Vía: Mundoclásico | Escrito por: Paco Yáñez

“En mi juventud había dos tipos de pianistas: los serios, como Schnabel, que tocaban Mozart, Beethoven, Brahms y Schubert; y los virtuosos, que tocaban Liszt y Chopin. Mi profesor fue mi padre, y quiso hacer de mí un músico serio. Así que nunca toqué Liszt. Pero después dirigí a Claudio Arrau interpretando el Segundo concierto para piano, y él me abrió los ojos a la profundidad de la música de Liszt y su relación con Wagner. De hecho, él me dijo que dirigiera la obra en su conjunto como una escena wagneriana. Y es lo correcto. Es un gran lienzo sinfónico con piano obbligato“.

Franz Liszt

Son éstas que abren nuestra reseña palabras de Daniel Barenboim en conversación con Pierre Boulez, recogidas en el Teatro Schiller de Berlín por Richard Morrison para The Times; en entrevista publicada el 7 de junio de 2011. Dos días después, tenía lugar el primero de los conciertos que se presentan en este DVD del sello Accentus -procedentes del ‘Klavier-Festival Ruhr’ de Essen-, cuyo concepto responde estrictamente a aquello que Barenboim dice haber aprendido del chileno Claudio Arrau, verdadero maestro en estos repertorios, y cuyas enseñanzas a Barenboim parecen haberse filtrado, igualmente, a la dirección del neófito en estas partituras Pierre Boulez, director de (re)conocida trayectoria wagneriana, desde luego más que lisztiana; un Liszt que tamiza a través de la orquesta del compositor de Parsifal, como Barenboim su pianismo: un piano de profundidad insondable, de amplio trazo armónico con tendencia a un cromatismo de gran tensión, de una firmeza digna de destacar por la seriedad que confiere a sus lecturas, completamente ajenas a cualquier virtuosismo vacuo y efectista, algo de lo cual el monográfico dedicado por Barenboim a Franz Liszt en Deutsche Grammophon (435 591-2) era ya un nítido ejemplo, como los extraordinarios DVDs de EuroArts (2066658) que en diciembre de 2011 reseñamos en Mundoclasico.com como colofón al bicentenario Liszt, con sus lecturas de la Sonata en si menor, de dos de los Années de pèlerinage, y de diversas transcripciones operísticas wagnerianas y verdianas, en uno de los monumentos mayores de la fonografía lisztiana de todos los tiempos.

No alcanzan estas versiones tamaña categoría, pero sí resultan una perfecta continuación en lo concertante para sus planteamientos de base. Si en el estreno en Weimar del Primer concierto para piano era el propio Liszt el que desgranaba al teclado una partitura dirigida por Hector Berlioz, 156 años después la presencia de uno de los mejores pianistas de su tiempo, así como de otro compositor-director de trascendencia histórica, sirve para revelar matices poco frecuentes, en una personal visión de unas piezas que cuentan con tan ilustres precedentes como la muy noble y elegante aproximación de Claudio Arrau con Colin Davis (1979, Philips 416 461-2); la apabullante demostración de músculo pianístico y arrojo expresivo de Sviatoslav Richter con Kirill Kondrashin (1979, Philips 446 200-2); o la abrumadora lección de exquisitez técnica e idiomática de Krystian Zimerman con Seiji Ozawa (1988, Deutsche Grammophon 423 571-2), la que tengo como versión de referencia.

Pierre Boulez lleva estos conciertos al territorio que visitarían años después las piezas orquestales tardías de Liszt; es decir, a la pura antesala del siglo XX. Un intrincado estudio de planos sonoros y estructuras, de superación de los cánones clásicos del primer romanticismo, permite a Boulez desvelar la modernidad intrínseca de estas partituras, que resultan así algo más agresivas, menos virtuosísticas y más cerebrales. No quiere ello decir que se trate de un Liszt diseccionado y frío, y el último Mahler del casi nonagenario director de Montbrison sería paradigmático al respecto: alianza alquitarada -tras una vida de estudio, conocimiento y firme defensa de un estilo hecho persona- de lógica estructural y emoción sublimada que adquiere un nuevo estatus expresivo, con una contención sabiamente administrada allí donde se requiere, pero capaz de permitir vuelos líricos que harían sonrojar al Boulez más combativo de sus años jóvenes; y es que todos vamos cambiando con el tiempo…

Tampoco Barenboim es el ya el mismo pianista que aquél que en 1985 diera cuenta de la deslumbrante lectura de la Sonata en si menor que conocimos en EuroArts. Su mecanismo y digitación ya no son tan ágiles, especialmente en el Primer concierto, en cuyos compases más rápidos asistimos a algún tropiezo que en los años ochenta resultaría prácticamente impensable en la década que, en mi opinión, señaló su cenit como pianista. Sin embargo, esta merma puramente física se suple con una hondura artística y filosófica manifiesta, con un dominio de la armonía, de la resonancia, del pedal, ¡de la mano izquierda!, que empastan perfectamente con las ventanas al futuro que Boulez abre en la maquinaria orquestal. El diálogo en el Segundo concierto con el chelista principal de la Staatskapelle berlinesa es antológico -no quedándose atrás tampoco el oboe-, de una belleza poética absoluta, por más que sea este concierto el que más se somete a la búsqueda de timbres y arquitecturas modernas, alejadas de cualquier sensiblería, así como de ‘pirotecnias’ al teclado. La forma en que Barenboim aborda las cadencias apuntala los temas diseminados aquí y allá tanto antes como después en orquesta y primeros atriles, contribuyendo aún más a afianzar el sentido que Boulez quiere trascender en los dos conciertos: hacer de estos un eslabón y salto definitivo de la arquetípica forma sonata del primer romanticismo al fresco sinfónico a modo de fantasía de renovadas implicaciones tanto formales como conceptuales. El carácter elegiaco que Barenboim otorga al Segundo concierto parece conectarlo de forma explícita con un universo que el bonaerense conoce tan bien como el de Fausto, que tan sabiamente exploró al teclado en la Sonata en si menor y con la batuta en su poderosa dirección de la Faust-Symphonie a la Berliner Philharmoniker (Teldec 3984 22948 2).

Igualmente fáustica es la primera de las piezas wagnerianas recogidas en este DVD, la Faust-Ouvertüre; partitura compuesta por Wagner en París en el invierno de 1839-40, y revisada posteriormente en Zurich en 1855. Incendiada por el fuego del eterno femenino y la presencia de la muerte como barrera a trascender, esta pieza inicialmente juvenil recibe por parte de Boulez una lectura contenida y parca en gestos sinfónicos, a la que se le pediría algo más de ardor y prestaciones orquestales, pues así como en Liszt la formación berlinesa es en cierto modo una barrera para alcanzar la cota de lo referencial, al faltarle algo de vuelo poético, si bien su sonido es bello y denso, aquí el protagonismo exclusivo de lo orquestal demanda algo más de carácter. Lo mismo sucede con un Siegfried Idyll que diría lejos de las cotas a las que lo han llevado los Solti, Karajan o Klemperer, por citar tres batutas que han calado más hondo en la belleza de esta página: en su lirismo y robusto deje romántico, en su inflamado aliento expresivo, en Boulez algo seco, aunque para observar sus texturas, armonías y planos ‘al microscopio’, resulta una versión más que idónea, con el aliciente de poder recrear visualmente los planteamientos de Boulez: esa siempre lógica correlación entre su gesto parco y severo y la respuesta análoga de la orquesta. Nunca que me ha convencido plenamente el Wagner de Boulez, y estas lecturas no serán una excepción.

Los formatos de audio son PCM estéreo 2.0, Dolby Digital 5.1 y DTS 5.1. La edición en DVD presenta un sonido no del todo claro, al menos en formato PCM, faltándole algo de nitidez. La filmación fue dirigida por Enrique Sánchez Lansch, con sobria corrección, y se presenta en formato NTSC con ratio de 16:9 y una buena calidad de imagen. Todo ello completa una edición que prolonga unos meses más los coletazos del bicentenario Liszt; un compositor que, con lecturas como éstas (en todo caso, primera opción en términos generales en formato DVD, no tanto en su edición en CD, donde la ‘competencia’ es mayor), sigue ganando relevancia entre las voces que definieron los estertores del siglo XIX como antesala al convulso, maravilloso y apasionante siglo XX musical.