Con motivo del 40° aniversario de Tiburón, de Steven Spielberg, el filme original volverá a exhibirse en salas de Estados Unidos para festejar la larga vida de un clásico del terror moral

Como nací y me crié muy cerca de un balneario sé de manera bastante certera cuál es el verdadero valor de un buen verano. Una temporada cargada soluciona varios problemas materiales en la sociedad, que deberá además solucionar otros que no pasan solo por el dinero.

Si un factor arruina un verano, las consecuencias serán dolorosas el resto del año. El clima puede ser un elemento importante. Una contaminación puede producir la catástrofe. Una peste o una ola de miedo, producida por incendios, manifestaciones, atentados u otras calamidades. El escritor estadounidense Peter Benchley resumió estas dos situaciones (el verano en el balneario y la amenaza) en un solo elemento: un enorme tiburón blanco. Cuando se descubre que el gran pez de cartílago se comió a la que será su primera víctima las tensiones comienzan entre el jefe de policía del balneario y las principales fuerzas económicas de la zona. Entonces se produce el salto, desde lo material a lo moral: ¿es ético mentir sobre las causas de la muerte y no cerrar las playas para evitar otros ataques?

Era 1974 y la novela de Benchley, titulada Jaws (Mandíbulas) se transformó en un éxito inmediato. Era cuestión de minutos que Hollywood se apoderara de ese argumento y lo tradujera a la pantalla grande.

Por entonces, estaba en Hollywood un joven y prometedor director de 26 años, que había filmado dos películas de cierto éxito. Se llamaba Steven Spielberg. Talentoso en las escenas de acción y en construir situaciones atrapantes al llevar al extremo las voluntades de los personajes, Spielberg consiguió, luego de varios descartes, hacerse con el proyecto de Jaws, que en español se titularía con simpleza y para la eternidad como Tiburón. Se estrenó en 1975 y bien se podría decir que el resto es historia pop.

Pasaron cuatro décadas desde entonces y el cine cambió en su coraza pero no en su esencia. En Estados Unidos no se les ocurrió mejor idea para festejar el cumpleaños que proyectar durante dos días (23 y 24 de junio) la versión original de Tiburón en salas de cine. El procedimiento es usual para celebrar aniversarios de clásicos (basta recordar que sucedió esto con El padrino en 2012, por nombrar un ejemplo).

El filme es Spielberg en sobredosis, porque si bien mantiene algunas de las tensiones sociales de la novela, lo que domina el ritmo de la narración es la acción depredadora de un monstruo que se ve muy poco en la primera hora de película, ya que ataca desde la perspectiva de la cámara.

Pero el potrillo que era Spielberg entonces empieza a mostrar las cartas de manera más sutil de lo que aparentaba su supuesta energía juvenil y precoz. Lo que parecía un conflicto social de a poco se transforma en un asunto más serio, más sobrenatural, más demoníaco. La comunidad es atacada por un Leviatán, por un ser maligno que quizá tenga una justificación metafísica o incluso de orden divino.

La moraleja que plantea la película es que el ser humano, resumidos en los tres hombres que por diferentes motivos quedan reunidos en la lancha, debe colaborar entre sí para vencer al tiburón y sobrevivir.

Han pasado 40 años y muy pocas veces un éxito de taquilla de acción pura y dura ha navegado en aguas profundas y dejado morder el anzuelo a tantos con tanta implícita fineza. Spielberg dejó su marca en el cine con Tiburón y todo lo que vino después de alguna forma tiene una deuda con esta maravilla que vive y lucha sin que el tiempo le haga ninguna mella.

Por si fuera poco, la inteligencia del compositor John Williams nos dice al oído que con tres notas de una tuba se puede resumir todo el peligro, la inminencia de la muerte y la pulsión de la subsistencia, aunque solo estemos viendo un océano azul y calmo.