremonias populares.

Entonces, lo que se hereda no se hurta. Alguno de los hijos o nietos debía ser músico y le tocó a usted… ¿Cuál era el instrumento que ejecutaba su abuelo?
No sé si él tocaba precisamente un instrumento, pero sé que dominaba bien todo lo relacionado con las bandas; conozco bien las orquestaciones que él hizo de piezas del repertorio sinfónico universal que admirablemente transcribió para banda. Yo todavía conservo sus arreglos de Verdi y de Mascagni. Mamá me los obsequió.

Entonces su abuelo fundó una banda en Trujillo.
Sí, esos instrumentos los repartieron y se formó una banda de cuarenta y seis muchachos del pueblo, que él dirigía y que aún hoy día es la Banda Filarmónica de Monte Carmelo. Era una orquesta juvenil pero sin instrumentos de arcos. Mi abuelo hizo giras con esa banda durante muchos años por todos los pueblos de Los Andes.

¿Cuál fue la impresión que le causó ese mundo de Monte Carmelo, cuando llegó a la casa de sus abuelos?
Lo recuerdo perfectamente todo. Yo era un niño de seis años y vivía con mis padres y hermanos en Barquisimeto. A uno de mis hermanos le dio tosferina y mientras pasaba la cuarentena, mi mamá me llevó a la casa de sus padres. Lo primero que me impresionó fue que en el patio trasero de la casa había un escenario de tablas que mi abuelo Tonino levantó para representar las obras de Shakespeare y de los clásicos castellanos.

Encontré allí los baúles, con los vestuarios, el telón, los decorados, todo eso lo hizo él y adornó la casa con esculturas de yeso que reproducían los bustos de Dante, Petrarca, Bocaccio… Mi impresión fue grande cuando vi ese zaguán con pendones de Garibaldi, que él había heredado de su padre; cuando descubrí la mantelería, finísima, que tenía mi abuela, y la colección de libros maravillosos, dedicados por sus autores, que ellos conservaban.

De alguna manera ese fue su primer contacto con el arte, con la música. ¿Qué pasaba, a nivel cultural, en ese pueblo trujillano tan alejado de todo?
Era un pueblo de agricultores, pero un pueblo de alta cultura. La iglesia, Nuestra Señora del Carmen, tuvo párrocos ilustres que venían del Seminario de Mérida, uno de ellos fue Monseñor Quintero.
En el Seminario de Mérida se estudiaba el canto gregoriano, y el organista de esa pequeña iglesia de Monte Carmelo se formó en Mérida. Con ese maestro de capilla y en ese pueblo, yo empecé a amar la música y el canto litúrgico.

Ese episodio a los seis años de edad en Monte Carmelo y la convivencia con su abuela, estimularon muchas cosas, seguramente en varios sentidos.
En todos los sentidos. Mi abuela tenía, por ejemplo, todas las ediciones originales de los libretos de Ricordi, se sabía de memoria las óperas de Verdi y de Puccini y se sentaba conmigo a traducir del italiano al castellano esas obras… Pasábamos muchas horas juntos, ella cantándome y yo memorizando. El amor por el estudio también lo conseguí allá y me lo proporcionó mi tía Alide, hermana mayor de mamá, que era la directora de la escuela del pueblo, fue mi primera maestra y gracias a ella aprendí el amor por Venezuela, ya que en esas escuelas rurales estimulaban muchísimo el conocimiento de la historia de nuestro país. En ese tiempo, durante todos los años de la primaria, se organizaban veladas culturales semanales, en las que se nos despertaban las vocaciones para la poesía, la declamación, el canto, la música, el teatro; es decir que se hacía un esfuerzo por despertar la sensibilidad artística de los niños, y había un balance entre la enseñanza de la aritmética, del conocimiento racional y la sensibilidad creadora.

En verdad, fue un viaje afortunado, fundamental y decisivo para usted.
Cuando yo salgo de ese pueblo, a los siete años de edad, de regreso a mi casa de Barquisimeto, ya tenía inyectada la vida musical, el hábito de la lectura y la pasión por los montajes de ópera y teatro. Entonces, regresé a Barquisimeto decidido a estudiar música, y mi papá, Melpómene Abreu Méndez, y mi madre, Ailie Anselmi Garbatti, continuaron estimulando esa vocación. Papá tocaba muy bien la guitarra y, además, el requinto, que era un cuatro con cuerdas metálicas… y mi mamá cantaba muy bien. Yo vivía en un ambiente musical. Esa fue mi fortuna.

Barquisimeto:
música por los cuatro costados

¿Cuándo decidió iniciarse en el estudio de un instrumento musical?
A los nueve años de edad. En Barquisimeto teníamos una excelente maestra de piano llamada Doralisa de Medina; le pedí a papá que me inscribiera en la escuela de ella. De esa manera, musicalmente, comencé una formación muy acelerada. Ella era intuitiva, gran pianista, discípula de extraordinarias maestras francesas; concebía la música dentro de un ambiente lúdico donde el instrumento formaba parte de un mundo integrado al canto coral y a otras disciplinas artísticas. Además, era una maestra que no ponía trabas académicas artificiales, de manera que el niño avanzaba a su propio ritmo y por eso tenía muchos alumnos.

En esa etapa de su vida, ¿quién delineó más su personalidad, su padre o su madre?
Ambos, cada uno me aportó un aspecto distinto. Papá me enseñó el cultivo de los valores básicos del hombre, de la vida, del trabajo, de la buena conducta, las virtudes de la honestidad y de la puntualidad. Él era un hombre severo, pero al mismo tiempo manifestaba un amor tierno por sus hijos y una dedicación digna del mayor ejemplo. Mamá era muy sensible y su mayor placer consistía en tocar el piano. En Barquisimeto, ella formó una comunidad en torno a mi hogar, porque en esa zona donde vivíamos, nuestra casa era la única que tenía un piano.

Era el quinquenio 1945-50 ¿Qué pasaba musical y culturalmente en Barquisimeto?
En ese momento existía en Barquisimeto la Academia de Música del Estado Lara, que dirigía Raúl Napoleón Duque, quien había sido primera flauta de la Orquesta Sinfónica Venezuela; también llegó por esa época un grupo de músicos extranjeros muy importantes, entre ellos el violinista Olaf Ilzins, con quien comencé a estudiar violín; en ese entonces yo tenía doce años de edad y formaba parte de la orquesta de esa escuela de música. Al mismo tiempo comencé a cultivar la música de los compositores venezolanos, de la mano del maestro Antonio Carrillo, amigo de mi familia, buen mandolinista, quien tenía un quinteto admirable; también tuve la oportunidad de tocar con la Orquesta Filarmónica de Lara, que en ese momento tuvo gran resonancia, dirigida por el maestro Plácido Casas… Fue un ambiente musical que me rodeó por los cuatro costados: la música criolla la ejecutaba y aprendía con el maestro Carrillo; la música clásica, la entrenaba con Doralisa de Medina, y en la Academia de Música interpretábamos a los compositores universales… música de Tchaikovsky, Mozart, Beethoven. Había, además, en ese momento una gran Escuela de Danza, la de Taormina Guevara, quien acababa de llegar de Rusia. En ese entonces se iba a reinaugurar el Teatro Juárez para celebrar el cuatricentenario de Barquisimeto y para esa ocasión se hizo una gran gala del Ballet de Taormina Guevara con la Sinfónica Venezuela.

Es decir, que ya usted le había tomado el gusto a la práctica orquestal y a una intensa actividad musical.
Así es. Recuerdo que tocaba al lado de Pastora Guanipa, una gran violinista, quien tenía un nivel superior al mío, y el tocar con ella me ayudó mucho en el proceso de lectura del atril y fue cuando tuve la primera conciencia de lo que significaba la formación de un músico y de lo importante que es la práctica orquestal.

¿Podía atender las labores del colegio y además las actividades musicales?
Perfectamente. Y lo hacía con mucho entusiasmo. Yo buscaba siempre más actividades, me encantaba la vida que llevaba. Estudié primaria en el Colegio La Salle y luego me fui al Grupo Escolar Costa Rica, donde tenía excelentes maestros de matemáticas, y esa relación íntima entre las matemáticas y el arte musical, aunque tienen una aparente incompatibilidad y dualidad, en verdad encierran una profunda armonía que yo disfrutaba.

1957: el salto a Caracas

¿Cuándo y por qué decide mudarse a Caracas?
A finales de 1957 decidí venirme a Caracas porque deseaba continuar los estudios de música con el maestro Vicente Emilio Sojo. El maestro Ángel Sauce me condujo a la Escuela José Ángel Lamas y allí comencé mis estudios de música a nivel superior.

¿Cómo se mantenía usted económicamente?, porque de la música no se vivía entonces.
Perdóname, los músicos que tocaban en las bandas y en las orquestas del país vivían de su música; por supuesto, ser músico no era una profesión tan lucrativa como la medicina, pero daba para vivir. Yo entendí que tenía que labrar mi propia posición económica y por eso decidí que al tiempo que continuaba mis estudios de música debía tener una carrera universitaria. Yo no vivía solo, pues tenía mucha familia en Caracas, por parte de mi padre y de mi madre también, y eso me ayudó al principio.
Me inscribí en el Colegio San Ignacio y terminé mi bachillerato. Y en la Escuela Superior de Música seguía mis estudios de piano, clavecín, órgano y composición; luego recibí clases de orquestación y más tarde de dirección orquestal. Terminé los estudios y obtuve mi título de profesor ejecutante de piano, de clave y de órgano y, luego, mi título de compositor. Ya estaba en la Universidad Católica Andrés Bello, y además conseguí mi primer trabajo en la Cancillería, en la División de Política Económica. Siendo estudiante del segundo año de la carrera, logré el cargo de
Asistente de Cátedra. Al graduarme, comencé a trabajar en el Banco Central de Venezuela, en el Departamento de Cuentas Nacionales. Terminé mis estudios de música y en 1961 me gradué de Economista y comencé a ejercer la profesión, principalmente en el área de la organización de empresas. Al mismo tiempo dirigía la Orquesta Sinfónica Venezuela, como invitado, y ofrecía mis recitales de clavecín y piano periódicamente.

Trajinaba entre dos mundos.
Sí. La música era el alimento de mi vida espiritual y la profesión de Economista me daba el sustento a mí y a mi familia.

Hay una faceta de su vida que muchos desconocemos: su incursión en la vida política del país, ¿cómo se acercó usted a la política y por qué?
Mi inquietud se inicia en la Universidad Católica Andrés Bello. Me acerco a la política por dos razones: por la vía vivencial, por mi convicción en la acción social y por el trabajo que había desarrollado en los barrios de Catia con el padre José María Vélaz, quien en ese momento estaba fundando “Fe y Alegría”; esa fue una experiencia de acercamiento a la realidad social de mi país, que yo no podía soslayar. Y la otra razón fue la formación ideológica que tenía por mi propia carrera, ya que el pensamiento económico está vinculado indisolublemente con el político, y porque las concepciones económicas en pugna en aquel entonces tenían que ver directamente con modelos políticos… entonces, era imposible sustraerse de la situación social del país en aquel momento. De manera que en mí comenzó a formarse una conciencia política al día, sin militancia.

¿Cuándo comenzó su militancia política?
Yo no me sentía representado por los partidos políticos de aquel momento, hasta que sale a escena Arturo Uslar Pietri. Entonces, me siento identificado con el movimiento que inicia el escritor, quien se lanza como candidato presidencial en 1961, y yo resulté electo diputado suplente e incluso tuve la oportunidad, durante cinco años, de ser presidente de la Comisión de Economía de la Comisión de Finanzas de la Cámara de Diputados. En el Parlamento tuve una vida activa durante cinco años, como hasta 1965, aproximadamente, lo cual me dio un conocimiento cabal del Estado y de todas sus estructuras.

¿Se imaginó alguna vez ejerciendo la política?
Como político no, y mucho menos en la forma como se ha concebido esta carrera
en Venezuela… jamás. Yo nunca he querido fragmentar mi personalidad, digamos en el economista, el político y el músico. El ser humano es una unidad indisoluble. Y yo hice lo que quería: desarrollar una carrera al servicio del país, porque ya era evidente que mi camino era el de una vocación absoluta de servicio a través de la docencia. Yo sabía que mi vía era la enseñanza universitaria y estuve diecinueve años al frente de siete cátedras universitarias, lo cual me puso en contacto con la juventud.

Maestro Abreu, reconocemos en usted su amplio conocimiento y destreza para transitar por los diversos caminos de la gestión económica con el Estado y con todas sus instancias; además, con los organismos y empresas multinacionales. ¿Esa habilidad negociadora proviene de toda esa trayectoria como economista, de su conocimientos del Estado o es una destreza nata?
Por supuesto, fui asesor económico, más adelante entré a Cordiplan como planificador y allí llegué a ser director de Planificación General y asesor del Consejo de Economía Nacional, que era equivalente a un viceministerio; allí se comenzaba a estructurar el Plan de la Nación. Fue una experiencia muy importante porque entré en contacto con una serie de asesores económicos de altísimo nivel en América Latina.
Yo estuve desde los dieciséis años de edad hasta los treinta y cinco años trabajando con el Estado, fueron veinte años. Esto me permitió conocer una dimensión continental nueva del desarrollo económico, a través del contacto con organismos internacionales, con la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio; contribuí a crear el mecanismo por el cual Venezuela se hace socio del ALAC; conozco la creación del Pacto Andino y del proceso de integración económica del continente. Fue un entrenamiento que fue a parar, absolutamente, al servicio de las orquestas y de toda la estructura organizacional que es FESNOJIV.
El camino verdadero

Llegamos a la década del 1970. Cuénteme de esa época.
En 1973 tuve un problema de salud, me hicieron una operación de alta cirugía en el abdomen. Eso me llevó a una larga convalecencia, un año. Durante todo ese período me dediqué a hacer cursos de postgrado en Estados Unidos. Aproveché para hacer contactos con experiencias artísticas de ese país, que me permitieron ver la evolución de la música en otras naciones, la dinámica de trabajo de las orquestas y de los coros, y, sobre todo, conocí el estado de la educación musical en Norteamérica. Eso complementó enormemente mi criterio profesional de la música.

¿Qué sucedió cuando regresó al país, en 1974?
Estaba por cumplir los treinta y cinco años de edad. Es cuando decido concentrar toda esa vocación de servicio, que asumí conscientemente, en un proyecto en el que pudiera sintetizar toda mi experiencia organizacional, gerencial, musical y pedagógica. Ya tenía todas las herramientas necesarias para construir una gran institución, una gran empresa.

En los años 1974/1975 sólo había dos orquestas en el país: la Sociedad Orquesta Sinfónica Venezuela y la Orquesta Sinfónica del Zulia. Fueron los años en que nacieron muchas instituciones culturales en Venezuela, entre ellas el Museo de Arte Contemporáneo y Fundarte; en cuanto a política cultural del Estado, se da paso del Inciba al Conac y, entre otros aspectos, estaban regresando al país importantes artistas que se habían especializado en el exterior, entre ellos el coreógrafo Vicente Nebrada y la bailarina Zhandra Rodríguez. Fueron años de gran efervescencia en lo cultural. ¿Eso influyó en el lanzamiento de su proyecto?

Sí, era el clima cultural propicio para emprender un proyecto de carácter estructural. Fíjate que tenía que ser estructural, no podía ser, digamos, una temporada de ópera o, por ejemplo, la creación de una nueva cátedra de piano. No. Era el proyecto de la nueva educación musical en Venezuela, que consistía, específicamente, en una nueva propuesta. También había una cantidad de jóvenes que ya se habían formado como instrumentistas pero que no podían aspirar a desarrollarse profesional y laboralmente con las pocas agrupaciones musicales que existían… faltaban fuentes de trabajo. La Sinfónica Venezuela había creado la Orquesta Experimental para formar más jóvenes en la práctica orquestal. El maestro Ángel Sauce había asumido la Dirección del Conservatorio Juan José Landaeta y él quería estimular la dirección orquestal. Era el momento de darle a todas nuestras ciudades venezolanas la posibilidad de que tuvieran sus orquestas sinfónicas y juveniles propias.

Imaginamos que hubo resistencia en el medio musical y cultural ante ese nuevo modelo de educación musical que usted quería ejecutar.
Todo cambio de carácter estructural suscita cierta reacción y eso es bueno, es positivo, porque contra esas resistencias es como se prueba la eficacia del proyecto. Sin oposición, el proyecto no puede probarse a sí mismo. De manera que las resistencias nos dieron la oportunidad histórica de probar, de validar, nuestra existencia. Dimos la bienvenida a las resistencias porque las necesitábamos para confrontarnos con nosotros mismos.

En el momento en que nace la Orquesta Nacional Juvenil de Venezuela, el 12 de febrero de 1975, el lema fue “Tocar y Luchar”.Son dos verbos que sugieren combatividad, ¿por qué?
Desde el principio, cuando se suscitan las primeras resistencias, entendemos que no podemos sólo tocar, que no podíamos abandonar el sentido de lucha que aquello implicaba. ¿Con qué objeto? Probar ante las fuerzas contrarias que nos asistía la razón. Había que vencer obstáculos. Tuvimos que luchar mucho durante los años iniciales para a dar conocer en todos sus aspectos esa reforma de educación musical que desemboca en el proyecto de El Sistema; luego, dar a conocer las bondades, no sólo artísticas sino las sociales y las comunitarias; y, por supuesto, evidenciar la necesidad de que los organismos del Estado y las empresas públicas y privadas apoyaran de una manera permanente y estable, a fin de que se construyera un Programa sustentable.

Ese lema también encarna, de alguna manera, la personalidad y el temperamento del Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela. Además, da cuenta de las etapas más duras en la permanencia de esa estructura que usted ideó.
Exactamente. En primer lugar, era un reto formar los maestros, profesores y directores que necesitábamos para extender el Sistema a todo el territorio nacional. Eso nos ha costado treinta y cinco años. El reto sustantivo ha sido ese.
La dimensión ideal de Venezuela.

En los testimonios de los fundadores de la Orquesta Nacional Juvenil hay una palabra común: fe. Ellos dicen: “José Antonio tenía una fe que era como un monumento enorme… nosotros creíamos que ese sueño estaba solamente en su cabeza…” ¿Usted percibía esa incredulidad y cómo se sentía en ese momento?
Me sentía muy bien; estaba consciente de que era una cuestión de tiempo y nada más: tiempo para demostrar que estábamos en nuestro camino. No me importaba que momentáneamente se dudara… yo le daba la bienvenida a esas dudas. Porque cuando se duda al principio y luego se cree, entonces se cree doblemente. Nunca tuve angustia por eso, siempre me sentí absolutamente seguro de que estábamos pisando firme.