Vía: ElConfidencial.com

La lista de Schindler hizo mucho daño al cine. Steven Spielberg dirigió una obra maestra gracias al equilibrio que consiguió entre la crudeza del holocausto y el sentimentalismo que muchas veces se apodera de sus películas. Caminando en el filo de la navaja se mantuvo a una distancia perfecta de caer en cualquier tipo de exceso y su huella en las obras posteriores es indudable.

La ladrona de libros

La ladrona de libros


Pero no todos los cineastas son Spielberg ni todos los guiones son iguales que el que escribió Steven Zaillian. El nazismo ha dado desde entonces lugar a muchos filmes, de los que finalmente son pocos los que sobresalen como grandes películas (sólo Roman Polanski con El Pianista ha conseguido después una gran obra sobre el genocidio judío).

Ahora llega una más, en esta ocasión basada en el best seller de Markus Suzak, La ladrona de libros. En ella, la joven Liesel, vivirá el estallido de la Segunda Guerra Mundial en un pueblo cercano a Múnich junto a su nueva familia de acogida. Esta base podía haber dado fruto a una valiente aproximación para ver el conflicto desde los ojos de una niña que pierde la inocencia, pero sin embargo el filme acaba cayendo en todo lo que intenta evitar durante gran parte de su metraje, el sentimentalismo vacío.

Lo primero que destaca de La ladrona de libros es el punto de vista escogido para contar la historia: el de la muerte (al igual que ocurría en el libro). En un guiño a la obra original se decide utilizar una voz en off que pretende ser irónica pero que termina por subrayar sentimientos y emociones y que resulta aleatoria y aparece cuando quiere. Un recurso torpe y que no tiene sentido en la historia.

Es verdad que Brian Percival (ya experto en obras de época al haber dirigido muchos episodios de Downton Abbey) consigue otorgar un estilo elegante y pausado, a lo que hay que sumar un plantel de actores británicos que, como siempre, están perfectos. Entre ellos destaca Emily Watson, una desaprovechada actriz que compone el personaje más complejo de la película.

La ladrona de libros comienza como un relato tangencial del holocausto y la Segunda Guerra Mundial. Lo que se ve del conflicto pasa cerca de la protagonista, la roza, aunque sus ojos van retratando el horror creciente que se vive a su lado. Sin embargo en cuanto entra en escena el personaje de Max todo cae en el lado de los tópicos. Esa violencia in crescendo se convierte en obvia y muchas veces vista, y nunca se termina de sentir esa estrecha relación entre Liesel y Max.

Todo empieza a ser tan académico que hasta parece que la banda sonora de John Williams esté sonando más alta de lo que debiera. Una buena partitura que, sin embargo, vuelve a demostrar que haga lo que haga el compositor todo Hollywood se rinde ante él. Sólo así se entiende su nominación a los Globos de Oro y su más que probable candidatura al Oscar.

Lo que hasta el último tercio se ha mantenido en orden a pesar de los clichés se desboca en un clímax sensiblero y precipitado que resulta impropio. Una resolución efectista y dramática que pretende meter el ojo en el espectador y obligarle a llorar y recordar lo que se sufrió en la Guerra. Una lástima que todo sea tan evidente que acabe consiguiendo el efecto contrario. Por si acaso alguien no se había emocionado todavía los responsables se guardan una coda final en la que nuestra amiga la muerte vuelve a hacer acto de presencia para contarnos qué ha sido de los personajes que sobrevivieron el holocausto. Todo tan blandito y meloso que acaba por empalagar.

La ladrona de libros
Dirección: Brian Percival
Nacionalidad: EEUU
Duración: 131 minutos
Género: Drama. Segunda Guerra Mundial
Reparto: Sophie Nélisse, Geoffrey Rush, Emily Watson, Nico Liersch, Ben Schnetzer
Leer más: Sensiblería en la Segunda Guerra Mundial – Noticias de Cultura http://bit.ly/19loUSA