Por Pablo Gianera  | LA NACION

Hace pocos meses, en agosto, Martha Argerich y Daniel Barenboim tocaron por primera vez juntos en el Teatro Colón. Nadie olvidará la lectura del primero de Beethoven con Argerich como solista, aunque fue evidentemente el concierto a dos pianos el que quedó ya grabado a fuego en la vida musical argentina. Pero, se sabía, ese concierto había tenido un antecedente tiempo atrás en Alemania. El CD que acaba de lanzar Deutsche Grammophon registra justamente esa actuación del 19 de abril en la Philharmonie de Berlín. El programa es igual al de Buenos Aires, sin los bises claro: la Sonata en re mayor K. 448, de Mozart, las Variaciones en La bemol mayor sobre un tema original para piano a cuatro manos, D. 813, de Franz Schubert, y La consagración de la primavera, de Igor Stravinsky, en la reducción para piano a cuatro manos.

Martha Argerich y Daniel Barenboim

Martha Argerich y Daniel Barenboim

La historia es conocida: los dos Wunderkinder (niños prodigio) eran compinches a principios de la década del cincuenta en una Buenos Aires que ya sólo existe en el recuerdo de unos pocos afortunados; después, las carreras los separaron, se siguieron a la distancia durante décadas; colaboraron ocasionalmente en los años ochenta y parecen cerrar ahora un conmovedor círculo amistoso y artístico. Pero esa historia no basta para explicar lo que son capaces de hacer juntos.

No es un secreto que Argerich y Barenboim no podrían ser personas más distintas; lo son en sus gestos, en sus hábitos, en sus repertorios (restringido uno, inabarcable el otro), y, lo que importa de veras aquí, lo son también en su inteligencia musical y en su pianismo. En ningún lugar se advierten mejor esas diferencias que en la Sonata de Mozart. El “Allegro con spiritu” instala, con sus trinos como fanfarrias, una atmósfera de extrema vivacidad, y es fascinante el modo en que Barenboim y Argerich desmontan la regularidad de las semicorcheas. Las líneas melódicas no son aquí un collar de perlas regulares (para usar una metáfora de András Schiff), sino que cada cuenta -cada perla- proyecta un brillo propio que deriva de su función armónica. Esto para no hablar de discretísimo rubato, administrado con la mayor sabiduría. Acerca de esta sonata, Alfred Einstein hizo notar en su libro monográfico sobre el compositor: “Es «galante» desde el principio hasta el fin; usa la forma y la temática de una sinfonía ideal para una ópera bufa; ninguna sombra enturbia su serenidad”. Pero esto no quiere decir necesariamente que la obra sea ligera. Los dos pianos se reparten la exposición. Barenboim y Argerich conquistan aquí el ideal de toda conversación musical: que las voces parezcan una sola y mantengan a la vez su singularidad.

DESNUDAR LAS DIFERENCIAS

Schubert, como Mozart, también canta, pero el canto de uno no es el del otro. El supremo ilusionismo de Argerich y Barenboim consiste en desnudar esa diferencia. El tema de lasVariaciones es una especie de marcha con una imprevista modulación a do menor. Aunque el pulso de esa marcha nunca se disipa del todo, cada una de las ocho variaciones tiene un carácter muy contrastado, como si se proyectara sobre ellas una rara ambigüedad. “Insinuación” es la palabra con la que a Barenboim le gusta referirse a Schubert, y en ese sentido los pianistas postergan infinitamente cualquier condición asertiva: nos dejan en vilo. Un ejemplo entre muchos: la quinta variación tiene un efecto punzantemente melancólico (esa tibia melancolía tan schubertiana), con un giro a menor que, especularmente, vuelve a mayor allí donde el tema primero estaba en menor. En las manos de los músicos argentinos, esos cambios de luz se vuelven imperceptibles como la caída del sol, que sólo advertimos cuando ya sucedió y es de noche

Pero el auténtico tour de force del CD es La consagración de la primavera. La maestría de la orquestación stravinskiana persiste inigualada, sobre todo por las estrategias de dramatización y caracterización tímbrica. Es como si el trabajo motívico mantuviera una conexión con el timbre de determinados instrumentos. En una obra en la que el timbre cumple una función constructiva crucial, habrá alguna pérdida en cualquier reducción para piano. Sin embargo, la reducción para piano a cuatro manos de La consagración… resulta muy eficaz. Argerich y Barenboim logran una versión fulminante: revelan la obra en un blanco y negro tremendamente dramático, la visión en rayos X del más formidable esqueleto rítmico.