Vía: Prensa Latina | Más de media hora duró el ritual de despedida en el caraqueño Teatro Teresa Carreño luego de que el joven pianista chino Lang Lang regalara el último compás del famoso Concierto número uno para Piano y Orquesta de Chaikovski. La ovación premió el vigor y la exactitud de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela (OSSBV), el genio conductor de Gustavo Dudamel y, sobre todo, el prodigio de refinación técnica y sutileza artística del solista asiático.

Gustavo Dudamel y Lang Lang en Caracas

Gustavo Dudamel y Lang Lang en Caracas

El auditorio Ríos Reyna del complejo teatral capitalino se colmó de un público ansioso por escuchar la pieza cumbre del repertorio romántico, una de las más apreciadas para piano concertante en los anales académicos.

De cualquier modo, lo cierto es que no fue el viejo Piotr Ilich Chaikovski -infaltable en casa, quizá en alguna versión del mítico Arthur Rubinstein- quien atrajo esta vez a los melómanos, sino sus juveniles intérpretes.

Probablemente la mejor agrupación sinfónica de jóvenes del mundo; acaso el mejor director orquestal de esta época; tal vez, también, el mejor pianista de todos.

Sin embargo hubo que esperar un poco para esta conjunción astral.

Antes del plato especial de la velada, la OSSBV ofreció otro clásico ruso: La Consagración de la Primavera, obra magistral de Igor Stravinski que este 2013 cumple su primer centenario de inmortalidad.

El maestro Dudamel (1981) empuñó la batuta y guió a sus músicos en el descubrimiento de ese caos vital que habita oculto en el orden de la naturaleza.

Los brotes, los gorjeos, los alaridos primaverales; la eufonía de ciertos paisajes apacibles; el presentimiento de una explosión o un parto; el quiebre, la convulsión, el torrente; las disonancias de una Babel universal: todas estas imágenes en solo unos minutos de música.

Dudamel condujo los hilos de la orquesta con gestos mecánicos, casi artríticos, o etéreos, fluidos como el agua, o violentos, desbordados, catárticos.

En la noche abrileña de Caracas, La Consagración fue una vez más esa extraña, exquisita alegoría sonora del tiempo que gira de cataclismo en nacimiento, y viceversa.

Tras el interludio, Lang Lang (1982) salió a escena para tocar al fin el Concierto número uno para Piano y Orquesta en Si Bemol Opus 23, escrito por Chaikovski entre fines 1874 y febrero de 1875, y estrenado en octubre de ese mismo año por Hans von Bülow.

Orquesta y solista avanzaron juntos, complementándose; dialogaron; ascendieron cumbres; alternaron como esos bailarines que muestran sus pasos más brillantes y luego ceden el ruedo a su rival.

Lang Lang modeló cada nota sobre el teclado y más allá; tras cada incursión sus manos terminaron acariciando la música en el aire.

Histrionismo o trance, o ambas cosas a la vez.

Luego sobrevino la salva de aplausos. Y Lang Lang supo ser generoso.

Al menos unas tres veces regresó a escena, se sentó al piano y obsequió breves chispazos de destreza técnica y levedad en el gesto: apenas fragmentos de su arte, piezas sueltas de un puzle indescifrable, retazos de seda de la lejana China.