El aclamado director polaco ofrece mañana en A Coruña su lectura de la Sinfonía número 4, «Romántica», de Bruckner, al frente de la OSG

Vía: lavozdegalicia.es | Por César Wonenburger

De él ha dicho el gran pianista Krystian Zimmerman que merecería ocupar el mismo lugar que Herbert von Karajan o Leonard Bernstein entre los más grandes directores de orquesta del siglo XX. Sin embargo, y a pesar de dirigir las mejores orquestas y ser distinguido como el más cualificado intérprete vivo de Anton Bruckner, Stanislaw Skrowaczewski (Lwow, Polonia, 1923) nunca se ha concedido la mayor importancia. Su único interés es hacer música. Y cómo. Mañana (palacio de la Ópera, A Coruña, 20.30 horas), al frente de la Sinfónica de Galicia, y con su venerado Bruckner (la Sinfonía número 4, Romántica), ofrecerá el concierto más importante de la presente temporada de abono. El programa, que repite el sábado, incluye el Concierto para piano y orquesta número 1 de Beethoven.

Stanislaw Skrowaczewski

Stanislaw Skrowaczewski

-Usted fue casi un niño prodigio: compuso su primera obra sinfónica a los 8 años, dio su primer recital de piano a los 11? Pero al final ha sido más conocido como director, ¿por qué?

-Durante la guerra, una bomba cayó muy cerca de donde yo me encontraba. Las heridas en las manos provocaron que dejara de tocar el piano, aunque en cualquier caso tampoco me veía haciendo carrera como pianista. A mí lo que realmente me gustaba era componer. Lo de dirigir ocurrió del modo más natural, interpretando música de cámara y gracias a mi interés por el estudio de las obras de los grandes compositores. Poco a poco, después de la guerra, empecé a dirigir ópera en Breslau (Polonia) y más adelante, en 1956, gané el Concurso Internacional de Roma. A partir de ahí ya no paré de dirigir, lo cual me ha dejado poco tiempo para componer.

-Ha cumplido 91 años y sigue al pie del cañón, cosechando distinciones, como la Medalla de oro de la Sociedad Mahler-Bruckner, y acumulando invitaciones para dirigir las mejores orquestas del mundo. La Filarmónica de Berlín, por ejemplo, considera sus lecturas de Bruckner como referencias absolutas. Sin embargo, no es usted tan famoso como otros directores mucho más jóvenes, ¿por qué?

-La verdad es que ni lo sé ni me preocupa. A mí nunca me ha importado eso que algunos llaman carrera. Mi interés primordial ha sido y es simplemente la música.

-Como compositor, tampoco ocupa usted un lugar de referencia entre las celebridades de la llamada vanguardia. ¿Nunca se ha considerado miembro de ese selecto club?

-Cuando yo estudiaba en París, quizá lo que hacía con mis compañeros podía ser considerado algo parecido a la música de vanguardia. Pero luego llegó Pierre Boulez y, claro, rápidamente todo lo que nosotros componíamos pasó a ser considerado música desfasada, algo anticuado, de otro tiempo. Yo mismo intenté seguir sus pautas en alguna de la música para el cine que compuse durante mis años en Polonia, pero finalmente descubrí que para mí la emoción es la base primordial en la música. Necesito escribir algo que me motive desde el punto de vista emocional, lo otro no me interesa.

-Suele decir que cuando compone busca sobre todo la belleza, ¿la ha encontrado alguna vez?

-¿La belleza? Nadie sabe lo que es, pero aun así seguimos buscándola. Solamente nos acercamos a ella cuando la sentimos verdaderamente.

-Usted ha vivido la Segunda Guerra Mundial, las consecuencias del totalitarismo, y ha llegado hasta aquí convertido en un músico muy querido y respetado en varios continentes. Desde su privilegiada atalaya, ¿cómo se ve el futuro?

-No me gustaría ser pesimista, pero vivimos un momento muy peligroso para nuestra civilización. El hombre sin la cultura es un ser incompleto, y sin embargo ahora mismo solo parecemos interesados en la tecnología. El arte, la filosofía, la historia han dejado de ocupar un lugar central en nuestras vidas, no parecen interesar ya a nadie. Y hasta cierto punto me parece lógico. Somos demasiadas personas en el mundo, no hay dinero para todos y las desigualdades son tremendas, cada vez vamos a peor. Sin recursos es imposible dotarse de una buena educación. Cuando un padre debe decidir entre dar de comer a su hijo o proporcionarle una educación musical, la opción es obvia.

-¿Cuál es el secreto para dirigir a Bruckner como lo hace usted?

-Tienes que conocerlo y amarlo, eso es lo imprescindible. Hay gente que lo conoce, pero no lo ama. Debes estudiar bien todas sus posibilidades, su increíble forma. Para mí lo esencial en Bruckner es la armonía vertical, la más refinada de entre los compositores del siglo XIX. Es lo que más me emociona de él.

-¿Se lleva una buena impresión de la Sinfónica de Galicia?

-Es una orquesta maravillosa, con una gran calidad en sus secciones. Créame, si no nunca habría aceptado dirigirla una segunda vez.