Vía:ABC.es | Susana Gaviña | Madrid

Trevor Jones

Trevor Jones

Creador de la música de filmes como «El último mohicano» o «En el nombre del padre», asegura que el cine le salvó la vida. Trevor Jones (1949) vive por y para el cine. A lo largo de tres décadas ha creado más de un centenar de bandas sonoras, entre las que se encuentran películas como «Excalibur» (1981) de John Boorman, su primer filme importante; «El corazón del ángel» (1987), «Arde Mississippi» (1988); «El último mohicano» (1992), filme que le dio la fama y algún que otro disgusto al tener que compartir los títulos de crédito; «En el nombre del padre» (1993), su favorito porque permitió cambiar algunas leyes en Irlanda; y la comedia romántica «Notting Hill» (1999). Y ha colaborado con directores como Alan Parker, Michael Mann, Jim Sheridan y Ridley Scott.

A pesar de su brillante trayectoria asegura que ganar el Oscar por un largometraje (ya obtuvo uno por un corto) no le quita el sueño. «No me interesa. Es como el beso de la muerte. Cuando ganas uno la gente piensa que cambias y cobras más, y dejan de llamarte. Y lo que más deseo en este mundo es seguir haciendo películas», explica el compositor en una entrevista con ABC durante su reciente visita a Madrid, donde ha impartido una clase magistral en la Fundación Autor.

Seducido por Chaplin

Jones rememora su pasión por el cine, una vocación muy temprana que descubrió en su país natal, Sudáfrica, a los cinco años cuando acudió al cine por primera vez «con mi primo que me llevó a ver Luces de la ciudad, de Chaplin. Quedé fascinando. Cuando regresé a casa le dije a mi madre que quería dedicarme a componer música para el cine y ella me dio un cachete en la mejilla avisándome que para eso tenía que estudiar». Jones no destacó por ser un alumno aplicado. «Cada vez que podía me escapaba para ver películas», confiesa. Un problema durante una proyección, «se paró la imagen y seguía la música», le hizo comprender la importancia de la banda sonora como catalizadora de emociones. «Yo quiero hacer eso», pensó.

El cine también supuso para Jones una ventana hacia otra realidad muy distinta a la que vivía a diario. «Por una parte mis padres siempre se estaban peleando. Y, por otra, eran los años del Apartheid. Como blanco había zonas prohibidas a las que yo no podía acceder. Además existía un estado policial con mucha violencia». Asegura que el cine le ha salvado la vida, «porque si no me hubiera dedicado a él (obtuvo una beca para estudiar en el Reino Unido) seguro que me hubiera continuado viviendo en Sudáfrica y me habría metido en problemas porque viví en un entorno muy marcado políticamente».

Sin etiquetas

El compositor, nacionalizado británico, se enorgullece de que sus partituras no sean reconocibles o etiquetadas como música de Trevor Jones. «Para mí cada película es distinta. Mi papel es interpretar lo que el director quiere transmitir, sin que se imponga mi personalidad. Hacer un traje personalizado que encaje perfectamente con la película. Yo no me considero un compositor de cine sino un cineasta que trabaja en música», sostiene.

Reconoce que no todos los directores tienen muy claro lo que quieren por lo que a veces «tengo que hacer ochenta versiones de un tema, y una película suele tener setenta u ochenta temas. El 90 por ciento de este trabajo es dolor y sufrimiento. A veces te acuestas a las cuatro componiendo un nuevo tema y a las ocho estás otra vez dirigiéndolo. En la música es en lo último que se piensa. En realidad los compositores de bandas sonoras nos sentimos maltratados -a muchos colegas no les gusta hablar de esto-. Especialmente en el mercado de Hollywood donde tiene unas limitaciones comerciales determinadas. «No sé si en otros países sucede lo mismo».

Españoles en Los Ángeles

Le molesta que le pregunten por qué no compone música seria, «cuando lo que hago es muy serio. Soy un hijo de mi época -afirma Jones que en sus comienzos fue crítico de música clásica para la BBC-. Cualquiera de los grandes compositores como Mozart se dedicarían a escribir para los medios, el cine y la televisión, que es donde hoy se escucha la música».

Sobre cuánto ha cambiado la manera de componer bandas sonoras en estas tres últimas décadas, se muestra contundente: «Mucho. Ha empeorado. Con las nuevas tecnologías, muchos estudiantes creen que basta con apretar botones. Y los ordenadores ayudan pero no pueden hacerlo todo».

Jones elogia iniciativas como la de la Fundación Autor «pues sirve de puente entre la formación y el mundo profesional». Algo que no se prodiga en otros países, como Estados Unidos o Reino Unido, «donde no te piden que expliques lo que haces sino que lo hagas». Esta apuesta por la formación en España «ha alumbrado una generación de compositores españoles muy valorados en Los Ángeles».