Kevin McKenna | www.theguardian.com | Traducción Luis Contreras | Agradecidos con Carlos Luengo por enviarnos este valioso material

Un proyecto que se inició en Venezuela con el fin de llevar educación musical a los grupos desfavorecidos está haciendo un excelente trabajo en varios estados de Escocia.

Mi tristeza al no haber tenido suficiente talento en mi niñez en mi búsqueda para convertirme en un futbolista profesional no duró mucho tiempo. De hecho, siendo honesto conmigo mismo, supe desde temprano que ni toda la dedicación podría reemplazar la ausencia de cualquier cosa comparada al ritmo o mi incapacidad para pasarle el balón a cualquier compañero de equipo sin primero consultar un mapa. Mi primer juego oficial aún me genera pesadillas. Mi orgullo al haber sido seleccionado para representar a mi distrito comenzó a decaer rápidamente cuando descubrí que los pequeños Merlins hacían cosas con la pelota que yo sólo podría imaginar hacer. Entonces descubrí que le había dado un nuevo significado a la palabra “inmóvil”.

Desde entonces, he tenido motivos para preguntarme qué habría sucedido si, en lugar de inútilmente intentar conseguir la clave para desbloquear los misterios de cómo atrapar el balón, hubiera decidido aprender a tocar algún instrumento musical. No me engaño a mí mismo haciéndome creer que habría sido tan bueno como para lucir un esmoquin mientras tomaba el violín o algo por el estilo, pero luego de algunos años, sé que pude haber compuesto algo con la guitarra. No tenía grandes ambiciones. No es como si en Escocia no existieran suficientes espacios donde al menos alguno de ellos, en una encantadora noche, pudiera servir como escenario por un momento sin audiencia que lo esperase.

Habría sido diferente de haber existido para entonces tal cosa como el Big Noise Youth Orchestra. La orquesta, que por primera vez en 2009 cautivó en Stirling al público escocés en una noche lluviosa de verano, es una gema cultural. Fui a muchos conciertos, sobre todo los de rock pesado, incluso pasé varios años observando producciones de la Ópera de Escocia mientras intentaba vender helados y programas en el área del palco en el Theatre Royal de Glasgow. Pero ninguno me cautivó tanto como ellos lo hicieron.  

Casi todos ellos eran de Raploch, un lugar con más de un grado de desigualdad social y de salud y que, además, no forma parte de las guías turísticas de Escocia. Aun así,  la actuación de esa noche frente a familiares y amigos, muchos de quienes nunca habían escuchado una orquesta en vivo, fue fenomenal. ¿Quién sabe cuántos de ellos, de alguna forma destinados a una vida de problemas y un futuro incierto, hayan dado un giro a sus vidas luego de esa noche? La iniciativa del Big Noise Scotland está inspirada por el proyecto musical El Sistema, que nació en Venezuela. Su filosofía y objetivos son tan claros que te hacen preguntarte por qué nunca se había intentado hasta ahora.  Luego de ocho años, también es fácil preguntarse por qué no figura como el eje del programa de igualdad social de cada una de las 32 ​​autoridades locales de Escocia. Parte del objetivo del programa plantea “trazar una línea en el pasado y así educar una nueva generación de pequeños que crezcan inmersos en un ambiente musical”.

“Si bien nuestros triunfos más relevantes han sido musicales, nuestro propósito es usar la música para generar confianza, ambición y una amplia gama de habilidades que sean útiles para los niños en cualquier aspecto de sus vidas”. El objetivo final es estimular el rendimiento, la salud y el bienestar para que, de esta manera, los niños crezcan y puedan alcanzar su mayor potencial y contribuir a las comunidades positivas sin generar problemas de costos”. Es todo eso y más. Además, ayudar a los niños a descubrir el don que poseen es un proceso sagrado, sea por su talento musical o por la condición de igualdad que comenzó a evaporarse momentos después de haber nacido; llevándolos a comprender que ellos son valiosos e importantes.

Se habla de un mundo donde, constantemente, el valor de un individuo es medido por su capacidad para hacer dinero y que aún no ha nacido quien pueda hacer una diferencia en la vida de otra persona. Sin embargo, el Concejo de Stirling, cuyo apoyo financiero ha sido determinante para el éxito de Big Noise Raploch, podría estar considerando hacer una reducción de su aporte una vez inicien los recortes presupuestarios.

Desde la aparición de la orquesta de Raploch, otras dos se han materializado en Govanhill, Glasglow y en Torry, Aberdeen. Cada una de estas comunidades, al igual que en Raploch, ha tenido los mismos retos en cuanto a desigualdad social y de salud. Los resultados obtenidos al ayudar a encontrar a los niños sus talentos y ser conscientes de cuán importante es formar parte de algo más grande como una orquesta, están fuera de discusión.

En el informe de evaluación del año pasado del programa Big Noise – El Sistema Escocia fue presentado a fondo su valor económico para la nación. El Centro de Glasgow para la Educación y la Salud de Escocia reveló con detalles las inmensas proyecciones positivas en un periodo de setenta años, el cual comenzó a materializarse ya en el sexto año de la creación del programa.

Si el programa Big Noise continúa siendo sostenido a largo plazo, la mejora de vida de los individuos y de la comunidad de Govanhill se podría traducir, en un argot financiero, en una gran pérdida.  Luego de seis años se estima que sean £9.18m, para luego subir a £15.57m, hasta alcanzar los £28.91m en el noveno y decimoquinto respectivamente. Esta es ciertamente una estimación bastante reservada para una comunidad en crecimiento que se ha deteriorado debido a la delincuencia durante los últimos 20 años.

En el Reino Unido, conferimos con facilidad el título de “tesoro nacional” a trovadores e historiadores. Pero es un título que debería estar reservado para El Sistema Escocia y su programa Big Noise. Así como debería estar protegido por Holyrood de los estragos de la austeridad.