Entre las más preciadas memorias de mi adolescencia hay dos vivencias que despertaron en mí la vocación hacia la música.


Por Luis Zea | ESPECIAL PARA VENEZUELA SINFÓNICA

Permanece el recuerdo entrañable de escuchar un tema que servía de fondo musical a un comercial televisivo. Sin duda –así lo creí– no era una sino dos o tres guitarras que armoniosamente se deleitaban entretejiendo sus sonidos. Me cautivó de tal manera que de ahí en adelante me mantuve en “modo de alerta” cada vez que estaba frente a un televisor. En otra ocasión, y desde algún distante rincón de la casa, conmovió a mis oídos una versión desconocida de un aguinaldo venezolano que transmitían por la radio.  Al acercarme me percaté de que la sonoridad era muy parecida a la música que había escuchado en la televisión. En vano esperé por el anuncio en la radio y nuevamente quedé deslumbrado por la magia de lo que había inundado mi ser. Transcurrieron varios años antes de descubrir a través de un tío que el fondo musical en la televisión era Natalia, un vals compuesto por Antonio Lauro; que el aguinaldo había sido armonizado por Vicente Emilio Sojo, maestro de Lauro; que en ambas ocasiones se trataba de una sola guitarra, y que el mago de la guitarra era Alirio Díaz.

Sin posibilidades de realizar estudios formales de guitarra en aquel entonces, y como si se tratase de un presente enviado del cielo, providencialmente llegó a mis manos un LP de Alirio Díaz el cual se convirtió en mi primer “maestro”. Un tiempo después, y sin darme cuenta, mis infatigables intentos por aprender las piezas del disco por oído me habían preparado para una ocasión que resultó ser tan inesperada como memorable. En la noche del 17 de febrero de 1970, mi amigo Carmelo Rodríguez me llevó a una reunión en Caracas, en la casa del arquitecto y estudioso del folklore venezolano Oswaldo Lares. Poco después de llegar nos enteramos de que un invitado de honor estaba por llegar. “¿Quien es?”, preguntó Carmelo, y alguien respondió: “El Maestro Alirio Díaz”. ¡No podía creerlo! Era del mismo enigmático personaje oculto detrás de la TV y la radio cuya guitarra me había embrujado hacía varios años, y a pesar de no conocerlo personalmente me sentía como un cercano discípulo suyo.

El Maestro se mostró muy amable y dispuesto para escucharme. Luego de tocar El Marabino, Canto Aragüeño y El pañuelo de Teresa me preguntó con quién estudiaba, y respondí que había aprendido con uno de sus discos. Su sincera reacción irradió una bondad desbordante, pero lo que más me impresionó fue su humildad, tan grande era que parecía no tener límites. Ese mismo año regresó a Caracas para dictar un curso en la Universidad Central de Venezuela, y al oírme un arreglo que había hecho del Pajarillo quiso registrarlo en su grabador portátil. Como mis conocimientos de teoría musical eran muy rudimentarios, en seguida me pidió que se lo tocara de nuevo, pero muy lentamente, y con más paciencia que la del santo Job lo escribió, nota por nota, compás por compás, de principio a fin. Siendo un muchacho de 17 años, fue esa para mí una experiencia realmente asombrosa y reveladora.

A lo largo del tiempo tuve el inmenso honor de compartir con el Maestro en innumerables circunstancias y repetidamente pude confirmar que esa sencillez lo acompañó toda su vida. Es un llamado a la reflexión, más aún si recordamos que Alirio Díaz fue uno de los más grandes guitarristas clásicos de todos los tiempos. Habiendo sembrado a su paso una huella indeleble de integridad, de amor por el arte y por la tierra y el gentilicio que lo vio nacer, su vida fue un testimonio palpable de que la humildad es la virtud de los sabios, esa misma con la que creció en su amada y polvorienta aldea natal, La Candelaria, desprovisto de lujos y caprichos tecnológicos, pero ávido del saber y vibrante de afecto y dignidad.

Pocos textos me conmueven tanto como su Epístola Al viejo dividive, árbol del amor, de la alegría y de la esperanza, con la cual comienza su relato autobiográfico titulado Al Divisar el Humo de la Aldea Nativa. He aquí un fragmento:

¡Cuántas cosas ocurrieron en esos pocos años, viejo, pacienzudo y amado dividive!

Si entonces me hallaba distante de todo rudimento de tiempo, situado en el ansioso y temprano amanecer de la niñez, me sorprende ver como ayer, desde tu abierto ramaje hayamos podido aprender y comprender tantos sabores de este maravilloso manjar que es la existencia humana.

¡Te acuerdas de cuando nos acogías en tu varillaje de brazos larguiruchos, y cuando desde el alto bahareque de tu copa nos dabas el deleite de tus murmullos con la brisa? Ya habías visto cómo, al treparte, crecíamos en la vida y en sus emociones, mientras medíamos nuestros años con el metro cierto de tu rugoso y recio pedestal…

…Hoy, mientras puedo contemplar tu desbaratada bóveda se alborotan en mí los canarios del recuerdo: como que fuiste y seguiste siendo para mí otro de los bellos motivos de permanente invocación y evocación de cuanto ayer fuimos.

Alirio Díaz se erige como un luminoso e indestructible monumento de libertad, valores morales y espíritu de superación que alienta nuestra esperanza por el futuro que Venezuela se merece.

Gracias mi querido Humilde y Gigante Maestro… ¡Gracias!