El pianista francés, con raíces mexicanas y libanesas, toca el jueves con la Sinfónica Nacional. Acá habla del disco donde reúne a Debussy con Arturo Márquez, de la importancia de Claudio Arrau y de su singular estilo: “No soy un rockstar, soy un músico clásico viviendo en su tiempo y ya”.

Vía: radio.uchile.cl | Por Rodrigo Alarcón L.

El mundo de la música clásica puede llegar a tener reglas tan rígidas, que un detalle que las exponga llama la atención. Si un pianista deja de lado los trajes sobrios y aparece con coloridos calcetines rojos, con zapatillas o con el pelo ensortijado y revuelto en un escenario como el Carnegie Hall o la Filarmónica de Berlín, no pasa desapercibido.

Eso es lo que ocurre en parte con Simon Ghraichy, el músico que el próximo jueves 30 actuará junto a la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile en el teatro de la Fundación Corpartes, en su debut en Santiago. Hijo de un padre libanés y de una madre mexicana, criado como francés, formado en el Conservatorio de París y la Academia Sibelius de Finlandia, su aproximación a la música es, a lo menos, singular. Hace menos de un mes, por ejemplo, tocó en la playa de Saint-Tropez y si el piano estaba en un muelle sobre el mar, él llegó aclimatado: con pantalones cortos, una camisa en plan veraniego y una chaqueta multicolor.

A Santiago llegará en el final de una gira que también contemplaba presentaciones en Bogotá, Lima, Quito y Guayaquil, desde donde responde esta entrevista: “Será mi primera visita musical, pero he visitado Chile de vacaciones”, cuenta en perfecto español. “Hace dos años, cuando toqué en el Gran Teatro Nacional de Lima, tomé dos semanas de vacaciones, visité el desierto de Atacama y tenía muchas ganas de volver para descubrir más del país, para visitar Santiago y tal vez tocar allá”.

Junto a la Sinfónica, dirigida por José Luis Domínguez, Ghraichy abordará el Concierto para piano y orquesta en La menor del compositor noruego Edvard Grieg y la Rapsodia en azul del estadounidense George Gershwin, en un programa que tiene acento norteamericano, con otras obras de Leonard Bernstein y Aaron Copland. “El de Grieg es uno de mis conciertos para piano y orquesta preferidos, porque lo conozco desde que tengo nueve años, por los dedos del pianista (Krystian) Zimerman y dirigido por el maestro Bernstein. Es una de mis versiones preferidas y para mí es una manera de homenajear al maestro Bernstein, que también lo tocó con la Filarmónica de Nueva York”, adelanta.

“Es una obra romántica, pero que tiene elementos populares noruegos: el final, por ejemplo, es una danza que podría parecerse a una danza latinoamericana, por los acentos, por el swing. Por otro lado, la Rapsodia en azul de Gershwin es una de las primeras obras con el idioma jazz totalmente escrito sobre la partitura y me interesa esa mezcla de géneros”, añade.

La excusa para la gira latinoamericana, sin embargo, es el disco que Simon Ghraichy editó el año pasado con el sello Deutsche Grammophon, el más prestigioso del mundo en la música clásica. Se llama Heritages (Herencias) y en él conviven piezas de compositores como el francés Claude Debussy, los españoles Isaac Albéniz y Manuel de Falla, el cubano Ernesto Lecuona, el mexicano Arturo Márquez y el brasileño Heitor Villa-Lobos.

“El disco es un carnet de identidad triple”, es una frase que el pianista ha usado en variadas ocasiones para vincular ese repertorio con su propia historia, cruzada por la cultura francesa, libanesa y mexicana. “Aunque sean muy distintas y lejanas, hay muchos puntos comunes y lo que quise fue construir puentes entre mis culturas, mientras otros construyen fronteras y muros”, sostiene.

Tengo mucho cariño por mi cultura latinoamericana y mexicana, así que incluí varios compositores de allí y otros que se han inspirado en el idioma de su música. Debussy nunca viajó fuera de Francia, pero soñó la cultura española tan fuerte, que escribió más música española que los mismos españoles; y en la música española también hay muchos elementos árabes, entonces en el disco están presentes todas mis culturas”, explica.

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