Ella es violista y pedagoga, graduada en la Universidad Experimental de las Artes de Caracas, y se gana la vida en un remoto pueblo del Ártico como profesora de música.


Vía: www.eluniversal.com | ENRIQUE MOYA

Uummannaq (Groenlandia).- La propuesta de ir a dar clases de música y vivir en un lugar remoto del Ártico le llegó de improviso. Pero no se amilanó ante las dificultades que tal cosa implicaba: largas noches de invierno y una temperatura que puede bajar hasta -35 grados. Ella, Sofía Hernández, del caluroso Guatire, no se lo pensó dos veces. Tomó sus maletas y se fue hasta Uummannaq, una isla de hielo y roca, donde también conoció a su hoy esposo, René. Pero dejemos que ella nos cuente su historia.

-¿Cuál es su formación?

-Soy graduada en pedagogía musical en el IUDEM, ahora la Universidad Experimental de las Artes de Caracas. Pero mis inicios musicales comenzaron en el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela en el núcleo de Guatire como violista.

-¿Y qué le trajo hasta aquí?

-Mi primer contacto con Groenlandia fue en octubre de 2013. Unos chicos de la Casa Hogar de este pueblo donde ahora trabajo, estuvieron en Venezuela para un concierto binacional realizado con los núcleos del Sistema de Orquestas de Guarenas y Guatire. En ese entonces tuve la oportunidad de compartir con estos muchachos y trabajar con ellos. Así que cuando la directora de la Casa Hogar de Uummannaq, Ann Andreasen, y el músico venezolano Ron Álvarez me hacen la propuesta de venirme a trabajar aquí, no lo pensé dos veces.

-¿Cuál es exactamente su trabajo en este lugar?

-La Casa Hogar tiene una pequeña orquesta. Pero la orquesta no está solo integrada por estos chicos sino también por otros chicos del pueblo. Uno de los objetivos de la Casa Hogar es, a través de las actividades musicales, generar un ambiente de disciplina y de amor por las artes. En mi caso, como pedagoga musical, es el lugar donde aplico todas las enseñanzas y experiencias adquiridas en el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles de Venezuela con los talleres, ensayos y enseñanza en general. Y también las herramientas pedagógicas aprendidas en la UNEARTE

-¿En qué proyectos ha trabajado hasta el momento con estos chicos?

-Lo último fue montar el concierto de la navidad pasada. Pero lo primero con lo que comencé a trabajar cuando llegué fue un proyecto ya en marcha y organizado por la directora de la Casa Hogar, Ann Andreasen, en marzo de 2014: la visita a Uummannaq del entonces Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, de la también en ese entonces Primera Ministra danesa Helle Thorning-Schmidt y la Primera Ministra groenlandesa Aleqa Hammond.

-Por otra parte, desde que estoy aquí hemos participado dos años consecutivos en el String Festival en Sisimiut (otra ciudad de Groenlandia), y el año pasado fuimos con 18 niños al Festival Side by Side, programa que desarrolla el Sistema de Orquestas de Venezuela en la ciudad sueca de Gotemburgo.

-¿Ha sido dramático el cambio de Guatire a Uummannaq? 

-De un lugar al otro hay una diferencia de temperatura que puede llegar hasta los 70 grados.

-¿Qué es lo más difícil para usted de vivir en este lugar?

-Al principio pensé que sería el frío. Pero Uummannaq tiene un clima seco que hace el frío más soportable. Pero lo que más me ha afectado es, sin duda, las largas noches de invierno y luego los largos días del verano. Durante mediados de mayo  y mediados de julio, el sol está todo el día. Y a mediados de noviembre hasta mediados de enero no hay sol, asunto que todavía me cuesta. Aquí es donde me he dado cuenta de lo importante que es tener la noche y el día todos los días de forma más o menos proporcional.

-Otro aspecto que se me ha hecho difícil es la comida: nos soy fanática de la comida groelandesa. Pero, como no hay mal que por bien no venga, en este pueblo remoto del Ártico fue el lugar donde conocí a mi esposo, René (que es danés) y a su hijo Malik, que ahora es también mi hijo. Por lo demás, mis días aquí son como los de cualquier a otra mujer venezolana: preparo las cosas de casa antes de irme a trabajar. En invierno salgo de noche y regreso de noche y en verano salgo de día y regreso de día.

Sofía mira el reloj. Es hora de volver al trabajo. Los niños de la Casa Hogar de Ummannaq la esperan. Antes que termine el día (sin sol), melodías de Mozart, Pachebel y Noche de Paz, se escucharán en esta pequeña isla (de 1.200 personas y 300 perros esquimaes) que bordea la Bahía de Baffin, al noroeste de Groenlandia.

A lo lejos, los icebergs se desplazan lentamente hacia el mar. Un cazador pasa al lado nuestro arrastrando su foca. Sofía comenta: “he probado carne de foca y de ballena, y puedo decir con seguridad que no es mi tipo de carne.”

El puerto bulle de actividad: el último barco, antes de que el mar se congele, deja las últimas verduras de la temporada, así como comida en general: no vendrá por aquí hasta cuando el mar vuelva a ser agua.

Dice Sofía: “he pasado de casi no comer papas a comer todos los días, Y de comer arroz todos los días a casi no comer arroz, ha sido un drástico cambio de dieta”. Aun así, fiel a la tradición familiar venezolana, preparó sus hallacas con carne de buey almizclero, pues por aquí no sobreviven las vacas.

En las calles de Uummannaq hoy “hace un frío que duele”, según la expresión de algunos pescadores cuando en los peores días de invierno se meten a la mar. Sin embargo Sofía, ya adaptada a su nuevo destino, asegura: “Sólo se tiene frío si no se usa la ropa apropiada”.