Vía: www.sinembargo.mx/ Por

Ciudad de México, 14 de junio (SinEmbargo).- No fue una sorpresa. Ante la noticia de la muerte del genio del jazz Ornette Coleman, uno de los que primero reaccionó destacando la importancia del saxofonista que dejó este mundo en Nueva York, a los 85 años de edad, fue, por supuesto, Pat Metheny.

El guitarrista de Missouri nunca escondió, más bien todo lo contrario, lo que para su música y su prolífica y exitosa carrera profesional significó el creador del free jazz, una figura trascendente para el género, tanto como lo fueron Miles Davis, John Coltrane o Charlie Parker.

En esa liga militaba y, sin hacer comparaciones que no tienen sentido a la hora de justipreciar los legados musicales de cada quien, hay que decir que la larga vida de Ornette Coleman le permitió como pocos desarrollar un discurso propio hasta las últimas consecuencias, construyendo un tesoro en las artes de la improvisación y compositivas que servirá de faro a las próximas generaciones de jazzistas.

Así lo entiende Metheny, quien en un largo texto firmado por él y difundido en sus redes sociales, asegura que “las vastas implicaciones de lo que ha ofrecido al mundo como improvisador, director de orquesta y compositor serán estudiadas y analizadas por varias generaciones venideras”.

“Y siempre habrá un montón de características musicales a las que referirse en esos debates; su sonido increíble, su forma de expresión, su manera de desarrollar cada idea hasta la conclusión, su concepto armónico…”, agrega Pat, de 60 años, quien no duda en calificarse con suma modestia como “un oyente” de Coleman para el que todo su poderío musical resulta poco si se lo compara con algo que considera mucho más trascendente todavía.

“Ornette representa el raro ejemplo de un músico que ha creado su propio mundo, su propia realidad, su propia lengua; tan efectiva que la emulación y la absorción de la misma no sólo son imposibles, sino desalentadoras para cualquier músico que considerara” dicha hazaña, afirma Metheny.

“Mi contacto con su música y más tarde con él, siguen siendo lo más importante que me pasó en mi vida profesional”, dice  debajo de una gran fotografía suya al lado de Coleman, cuya música –que descubrió cuando tenía apenas 14 años de edad- describe como “avanzada y sofisticada” a la vez.

“A medida que me iba adentrando en su música, naturalmente trataba de definir exactamente por qué me gustaba tanto. Me di cuenta de que tenía muchas de las cualidades que había en mi música favorita -de Bach a lo mejor de la música country, de Los Beatles a Miles Davis”, explica Metheny, quien hizo en 1986 con el saxofonista fallecido el disco y gira Song X.

“La forma en que Ornette y el bajista Charlie Haden se escuchaban el uno al otro para construir esas increíbles capas de armonía que evocaban desde el blues hasta el más avanzado contrapunto de la música clásica occidental fue una de las experiencias más profundas que he tenido como oyente”, agrega.

REVOLUCIONARIO Y MODERNO

A la destreza musical de Coleman nunca hay que negarle el adjetivo de libertario. Libre para desarrollar un concepto revolucionario y moderno en forma simultánea, que aderezaba con una filosofía central: “el jazz no es para todos”, solía decir.

Como bien destaca Metheny, los aportes de Ornette se dieron no sólo en el plano musical, sino también en lo espiritual y filosófico que tiene este arte superior que nos enaltece como especie.

Para ello, la entrega fue total. “He sido acusado varias veces de ser un adicto al trabajo”, reflexiona Metheny, “pero mucho más grandes eran el tiempo y energía que ponía Ornette en su música; conocí a un hombre que apenas llegaba a un hotel se iba a su habitación a practicar, que no dejaba de tocar en las pruebas de sonido”, cuenta.

“No he visto nunca a otro músico con ese nivel de dedicación y resistencia”, reconoce Pat, quien en otro tramo de su largo texto destaca la afabilidad conmovedora de Ornette, un hombre al que define como “suave y humilde”, con un gran sentido del humor.

Para Metheny, la sabiduría de Coleman se manifestaba en correspondencia con sus altos dones musicales.

EL FINAL EN MANHATTAN

Un paro cardíaco se lo llevó el jueves 11 de junio en Manhattan, donde vivía. Los reportes de prensa dieron cuenta de su personalidad controvertida, de su nacimiento en Texas, en 1930 y de su primer álbum de 1961 Free Jazz: A Collective Improvisation, que lo cambió todo y para siempre en el género del jazz, con apenas 37 minutos de música tan trascendente como provocadora.

Solo y de niño aprendió a tocar el saxo y poco a poco su osada personalidad y su inteligencia filosa fueron dando sentido a una filosofía aplicada al jazz que lo llevó a ser entrevistado por el filósofo francés Jacques Derrida (1930-2004).

“Intento expresar un concepto según el cual una cosa pueda ser traducida por otra. Pienso que el sonido tiene una relación mucho más democrática que la información, ya que no necesitamos de un alfabeto para comprender la música”, dijo en la nota de 1997 titulada por Derrida “La lengua del otro”.

“Estaba en el Sur cuando las minorías eran oprimidas  y me identifiqué con ellas a través de la música. Estaba en Texas, comencé a tocar el saxofón y a mantener a mi familia tocando en la radio. Un día, pasando por un lugar donde solía haber apuestas y prostitución, varios se agarraban a golpes y vi apuñalar a una mujer. Pensé entonces que debía salir de allí. Le dije a mi madre que no quería tocar más esta música porque pensaba que no hacía sino reforzar todo ese sufrimiento. Ella me respondió: – ¿Qué te pasa, quieres que alguien te pague por tu alma?  No lo había pensado y cuando ella me lo dijo fue como si hubiese sido rebautizado”, contó en esa famosa entrevista.

Ganador del premio Pulitzer en 2007 por su disco Sound Grammar, Ornette Coleman recibió también ese año un Grammy Honorífico.

Su última actuación tuvo lugar en junio de 2014 en un concierto homenaje en el Prospect Park de Nueva York, organizado por su único hijo, Denardo, también músico y al que integró en su cuarteto en 2004, aunque se lo pudo ver en público el 22 de febrero de este año en una cena homenaje a Yoko Ono.

La libertad, una idea, el ser, la metafísica: todo eso era el jazz para este artista extraordinario que publicaba discos con cuadros de Jackson Pollock en la portada y que hizo la música deEl almuerzo desnudo, la película de David Cronenberg basada en el libro homónimo de Williams Burroughs.

Le decían el liberador del jazz. Su muerte nos hizo presa de un dolor profundo, como cuando muere un gigante y deja su sombra eternizada en el piso.