Figura excéntrica, el pianista se transformó después de muerto, en un prodigioso objeto de culto. Las “cartas escogidas”, publicadas por Global Rythm, son inseparables de “Vida y arte de Glenn Gould”, una de sus biografías.

Vía:  www.telam.com.ar

El 4 de octubre de 1982, en el Hospital General de Toronto, después de un accidente cerebrovascular el 27 de septiembre de ese año, moría el pianista canadiense Glenn Gould. Poco antes había cumplido cincuenta años. Hacía dieciocho que se había retirado de los escenarios. La publicación de una selección de sus cartas recuerda que las “Variaciones Goldberg”, de Johann Sebastian Bach, quizá no conozcan intérprete más ajustado. Empezaba entonces la leyenda.

Figura excéntrica por donde se la mire, el pianista se transformó, después de muerto, en un prodigioso objeto de culto. Las “Cartas escogidas”, publicadas por Global Rythm, son inseparables de “Vida y arte de Glenn Gould”, una biografía probablemente definitiva de su coetáneo, el musicólogo y periodista Kevin Bazzana, publicada por el sello Turner.

Podría decirse que todavía era joven cuando murió, como era joven el actor estadounidense James Dean cuando se mató en un accidente de auto, como era joven el también norteamericano Robert James Fischer cuando se negó a defender el título de campeón del mundo de ajedrez que había ganado unos años antes en Reikiavic. Esa asociación no es ociosa.

Los tres talentosos, poco o nada convencionales, maniáticos, de vida sexual confusa. Gould escribía, filmaba, componía, actuaba, experimentaba con las técnicas de grabación, hablaba horas por teléfono, prefería el silencio a la compañía, pero no desechaba la compañía, vivía de noche, dormía de día. Compone un biotipo romántico, sin proponérselo, como Dean y como Fischer.

A su funeral asistieron más de tres mil personas. ¿Alguien lo hubiera creído de semejante misántropo? La iglesia anglicana de Toronto resultó la prueba de un afecto que acaso ignoraba y en cualquier caso, es una verdad que se verifica al día de la fecha: conocido, por supuesto; su fama, póstuma, pareciera seguir creciendo.

Cuando Gould murió, había vendido alrededor de doscientos cincuenta mil discos. A finales del milenio había vendido más de dos millones de copias sólo de “Variaciones Goldberg: A State of Wonder”: una grabación de 1955 y otra de 1982. Y un álbum de fotos.

“Morirse -dijo por entonces un alto ejecutivo de Sony Classical- fue una jugada maestra, lo mejor que pudo haber hecho en su trayectoria”. Proliferan las grabaciones, las biografías, los homenajes, las fundaciones que llevan su nombre, los rumores, las películas: el aparato entero de la industria cultural a los pies de quien se ha convertido en un serio rival para Arturo Toscanini y Maria Callas en el rubro intérprete.

Sus cartas, ciento ochenta y cuatro, la mayoría dictadas a sus taquígrafos por medio del aparato que inventó Graham Bell, muestran más de lo que esconden, incluso su sentido del humor, que podía sacar de quicio a sus padres, maestros, colegas, amigos… A sus mujeres. Ese Gould no era un asceta o un ermitaño. Era un solitario. ¿Era un misterio? Misterio, decía el poeta argentino Ricardo Zelarrayán, es una palabra digna de ser aplastada de un zapatazo.

El hombre amaba el silencio, el frío, su piano, su butaca de patas recortadas, dormir un día en un hotel, otro día en su casa, un ático en rigor, dónde había ubicado su Steinway y sus apuntes, que iban con él hasta la casa familiar, ubicada frente a un lago, al norte de Toronto. Dormía, si podía, durante el día, como se dijo, siempre bajo los efectos de algún sedante.

“Dada mi larga experiencia en medicina interna, soy extrañamente sensible a los problemas de los artistas neuróticos. (…) Los somníferos amarillos se llaman Nembutal. Los sedantes blancos, Luminal”, escribe a un pianista amigo en 1957, cinco años antes de abandonar para siempre las primeras planas.

Es cierto que Gould era un obsesivo, perfeccionista, que en la correspondencia se repiten con asiduidad dos nombres, el de Schonberg y el de Bach. Apenas muestra interés por Schuman, o por Schubert, algo más por Beethoven y por Brahms. Y algo más por Sibelius. Se dice que funda el canon de la interpretación de la obra de Bach.

Cuenta a sus padres que -todavía concertista- conoce a Herbert von Karajan, que lo invita a Berlín. En la intimidad familiar toca de memoria partes para piano de las óperas de Mozart, Wagner, Richard Strauss. Esas piezas las graba, una y otra vez, retirado, en su casa o en la sala que le acondiciona Sony para la exigencia de su oído.

Se dice que Gould, como Thelonius Monk, padecía una variante del autismo conocida como síndrome de Asperger. Es posible, pero nunca fue diagnosticado. Peter Ostwald, su psiquiatra, al día de hoy asegura que el pianista era “inclasificable”, categoría que no dice nada y dice todo: es cierto que era un “desviado”, pero un “desviado” que no privó a nadie de sus habilidades.

Las “Cartas… ” despejan esa duda que atormenta la curiosidad del hagiógrafo: en efecto, este hombre, créase o no, consintió, por decirlo así, al amor. “Estoy profundamente enamorado de cierta bella muchacha”, había escrito. “Le pedí que se casara conmigo, pero me rechazó; aún la amo más que a nada en el mundo y cada minuto que puedo pasar con ella es una pura gloria… por favor, avísame cuándo puedo verla”. Ella, en la carta, es nombrada como Dell.

Entre 1967 y 1972, Gould tuvo una relación amorosa con Cornelia Brendel Foss, una artista germano-estadounidense que había dejado a su esposo, el conductor y compositor Lukas Foss, y se había mudado con sus dos hijos a Toronto. El intento por “normalizar” su vida, sin embargo, no prosperó. Existe cierto consenso sobre el efecto que el abandono tuvo en el precario equilibrio emocional del pianista.

Así, en esos años multiplicó sus piezas radiofónicas, entrevistó a su compatriota, el especialista en medios Marshall McLuhan, a Leopold Stokowski, John Cage, Yehudi Menuhin, entre otros. Filmó su propio guión, “La idea del Norte”, y luego otro más. Y defendió a Barbara Streissand por escrito a causa de cierta interpretación. Y frecuentó, según un rumor nunca confirmado, a su ex mujer, hasta dos o tres años antes de su muerte.

Las cosas que pueden predicarse de Gould son infinitas. El niño prodigio convertido en ejecutante eximio, el enfermo, poco sociable y fóbico, el amante de la distorsión, profeta de la ausencia de público y de escenario: pero acaso nada lo retrate mejor que ese pedazo de una de las Partitas de Bach que viaja, con otras grabaciones, en la sonda Soyuz hasta los confines del universo.