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Tal vez la imagen más popular de Beethoven es la de un ser humanitario y heroico que utilizó la música como una fuerza para promover la libertad y en contra de la tiranía, como el “hombre que liberó la música”. Uno de los orígenes de esta opinión es la Sinfonía Heroica, obra con la que Beethoven introdujo un nuevo estilo que cambió completa y permanentemente la naturaleza misma de la música.

La Tercera Sinfonía fue compuesta en el verano de 1803. Su primera presentación pública se realizó en Viena, dirigida por Franz Clement, el 7 de abril de 1805.

La sinfonía fue dedicada como homenaje a Napoleón Bonaparte, el general que había conducido la lucha por la libertad de Francia, pero el compositor airadamente retiró la dedicatoria cuando Bonaparte se coronó emperador. La naturaleza poderosa, liberadora, heroica de la Tercera Sinfonía es inconfundible, cualquiera que sea el grado de influencia que Bonaparte haya tenido realmente en su composición.

Beethoven sentía una profunda ambivalencia con respecto a Bonaparte. Se identificaba con este hombre que ascendió por su propio esfuerzo y que, por lo menos al principio de su carrera, luchaba por la libertad, la justicia y la igualdad. Admiraba el valiente liderazgo del francés y, como muchos intelectuales europeos de la época, aplaudió la restauración del orden en la Francia posrevolucionaria realizada por Bonaparte. Pero también Beethoven deploraba las continuas guerras de conquista. Ya en 1796 Beethoven componía canciones patrióticas antinapoleónicas. Reaccionó con dureza contra la sugerencia de un editor en el sentido de que compusiera una sonata homenajeando a Napoleón:

“¿Es que todos ustedes, caballeros, han caído presas del demonio, para sugerir que yo componga una sonata semejante? Bueno, tal vez en el momento de la fiebre revolucionaria, tal cosa hubiera sido posible, pero ahora, cuando todo está volviendo a deslizarse por los viejos carriles… ¿escribir una sonata de esa clase?… Pero, por Dios, semejante sonata -en estos nuevos tiempos cristianos- ¡oh! ¡oh!, no deben contar conmigo. No obtendrán nada de mí.”

Sin embargo, Beethoven pronto empezó no una sonata sino una enorme Sinfonía Bonaparte, aunque el general francés había invadido y derrotado a Austria dos años antes. Era imposible vivir en Viena y ser neutral con respecto a Napoleón; componer una obra en honor del conquistador (especialmente en una época en que era inminente la concreción de la guerra) hubiera sido significativamente antipatriótico. Entonces, ¿por qué se decidió el compositor a dedicarle una sinfonía a Bonaparte?

La razón más fácil es que Beethoven estaba considerando la posibilidad de mudarse definitivamente a París y pensaba que semejante obra le daría acceso a la sociedad y a los círculos intelectuales franceses. Pero existían motivos más profundos. Beethoven despreciaba la forma en que los artistas de Viena estaban obligados a depender del patrocinio de la aristocracia, y pensaba que la dedicatoria de una sinfonía al mayor enemigo de Viena, junto con un traslado oportuno a la capital del enemigo, constituiría un reto adecuado para aquellos que esgrimían el poder artístico a través de la riqueza.

Sus recientes canciones antinapoleónicas y las dedicatorias a la nobleza austríaca habían sido actos de un fiel servidor del Estado. Pero en lo profundo, Beethoven era un espíritu independiente que odiaba la sociedad vienesa. Veía al general francés, que había proclamado la libertad de todos los hombres, como el símbolo de su propio deseo de independencia de una sociedad aristocrática que lo mantenía financieramente. La manifestación interna de su lucha por liberarse de un sistema social del que dependía para su sustento fue su intensa ambivalencia hacia Bonaparte; la manifestación externa de esta ambivalencia fue la Sinfonía Heroica.

Poco después de terminar la sinfonía, Beethoven recibió noticias de que el Primer Cónsul de Francia se había proclamado emperador. El amigo de Beethoven, Ferdinand Ries, relata la reacción del compositor:

“Beethoven le estimaba enormemente en esa época y le comparaba con los grandes cónsules romanos. Varios de sus amigos más íntimos y yo mismo vimos sobre su mesa una copia de la partitura con la palabra ‘Bonaparte’ al principio de la primera página… Fui yo quien le trajo la noticia de que Bonaparte se había autoproclamado emperador y, al enterarse, se enfureció y gritó: -¿Es que también él no es más que un mero ser humano? Ahora también él pisoteará todos los derechos del hombre y se dedicará exclusivamente a su propia ambición. ¡Se exaltará a sí mismo por encima de los demás y se convertirá en un tirano! -Beethoven se acercó a la mesa, tomó la página del título, la rompió en dos y la tiró al piso.”

Las ambiciones personales de Napoleón pueden haber enfurecido y desilusionado a Beethoven, pero no pueden haber constituido una total sorpresa. El acto de quitar el nombre de Bonaparte del título de la Tercera Sinfonía representaba la victoria del patriotismo de Beethoven sobre la embriagadora influencia de Napoleón. Al rechazar a Bonaparte, Beethoven proclamó que se quedaría en Austria y que aceptaría, aunque con desgana, el sistema de patrocinio vienes. El compositor tituló a su sinfonía simplemente “Heroica”.

Resulta claro que Beethoven había tomado una decisión importante, pero es igualmente claro que sus sentimientos conflictivos hacia Napoleón no quedaban resueltos. Años más tarde, al enterarse de otra victoria napoleónica, el compositor dijo: “Es una lástima que no comprenda el arte de la guerra tan bien como el arte de la música. ¡En ese caso, yo le conquistaría a él!” Sin embargo, en el mismo momento en que Viena (nuevamente) estaba bajo el ataque de Napoleón, Beethoven trabó amistad con el Consejero de Estado de Bonaparte, quien notó la admiración que el compositor sentía por el emperador debajo de la fachada de resentimiento. Aproximadamente en la misma época, Beethoven estuvo próximo a aceptar un puesto en la corte del hermano de Bonaparte, que acababa de ser instaurado como regente de Westfalia. También para esa época, Beethoven dirigió la Heroica en un concierto donde se esperaba la asistencia de Napoleón. Al año siguiente, el compositor consideró la posibilidad de dedicar al déspota su Misa en Do.

La ambivalencia de Beethoven con respecto a Napoleón jamás menguó durante la vida del francés. Como explica el biógrafo de Beethoven, Maynard Solomon:

“Es una lástima que sólo contemos con la insuficiente palabra ‘ambivalencia’ para describir cambios tan absolutos en la actitud emocional; seguramente una palabra demasiado moderada para describir sentimientos tan turbulentos. Lo que está involucrado, en realidad, no es meramente una serie de cambios radicales, sino un conflicto insoluble que sólo puede ser resuelto a través de un cambio en el equilibrio de fuerzas. Esto vendría más tarde, con la derrota de Napoleón en Waterloo, su exilio en Santa Elena y su muerte. Al enterarse del fallecimiento de Napoleón el 5 de mayo de 1821, Beethoven observó: -Ya he compuesto la música adecuada para esa catástrofe.”

El compositor se estaba refiriendo a la Marcha Fúnebre, que constituye el segundo movimiento de la Heroica. La sinfonía no fue simplemente un acto de homenaje sino también un retrato de la muerte. El biógrafo Solomon es especialmente elocuente respecto de este punto:

Por lo tanto, la Sinfonía Heroica después de todo, puede no haber sido concebida en un espíritu de homenaje más tarde remplazado por la desilusión; más bien es posible que Beethoven eligiera como tema a alguien hacia quien ya sentía una invencible ambivalencia que contenía un fuerte elemento de hostilidad. La sinfonía, con su Marcha Fúnebre, está centrada en la muerte del héroe así como en su nacimiento y resurrección: “Compuesta -escribió Beethoven en la página del título- para celebrar el recuerdo de un gran hombre.” Bregando por liberarse del patrón de su vida de sometimiento al dominio de las figuras de autoridad, Beethoven se sintió atraído por el conquistado que había confundido a los venerables líderes de Europa y se había instalado en el lugar de los mismos. Si en la superficie aparece el homenaje, los temas subyacentes eran el parricidio y el fratricidio y estos están mezclados con la sensación de triunfo del superviviente… Beethoven… fijados en alguien por quien tenía sentimientos confusos, alguien a quien ya había rechazado como príncipe/legislador ideal. De este modo la elección de Bonaparte como tema y la destrucción de la inscripción forman parte del mismo proceso. Beethoven descartó a Bonaparte dos veces: una vez al componer la sinfonía y otra vez al quitar su nombre del título.

El verdadero héroe de la Heroica no fue Napoleón. La ambivalencia de Beethoven con respecto al líder francés se transformó en una declaración subjetiva sobre el heroísmo del nacimiento, la muerte y el renacimiento. Lo que realmente está enterrando Beethoven (con su Marcha Fúnebre) no es a Bonaparte ni siquiera a sus propias actitudes conflictivas hacia Napoleón, sino al estilo clásico de la música. Lo que nace es una música abiertamente emotiva de una fuerza y una inmediatez sin precedentes. El verdadero héroe de la Heroica es la música misma.

En la historia del arte, son raras las veces en que los estímulos externos e internos interactúan dentro de la psiquis de un creador para producir una originalidad tan sorprendente. (En el siglo XX, son análogas a la Heroica -composiciones poderosas que cambiaron completamente la faz de la música- la Erwartung de Schoenberg y La Consagración de la Primavera de Stravinsky.) No es sorprendente que la fortaleza y la originalidad de la Heroica (y de sus homólogos de un siglo más tarde) provinieran de una fuente externa, puesto que los estilos musicales existentes (los de Mozart, Haydn, y el Beethoven de los primeros tiempos) estaban destinados, por así decirlo, a una expresión menos extrema.

El vocabulario musical del momento no alcanzaba para equiparar la vigorosa persona de Bonaparte. Para interpretar semejante poderío en la música se requerían nuevos medios y de allí que la originalidad de la sinfonía fuera una consecuencia inevitable del significado que se le quería dar.

Oímos la Heroica y oímos un gesto sorprendentemente original tras otro. El primero es el sonido inicial: un tremendo acorde tocado y reiterado, seguido por una melodía que simplemente presenta las notas de este acorde una por una. Más adelante, en el primer movimiento, oímos ritmos intensos, silencios fuertemente acentuados (!), una derivación casi del otro mundo del tema inicial en la clave lejana de Mi menor, una expresión misteriosa del corno del tema tónico contra la armonía dominante en las cuerdas (justo antes de la recapitulación), interacciones rítmicas emocionantes de dos y tres, y dos acordes tónicos finales que reproducen la apertura en espejo.

La Marcha Fúnebre es igualmente original, desde su naturaleza misma, pasando por su punzante fuga, hasta llegar a su climax estremecedor.

El tercer movimiento aporta una enorme vitalidad que proviene de ritmos maravillosamente ingeniosos: la ambigüedad métrica inicial y su extraordinaria resolución, el movimiento inesperado en ritmos de dos tiempos durante la reexposición después del trío y el juego entrelazado de dos y tres (aun más imbricado que en el primer movimiento).

La originalidad del final afirmativo reside en esta forma. Comienza como una serie de variaciones sobre un tema simple, que pasa a ser la línea de bajos de un tema más melódico y finalmente desaparece.

Esta lista de gestos sin precedentes en la sinfonía podría ser interminable, pero no es la novedad de los materiales lo que debemos escuchar, lo que importa es la originalidad del concepto. Beethoven tuvo una idea singular para su tercera Sinfonía, y en el proceso de encontrar la música adecuada para esa idea creó una obra expansiva, integrada y poderosa.

Después del nacimiento de la Heroica, ningún compositor posterior pudo ignorarla. El desarrollo de la música sinfónica del siglo XIX se puede rastrear hasta la Heroica más que a cualquier otra obra, y le llevó a los compositores más de un siglo agotar su trascendencia.