Vía: El País.com | Daniel Verdú

Simon Rattle dejará la Filarmónica de Berlín, una de las mejores orquestas del mundo, en 2018. 128 músicos elegirán sucesor debatiéndose entre la energía joven o la vuelta a las esencias. El objetivo actual es la conquista de nuevos públicos y la apuesta por la modernidad tecnológica

La madrugada del 29 de enero de 1944, los aviones aliados bombardean Berlín y arrasan la Philharmonie, uno de los emblemas culturales alemanes

La madrugada del 29 de enero de 1944, los aviones aliados bombardean Berlín y arrasan la Philharmonie, uno de los emblemas culturales alemanes

La madrugada del 29 de enero de 1944, los aviones aliados bombardean Berlín y arrasan la Philharmonie, uno de los emblemas culturales alemanes. Cuando acaba la guerra, la orquesta se traslada al Titania Palast, un viejo cine en la vecina Steglitz. Poca cosa para Herbert von Karajan. Cuando el austriaco asume el mando en 1954 de forma vitalicia, exige levantar un auditorio a la altura de su formación. El Muro todavía no se ha construido, pero el edificio diseñado por Hans Scharoun se planea junto a esa silenciosa frontera entre dos mundos incomunicados. Karajan intuye que el telón caerá y mantiene en esa franja un proyecto revolucionario que escandaliza a las fuerzas conservadoras de la ciudad. Dos edificios pentagonales dorados de aspecto ultramoderno con seis estudios de grabación y un podio central para que todo el público estuviera siempre a no más de 30 metros del director (para mayor gloria de Karajan) y el sonido se repartiera de forma democrática. Un diseño replicado luego por todos los recintos de este tipo (véase el Auditorio Nacional o Los Ángeles). Como siempre, la Filarmónica de Berlín consultó con el futuro para tomar las decisiones del presente. Lo mismo que está haciendo estos días.

En mayo de 2015 está previsto que hasta 128 músicos, en una votación absolutamente democrática, elijan al sucesor de Simon Rattle. El hombre que deberá guiarles hasta la segunda y quizá tercera década del siglo XXI debe ser capaz de mantener las esencias de un sonido que ha conservado sus rasgos principales a través de contadas manos en 132 años. Pero también comprender las revoluciones que la orquesta tiene ahora en marcha: la conquista de nuevos públicos fuera del auditorio, su desvinculación de la industria discográfica a través de un sello propio y un canal para emitir sus conciertos en streaming (el Digital Concert Hall), el contacto directo con sus fans con plataformas como la página de Facebook (con más de 620.000 amigos) o su apertura definitiva a la sociedad dejando atrás los tiempos más elitistas de la formación. Empezando por la histórica ruptura con el Festival de Pascua de Salzburgo y su apuesta por un certamen más accesible y flexible como Baden Baden.

Desde que Rattle anunció hace dos años que se marchaba en 2018, en los círculos filarmónicos han comenzado las quinielas. El juego divierte a los músicos, pero, finalmente, no incumbe a nadie más que a ellos. Sabemos solo que el futuro conductor será un buen conocedor de la orquesta, un gran artista y, probablemente, un asiduo a la Philharmonie.

Cada vez que llega una batuta invitada, los músicos puntúan sus habilidades y opinan sobre la conveniencia de su regreso. Eso contará. Pero también la relación establecida con ellos. Su personalidad. Ahí, quizá el mejor situado es el venezolano Gustavo Dudamel (1981), compañero de escenario habitual que este verano se pondrá al frente del tour estival para cubrir la baja por paternidad de Rattle. Muchos ven en ello una clara señal. De energía contagiosa y alejado del molde germánico, ha traído aire fresco a la orquesta y ha tendido un puente importantísimo con Latinoamérica. Por juventud y talento, también ha sonado el nombre de Andris Nelsons (Riga, 1978). Pero el debate conceptual, como sucedió con la Philharmonie 50 años atrás, plantea el gran dilema: mirar al futuro o recuperar las esencias. Y en ese apartado aparecen nombres como el del titular de la formación de Dresde: Christian Thielemann (Berlín, 1951). Quizá uno de los actuales valedores del carácter musical germánico que, encima, regresaría a su casa. Todo es pura conjetura.

Ulrich Knörer, viola y miembro de la junta de la orquesta, nos recibe en uno de los despachos de la Philharmonie el día más caluroso del invierno berlinés. Igual que muchos en esta rejuvenecida orquesta, se define como “un niño de Abbado”. Son aquellos músicos que entraron justo cuando cayó el muro de Berlín y emprendieron la transición entre Karajan y el director italiano. Un proceso que Daniel Barenboim ayudó a suavizar durante un año con su colaboración. La pregunta sobre la sucesión es obligada. “Cada miembro dará una respuesta un poco distinta. Para mí, lo primero, debe ser un fascinante artista. Lo segundo, una persona muy responsable. Liderar una orquesta así es liderar una organización. Necesitas a alguien en quien puedas confiar y que asuma responsabilidades. Pero fundamentalmente, necesitamos contar con un fantástico músico”, resume.

Así ha elegido durante 130 años a sus directores y a sus miembros. Antes, a mano alzada. Hoy, con un mando electrónico. Y en esa autonomía absoluta, en el control de su propio destino, reside parte de la esencia de su sonido. La contratación de cada nuevo intérprete, como el concertino que ganó la plaza el fin de semana que Babelia se encontraba con ellos, va precedida de dos años de prueba. Ahí se mide la personalidad del artista, su responsabilidad, la capacidad para involucrarse con el proyecto. Casi la mitad de quienes superan la audición son rechazados tras el periodo de observación. Si permanecen, pasan a ser miembros de pleno derecho en una institución que funciona como una cooperativa totalmente independiente (aunque la fundación que la gestiona reciba un 40% de su presupuesto de la ciudad de Berlín).

Olaf Maninger, primer chelo y mánager general del área mediática de la Filarmónica, llega a la cita en las oficinas de Berlin Phil Media, en el último piso de una de las torres de la renovada Potsdamer Platz. También él remite a esa independencia para entender el sonido de los berliner. “Es importantísimo para la música. Se oye en el escenario. No le das a un músico un trabajo solo para que suba a tocar, cobre y lea en el periódico quién será su nuevo director titular. O para que entre en su intranet y vea que el siguiente programa es Brahms y que este año no hay tours. Ese no es el input que debes sentir una persona creativa. Debe tener influencia en todo: con quién toca, dónde y cuándo. Con gente frustrada no funcionará. Cuantos más derechos des a los músicos para elegir lo que quieren hacer, mejor será el resultado sonoro”, explica quien inventó Digital Concert Hall (DCH), la empresa filial de la Filarmónica que graba y emite sus conciertos por Internet y en la que han centrado todos los esfuerzos en los últimos tiempos.

La idea surgió hace una década de forma natural cuando empezaron a desplomarse las ventas de CD —otrora mina de oro— y las televisiones y las radios cada vez retransmitían menos conciertos. Internet comenzaba a absorber todo el negocio de la distribución cultural y Maninger vio la oportunidad. Hoy muchas orquestas tienen un sistema parecido. Pero entonces era solo un sueño que se cumplió a rajatabla: grabar los conciertos en HD, con calidad audio de CD, emitir uno en directo cada semana y construir un gran archivo. “Fue un paso natural para una orquesta fundada en su día en el límite de los desarrollos técnicos. En la época de Karajan se construyó este auditorio con seis estudios. Él fue también al límite. Inventó con Sony el CD como un medio para distribuir la música de forma global. A él no le parecía un sonido artificial, ni a la orquesta. Así que nadie en el pop o en el rock pudo decir lo contrario”.

La Filarmónica ofrece 135 conciertos al año, incluyendo los tours, y tiene más de un 97% de ocupación en la Philharmonie. Imposible crecer en el espacio físico. Hoy DCH tiene 30.000 abonados, y aunque pensaron que a partir de los 7.000 sería rentable, todavía vive del patrocinio privado. Convencer a los artistas invitados para ceder sus derechos en los conciertos fue complicado. Los cachés estaban fuera de mercado: el primer cheque que entregaron a Barenboim valía 67 euros. Poco a poco caló el mensaje y la compañía acaba de renovar todo su equipo tecnológico para afrontar los próximos años. Pero no acaba ahí. Hay algo mucho más simbólico.

El círculo abierto con Karajan al asociar el nombre de la orquesta a la industria discográfica se cierra. La Filarmónica de Berlín presentará en breve su propio sello y rompe con las firmas tradicionales que hasta hoy explotaban sus derechos. Incluso Simon Rattle, actualmente vinculado a una compañía, formará parte de esta aventura hacia la independencia. “En 2014 la industria se dedica a fabricar una caja de plástico a la que a estas alturas todavía no logras ni quitarle el envoltorio. Lo venden por 17 euros en un tiempo en el que por ese dinero puedes tener tres meses de suscripción a plataformas como Spotify. Y no lo hacen con amor. Si produces un CD hoy en día, tiene que haber una razón, si no siempre se podrá bajar. Pensamos que tenía que ser algo así como un ítem de coleccionista: desde el libro al packaging, al audio… Y esperamos que a la gente le guste”, expone Maninger.

Pese a los avances tecnológicos, todos los miembros de la Filarmónica consultados aseguran que la única manera de conquistar el futuro será recordando el pasado. Un equilibrio aportado por cada uno de los pocos maestros que ha tenido la formación. Hans von Bülow, el primer director moderno de la historia —con sus guantes blancos y excentricidades— les dio esa exigencia límite, la repulsión por la mediocridad, el trabajo; Arthur Nikisch instauró esa sensación de que cada músico era un solista, un virtuoso en el conjunto; Fürtwangler dotó a la orquesta de ese legendario sonido surgido de los bajos e internacionalizó la marca; Karajan recogió la esencia de la tradición y le aportó una dimensión planetaria en todos los órdenes; Abbado les enseñó a escucharse y a tocar como una formación de cámara —siempre al límite de la emoción y la sorpresa, sin pensar en el después—, y Rattle ha rejuvenecido los atriles, ampliado el repertorio y transformado los formatos de concierto hasta lo inimaginable. Según los músicos, les ha llevado al borde de la perfección técnica. El resultado es una orquesta con una creciente identidad a la que, al contrario de lo que se podría pensar por su calidad, es complicadísimo de dirigir.

Algunas noches, especialmente en el último de los conciertos de cada semana, sucede algo maravilloso. Los músicos, picados por ver hasta dónde puede llegar cada uno, por comprobar quién aguanta más, estiran hasta lo imposible el momento de entrar tras recibir la señal del director. “Me acuerdo de una Segunda de Mahler, en el tercer movimiento que termina con los dos pizzicatos; Rattle daba la entrada y estábamos todos a ver quién aguantaba más. No entraba nadie, tres segundos… y ¡zas! Pero esto le da vida”, explica Joaquín Riquelme, viola murciano de la orquesta desde hace cuatro años. Esa es una de las causas de esa imperfección que constituye la belleza del sonido de esta formación. “La gente cree que suena todo clavado y que vamos exactos, con la misma velocidad de arco, afinación o cantidad de aire. Pero hay algo que no lo es; eso que cada uno pone de su parte y que estira el sonido. No va en hachazos, es como una balsa de agua que crea su oleaje y te va empujando. Y hay que aprovechar la fuerza del agua para navegar por todo esto. Piensa que somos 128 egos”.

O 128 directores, como bromea Edicson Ruiz, contrabajo venezolano de la Filarmónica formado en el Sistema de Orquestas venezolano. Rattle lo sabe bien. La gran diferencia con el resto de orquestas, sostiene con su habitual humor británico, es que las demás obedecen al director. “En otros sitios, básicamente, pueden leer, tocan para ti unidos y con los ritmos y las notas correctas. Eso no pasa aquí. Trabajan de otra manera, interpretan juntos como lo haría un cuarteto de cuerda. Y esperan encontrar ahí su sitio. Tienes que ser muy paciente. Pero el índice de mejora es exponencial. Los directores que vienen por primera vez pueden llevarse una buena sorpresa”. A menudo desagradable si no logran convencer de su visión musical. Como suele decirse, dirigir un día a la Filarmónica no es complicado. Lo difícil es que vuelvan a invitarte.

Imaginen el trabajo de un concertino como el japonés Daishin Kashimoto, que entró con 29 años y tuvo que lidiar con el peso de la tradición de casi un siglo y medio. “Cuando empecé y tocábamos, por ejemplo, Brahms. Pensaba, ‘¿cómo puedo liderar una orquesta que lleva tocando esto toda la vida de una manera determinada?’. Pero luego, el sonido sale de forma natural desde atrás y te empuja con él. Es como una ola. Y eso viene de la tradición. No queda mucha gente de la época de Karajan, pero es algo que se va transmitiendo”.

Hoy la orquesta tiene 25 nacionalidades y está al borde de tener más extranjeros que alemanes. Su sonido se ha internacionalizado, especialmente tras la Segunda Guerra Mundial, pero conserva sus rasgos originales. La mayoría de profesores se ha formado en la escuela alemana y casi el 40% de los atriles ha pasado por la Akademie, una suerte de cantera formativa de la Filarmónica. “Pero ya no es ese molde alemán idiosincrático. Cada director trae su toque. Y cuando vienen algunos muy germánicos, se siente como el sonido alemán sale a flote, como si estuviera guardado en un bolsillo”, señala Edicson Ruiz, uno de los tres músicos que habla español aquí. Un misterio. Como la magia con la que Abbado les conducía a aquella inexplicable energía.

Al final, como dice Rattle, todas las respuestas permanecen en las paredes de esta fábrica de sonidos. En la parte más alta de la Philharmonie, en una suerte de santo grial del conocimiento berliner, tres pentágonos superpuestos forman el logo de la orquesta diseñado por el propio Scharoun. Representan la planta del edificio. Pero también simbolizan la comunión entre “espacio, música y público”. La esencia de todo este secreto casi místico. Hoy las variables para entender el futuro siguen siendo exactamente las mismas. Pero los 128 han descubierto ya que el espacio y el público, fuera de su templo dorado, son infinitos.