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El maestro Izcaray acostumbra a explicar previamente las obras que integran su repertorio. Es una buena tarea pedagógica que permite una mayor comprensión de lo que se escuchará. Pero su brillante comentario sobre la última sinfonía escrita por Mozart no tuvo desperdicio. Navegó por lo técnico pero de un modo que hasta el menos avisado entendió qué iba a vivir. Notable pedagogía. Para los que fueron al concierto y tuvieron su programa de mano, aclaro que están mal los años de nacimiento y muerte de Debussy. Los correctos son los de este comentario.

Respighi fue un enamorado de su patria. Su talento musical más sus investigaciones sobre la música escrita en el siglo XVI, Renacimiento y comienzo del Barroco le interesaron al extremo de escribir páginas en homenaje a esos tiempos aun cuando sus combinaciones tímbricas hayan sido de corte más moderno. Entre ellas están sus tres suites denominadasAntiguas danzas y arias para laúd. De ellas el maestro eligió la primera, que se estrenó en Salta el año pasado. Elegante, fina, de ritmo cortesano y un sonido de época o sea ‘piano e forte‘. Agradable.

De cómo un repertorio tranquilo puede convertirse en una joyita

Luego de ocho años y algo más, el maestro Izcaray repitió la Petite Suite de Debussy escrita originalmente para piano a cuatro manos orquestada por su discípulo Henri Büser. A pesar que el autor creó un nuevo lenguaje que viene de otras expresiones artísticas, esta página aún contiene fuertes trazos del clasicismo. Ya lo dije antes, se trata de un Debussy joven, de delicioso lenguaje que le venía muy bien al espíritu francés de su época.

Corría 1788. Mozart tenía episodios de mala salud pero eran pasajeros. No fueron obstáculo para que sus composiciones cada vez sean más progresistas en cuanto a sus estructuras. En la presentación dijo el maestro Izcaray “quien sabe dónde hubiera llegado Mozart si hubiera vivido más de los treinta y cinco años que vivió”. Su inventiva temática casi fue infinita y si en cualquiera de los museos que guardan sus manuscritos se miran sus pentagramas, uno queda con la impresión que son copias corregidas cuando en realidad son los originales de su música. Casi no hay correcciones, no existen tachaduras, la idea que perdura es que este genio escribía música con una fluidez descomunal. La Sinfonía nº 41 es una bellísima sinfonía con sus iniciales formas sonata. Luego el infaltable minué para cerrar con un “molto allegro” de cuatro temas que van enlazándose contrapuntísticamente en los cuales las formas fugadas son perfectas. Contribuye a la belleza de la obra la exultante tonalidad de Do mayor.

El prolongado aplauso fue completamente justificado además de esperanzado.