Vía El Universal | Simón Villamizar

La cantante brasileña se presentó el lunes en el Teatro Teresa Carreño

Teresa Cristina en Caracas

Teresa Cristina en Caracas

Qué propiedades tiene la samba para zanjar diferencias políticas, nadie lo debe saber a ciencia cierta. Pero Teresa Cristina dejó claro el lunes, en el Teatro Teresa Carreño, que solo su canto es capaz de borrar ideologías durante unos instantes y hasta arrullar espíritus.

Acompañada de seis estupendos músicos -encargados de la flauta, el pandeiro, el surdo, la guitarra de siete cuerdas, el cavaquinho y la percusión-, la cantante carioca extendió sus brazos para abrazar durante casi dos horas al público con su música.

Uno a uno fue interpretando los temas de aquellos grandes músicos brasileños y cultores de la samba que, ha dicho, le dieron un giro bastante radical a su vida.

Del compositor carioca Antonio Candeia, su norte y guía musical, interpretó la alegre O mar serenou, que Teresa Cristina aprovechó para dedicar a una “gran estrella”: la sambista Clara Nunes, quien el 2 de abril cumplió treinta años de fallecida.

Del guitarrista y sambista Paulo César Batista de Faria, mejor conocido como Paulinho da Viola -a quien Teresa Cristina le dedicó dos de sus primeros discos-, cantó Coracao leviano, Onde a dor nao tem razao, Coracao imprudente y Pecado capital, ese himno que para muchos podría ser un duro alegato contra el capitalismo y, para otros, un hermoso llamado a vivir más allá de los placeres económicos y del “vendaval” interno que suele desatar el dinero.

Y del compositor, cantante y productor musical Elton Medeiros interpretó É baiana/meu sapato já furou.

Mientras que de su propia autoría se llevó a la boca Cantar, Candeeiro, la conmovedora historia de Pedro e Tereza, y Convite á tristeza/felicidade.

Tímida, o acaso insegura por su escaso dominio del portuñol, como dijo, la cantante oriunda de Río de Janeiro, de traje sin mangas color magenta y falda acampanada, intercambió poquísimas palabras con el público, a no ser un “¡Buenas noches, Caracas!”, un “¡Qué chevere!”, y un “Estoy feliz y contenta de estar aquí por primera vez y con ganas ya de regresar”.

Amén de un comentario que habría de despertar chiflas, pero también uno que otro aplausos de una sala Ríos Reyna tan polarizada como el país. “Cuando yo era niña leía en los libros de historia que el capitalismo era la mejor cosa del mundo”, dijo primero. “Pero me alegra que apenas llegué a este país supe que el socialismo está vivo aquí!”, se metió en honduras Teresa Cristina y, acto seguido, desató unos cuantos abucheos.

Gracias a la alegría de su música, a los Contos de areia de Dedé da Portela y Norival Reis, y a sus pausados movimientos por el escenario, logró sin embargo salvar rápido el escollo.

Antes de marcharse, con la promesa de regresar a Venezuela, le obsequió al público una hermosa versión de la Gema de Caetano Veloso -había abierto el show con A voz de uma pessoa vitoriosa-, y O quer vier eu traco, de Oswaldo dos Santos y Zé María.