Dan cuenta del éxito los muchos saludos que los intérpretes hicieron desde el escenario en el estreno en la Bayerische Staatsoper de Múnich


Vía: www.abc.esALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE Múnich

Un cúmulo de circunstancias han convertido la producción de «Tannhäuser», recientemente estrenada en la Bayerische Staatsoper de Munich, en uno de los acontecimientos operísticos de la temporada, con comentarios en medios de todo mundo. De un lado, la interesante polémica entorno a la propuesta escénica de Romeo Castellucci, conocido en Madrid por su escenificación de «Moses und Aron» estrenada hace ahora un año. Del otro la dirección musical del titular del teatro, Kirill Petrenko, a punto de marchar a la Filarmónica de Berlín, y al frente aquí de un importante reparto de voces dispuestas a revisitar la convención arquetípica de los personajes.

El caso de Anja Arteros es paradigmático pues la concentrada intensidad con la que defiende a Elisabeth limpia la ópera de Wagner de cualquier adorno épico. El propósito hierático de la escena y una vocalidad madura y sólida son germen para una serena conmoción. En otra posición, el tenor Klaus Florian Vogt defiende al protagonista con brillo, ligereza en el color y una resistencia encomiable. Impera lo lírico, lo heroico, desde su espacio natural en el dúo con Venus hasta la más dramática y agotadora «narración» de Roma del tercer acto. Brillante y honrado, Vogt asume un principio idiomático que el barítono Christian Gerhaher trastoca al llevar a Wolfram von Eschenbach al espacio de la introspección. Apenas hay arrebato en el dibujo de un personaje que culmina con la «canción de la estrella» casi fundida con el silencio. La inteligencia musical y la sensata expresividad son la base para una propuesta juiciosamente limítrofe.

No hay que olvidar la autoridad del bajo Georg Zeppenfeld, la buena línea de la Venus de Elena Pankratova y, absolutamente fundamental, la dirección musical de Kirill Petrenko, responsable final de una versión contundente, innegociable, cuya claridad de ejecución y exactitud convierte en histórica la divagación romántica y el efectismo. El resultado es técnicamente abrumador, diseñado desde la exacta pulsión rítmica, la medida proporcionalidad de los planos, la grandeza de espíritu y esa engañosa facilidad que siempre aparenta lo que está lógica y metódicamente ordenado.

Dan cuenta del éxito los muchos saludos que, durante largos veinte minutos, los intérpretes hicieron desde el escenario en la función del pasado domingo. Para entonces la producción acumulaba representaciones suficientes como para que el trabajo escénico de Castellucci apenas tuviera respuesta. Aunque la ha tenido y fuerte dada la abundante simbología de una ceremonia aparentemente inerte en el movimiento y arrebatada de símbolos que fusionan lo sacro y lo profano, la aparente dicotomía propuesta por Wagner.

Ya pueden ser los peregrinos, cuasi mercaderes, portando la gran pepita de oro, el rito sanguinolento en el castillo de Wartburg, el laberinto de blancas y largas cortinas formalizando la inmaculada pureza de una trasparente Elisabeth, incluso el estatismo de la apoteosis final digno ejemplo de un oratorio sobrio hasta lo sintético, ya sea en el dúo de Tannhäuser y Wolfram, ya en el concurso. Abunda la carne informe en el Venusberg protegido por jóvenes amazonas que es represión para el protagonista, y asoma el amor en Wartburg como sacrificio para cuerpos que se desintegran en polvo. Pero no es ya el de los personajes, sino el de los propios cantantes que ven sus nombres grabados en dos altares. El detalle incomoda mientras ahonda en el sentido pesimista de la ausencia.

Castellucci, responsable escénico, escenógrafo, figurinista e iluminador, señala muchas ideas en un trabajo que, a veces, tropieza con la música (en la obertura, en el mismo final). Sin embargo, es muy notable el esfuerzo de síntesis conceptual con el que trata de dar sentido a «Tannhäuser», ópera cuyo difícil equilibrio y renqueante dramaturgia no acabo de satisfacer ni al propio Wagner.