Su nombre se une al de otras leyendas como Lorin Maazel, Zubin Mehta, Riccardo Muti o Valery Guerguiev

No era la primera vez que Daniel Barenboim pisaba el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo, pero sí que era una ocasión especial. Su primer concierto programado y también el homenaje de una región a uno de los músicos más influyentes del mundo.

Vía: www.elcomercio.es | J. L. GONZÁLEZ / R. AVELLO

No fue sencillo el homenaje. Al término del concierto, Barenboim decidió atender al público y, sentado tras una mesa en el vestíbulo, se puso a firmar discos. Decenas de personas esperaban para lograr el autógrafo de la estrella, que se enfadó por los flases de las cámaras y que tuvo que hacer una pausa para descubrir junto al concejal de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo, Roberto Sánchez Ramos, la placa con su nombre con la que se le rinde homenaje. Un reconocimiento que le une a nombres como Lorin Maazel, Zubin Mehta, Riccardo Muti o Valery Guerguiev, también homenajeados en el Auditorio ovetense.

Y es que la figura de este argentino nacido hace 75 años en Argentina, emigrado a Israel cuando solo era un niño y que tiene, además de estos dos pasaportes el palestino y el español, trasciende la propia música. Ha dedicado casi 70 años a esta profesión logrando las más altas cotas, pero a Barenboim le gusta decir en la intimidad que su principal obra en esta vida es la West-Eastern Divan Orchestra y todas las actividades que, con los años, se han derivado de ella. Esta formación nació en 1999 de la mano del músico y del filósofo Edward Said para reunir, con espíritu de concordia, a jóvenes talentos musicales palestinos, árabes e israelíes, un proyecto que les valió a ambos la concesión del Premio Príncipe de la Concordia en el año 2002 y que ha derivado en una fundación con sede en Sevilla o una academia ubicada en Berlín.