Vía: El boomeran (g)

En el pasado, músicos como Mozart eran poco más que servidores de la corte; hoy en día son estrellas multimillonarias con más poder que los políticos. Si Mozart fue expulsado de la corte del arzobispo de Salzburgo, para decirlo con sus palabras, «con un puntapié en el culo», menos de cien años más tarde el dirigente más poderoso de Europa, el emperador Guillermo I, rindió homenaje a Wagner viajando a Bayreuth para asistir al estreno de su Anillo. Hoy Bono va por el mundo dando consejos a los políticos, y éstos parecen escucharle. Tim Blanning examina en este brillante libro cómo todo, desde el culto a lo romántico hasta la tecnología y los viajes, alimentó el inexorable crecimiento de la música en Occidente, convirtiéndola en el arte más dominante y ubicuo. Ésta es una historia fascinante de poder, mecenazgo, creatividad y genio que abarca cantantes de baladas, grandes compositores, leyendas del jazz y dioses del rock.

Tim Blanning ‘El triunfo de la música’

“Una lectura agradable, documentada y con el grado necesario de información para provocar al mismo tiempo una cierta curiosidad intelectual y una sensación de satisfacción creciente con el paso de las páginas”. Javier Nogueira, El Progreso

INTRODUCCIÓN
En los tiempos modernos ha habido tres monarcas británicos que han reinado lo suficiente para celebrar los cincuenta años de su reinado: Jorge III en 1809, la reina Victoria en 1887 e Isabel II en 2002. Los tres celebraron la ocasión con una ceremonia religiosa. El rey Jorge se contentó con organizar una ceremonia privada en la capilla de Windsor. La reina Victoria asistió a una eucaristía de acción de gracias en la abadía de Westminster, donde escuchó el Te Deum de su difunto esposo y otra de sus composiciones, el himno Gotha. La actual soberana fue a la catedral de San Pablo para asistir a un acto similar, aunque sin la música del príncipe consorte; allí escuchó de labios del arzobispo de Canterbury estas palabras: «[A] diferencia de lo que ha sucedido con tantas otras cosas en el mundo moderno, la relación entre la soberana y el pueblo ha adquirido fuerza y profundidad con el paso del tiempo». En el caso de estos tres monarcas, cabezas de la Iglesia de Inglaterra y devotos cristianos, es probable que la ceremonia religiosa constituyera el punto culminante de las celebraciones. Sin embargo, para los súbditos del rey Jorge y la reina Victoria, quizá lo más memorable fueran los fuegos artificiales, los asados de buey y la cerveza a discreción.
   En 2002 también se consumieron grandes cantidades de comida y bebida, pero, para la mayor parte de los súbditos de la reina Isabel, el punto culminante llegó con el gran concierto de música pop al aire libre organizado en los jardines del palacio de Buckingham el lunes 3 de junio. Aunque lo limitado del espacio hizo que sólo pudieran asistir 12 500 afortunados, un millón de personas se congregó ante las pantallas gigantes instaladas en el Mall y los parques reales, y veinte millones de espectadores en el Reino Unido y más de 200 millones en todo el mundo siguieron el concierto por la televisión. En una semana se vendieron 100 000 copias del cd, y los millones de personas que lo habrán visto en dvd resultan incalculables. Junto con el concierto de música clásica («Prom at the Palace») ofrecido el sábado anterior, el «Party at the Palace» (nombre oficial del acontecimiento) hizo que esta celebración tuviera un eco superior al de las dos precedentes.
   El DVD tenía grandes momentos. Citemos tres: el protagonizado por una de las integrantes de Atomic Kitten constantemente a punto de reventar el vestido, aunque sin conseguirlo; el momento en que el antaño diabólico Ozzy Osbourne, ex vocalista de Black Sabbath, aulló «Dios salve a la reina» mientras abandonaba el escenario después de haber cantado su himno, «Paranoid»; el ligero desconcierto de la atractiva Rachel Stevens cuando Cliff Richard la agarró durante su interpretación de «Move It». No obstante, lo más destacado fue, sin duda, el comienzo del concierto, con Brian May tocando «Dios salve a la reina» en la azotea del palacio de Buckingham. Aunque tal vez la reina no sacó el máximo partido al acontecimiento-llegó poco antes del final, ataviada con unas orejeras y visiblemente incómoda por lo que veía-, la mayor parte de los comentaristas coincidieron en señalar que, desde el punto de vista de las relaciones públicas, había sido una jugada magistral. Incluso algunas personas que se autoproclamaban republicanas quedaron impresionadas.