Vivir como músico significa tener muchos trabajos. Desde ser docente hasta amenizar fiestas, el músico tiene que hacerlo todo para llenar la bolsa. Un reportaje sobre cómo centavo tras centavo se completan los pesos.

Vía: www.revistaarcadia.com | POR ESTEBAN DUPERLY DE LUCHA | Agradecidos con Luis Ernesto Gómez

“Hay gente que vende chicles y de eso vive. Entonces, que se puede vivir de la música, claro que se puede”, dice José Pablo Arbeláez, un músico con cuatro brazos: productor de discos en La Finca Estudio, guitarrista a sueldo, vocalista de su propia banda de rock –Matute– y guitar tech de Juanes. “Se puede vivir si uno presta muchos servicios”, es su conclusión. Conclusión que encarna Lorena Ríos, música de otro ámbito en el sentido extenso de la palabra: vive y trabaja en el corregimiento de Santa Elena, es saxofonista graduada de la Universidad de Antioquia, docente de la Red de Escuelas de Música, le presta servicios esporádicos a la Filarmónica y es el saxofón de la orquesta tropical Tahhonas en Clave, integrada por doce mujeres. Además toca en cocteles, eventos, lobbies de hotel y matrimonios. “El saxo cliché que siempre necesitan”, dice y se ríe de la frase.

La paradoja está en que, para Lorena, tocar para nadie es un buen negocio. Por una hora de saxofón, donde su música solo es fondo y nadie pone atención, puede recibir entre 150.000 o 200.000 pesos. Quienes, al contrario, tocan para todos reciben 400.000 por cuatro horas “dándole” encima de una tarima. Aunque la billetera se llena, el precio que se paga es alto: divertir al pueblo no es fácil. Nadie puede pretender hacer gozar a otros con el ánimo en el piso. Siempre hay que salir con el espíritu arriba y ofrecer un show para que otros bailen, sin importar que la lista de la despensa del artista esté incompleta. Andrés Sanín –el Oso– es músico graduado de Eafit. Entre muchas cosas, toca en una banda que ofrece dj, luces e interpretar canciones pegajosas y sabrosas para que la gente se sienta feliz en las fiestas de matrimonio. Tocan 30 temas en tres tandas, entre las 10:00 de la noche y las 2:00 de la mañana. Todo junto cuesta 8.000.000 y los ceros se reparten así: el sonido, el dj y las luces se llevan 1.500.000. La tarima 500.000. A cada músico –son diez– se le pagan 300.000 o 400.000 pesos. Lo que sobra es utilidad para quien consigue el negocio. A eso se le llama la chisga y es su trabajo de fin de semana. Cuatro o cinco chisgas al mes lo hacen rentable.

–¿Qué tan bien pagado es entretener gente?
–En mi caso no siempre se trata de entretener gente. La música tiene muchas facetas. Lo que hago en el día a día con las bandas de pop tiene esa función, pero otras veces me he puesto a hacer música con amigos, música que tiene la función de llevarme a otro estado o generar unas emociones que necesariamente no son entretenimiento. He tenido este dilema: toco con artistas de pop, de reggaetón, de música tropical, pero en realidad la música que me gusta es el rock. Sin embargo, cuando le apostamos a un proyecto de rock siempre nos da un golpe.

José Pablo, de Matute, confirma de un latigazo: “Como artista para tocar con mi banda sé que, fijo, se me va un millón de pesos: en el transporte para llevar las cosas, en mover todo el equipo que los lugares no ponen y que necesito para sonar bien. El ingeniero de sonido; ese man hay que pagarlo sí o sí. Pero ni los músicos ni yo quedamos con algo. Uno termina tocando y dice: ‘Bueno va, la idea es conectar la música con la gente’. Y listo, te quieren un montón y te echan buena vibra y te ponen en Facebook que les gusta. Pero es difícil, ¿sí o qué?”.

“Tenés que ser una banda que jale mucho para recuperar”, dice Andrés Moore, quien ha tocado teclados por años en proyectos de todo calibre. Incluso ha hecho música incidental en vivo para teatro impro. “Como músico contratado, cuando me va bien en un concierto me pagan 200.000. Entonces me dicen: ‘¡Uy tocó 40 minutos por 200.000’ Pero en la semana tuve que ir a cincos ensayos y pagar la sala. El día del concierto tengo que pagar 20.000 de parquímetro. Si se hace el ejercicio de rentabilidad el señor que parquea los carros del concierto gana más que el trompetista, graduado de la de Antioquia”.

Así que al final se dedicó al diseño industrial. “Vi un panorama más viable. ¿Cómo? Viendo el ejemplo de mis profesores, la calidad de vida y le esfuerzo que tenían que invertir. Mi hermano es músico, mi hermana es música. Tengo ejemplos muy cercanos de lo recursivo que uno se tiene que volver para vivir con cierta calidad de la música”. Y remata: “La música me gusta tanto que no quiero vivir de ella”.

Para un músico la ecuación funciona así: si logra hacerse una entrada fija, digamos en docencia, y es lo suficientemente dinámico para copar más mercado, entre chisgas y otros toques puede hacer tres millones de pesos mensuales. Pero no es nada fácil. Aunque los profesores de la Red tengan asegurados salarios que oscilan entre 500.000 y 3.000.000, dependen de su nivel de formación y experiencia. Solo graduarse como músico toma seis semestres de preparatorio y diez de carrera. Aunque, como dice Lorena, “lo bueno de la música es que desde que uno empieza puede comenzar a ejercer”.  Por clases a domicilio se cobra 40.000 o 50.000 pesos. En un colegio la paga casi nunca sube de 15.000, pero asegura prestaciones sociales. Y en un una academia privada el pago por clase puede llegar a 20.000.

María Isabel Piedrahíta y Juan Camilo Camacho son los dueños de Staff Music Academy. Ambos son esposos, músicos graduados, tienen tres hijos y 26 profesores en la nómina. Hoy están en la cabeza de la pirámide pero se conocieron tocando en bares hasta las 5:00 de la madrugada. Aunque en 1996 las cosas eran más fáciles: andaban por su cuenta y ganaban 120.000 pesos por una noche de canciones; una extravagancia si se tiene en cuenta que hoy un guitarrista de bar recibe lo mismo. “Tal vez porque éramos el único lugar donde se tocaba en vivo”, dice María Isabel. Pero Juan Camilo tiene otra respuesta: “Después de la Ley Zanahoria todo comenzó a disminuir. Finalmente el ingreso grande de un bar era después de las dos de la mañana, cuando la gente tenía una botella encima y meterse dos o tres más era muy fácil. En ese momento había un gran margen de utilidades”. Ambos hicieron el capital inicial de la academia durante esos años de bonanza nocturna, pero a las 8 de la mañana debían estar de pie para enseñar en un colegio. Ahí está: un músico tiene que hacerlo todo. Como un guerrillero marxista su supervivencia radica en todas las formas de lucha.

WORKING CLASS HEROES

–¿Son obreros de la música?
–Sí, se es obrero. Todos los días se está trabajando para sumar un diario –dice Fernando “Tobby” Tobón, guitarrista de los tiempos de Ekhymosis y productor en La Finca–.

Uno puede trabajar todos los días prestando un servicio como músico y cada mes pagar arriendo, pero ¿adónde va lo que uno hace? ¿Hay derechos sobre algo? ¿Hay propiedad intelectual? –cuestiona José Pablo. Videos en televisión, sonadas en radio o reproducciones en YouTube deberían generar regalías para un músico que, digamos, participa en un disco, aunque sea con un punteo. Si bien hoy existen agencias que recaudan ese dinero, los derechos de autor aún son un terreno con agujeros por donde se va una plata que nadie ve.

Tobby habla de usarlos para producir ingresos pasivos: “Como los inversionistas piensan en inversiones para no estar trabajando todo el día, en el mundo de la música funciona componer canciones”. La idea es componer para otros y ganar dinero sin tener que estar en la brega diaria. ¿Mucho? ¿Poco? Eso depende de muchos dependes. El calibre del artista que use la composición es el principal. “Una regalía puede generarte un millón de pesos cada seis meses –explica– aunque, a nivel latino, hay compositores que se pueden ganar 300 millones”.

¿Se puede vivir de la música?

Esperemos que sí. En este instante hay una posición de la Alcaldía y la Secretaría de Cultura Ciudadana de generar un cluster y darle mucha fortaleza a través de Medellín Vive la Música. La idea es empezar a integrar a todos los actores de la industria musical y generar, por ejemplo, luthiers; aquí no hay una formación formal de luthier, dice Alejandro Escobedo, gerente de Medellín Vive la Música, quien trabaja en el Centro Administrativo Municipal. Ana Cecilia Restrepo, directora de la Red de Escuelas de Música de Medellín, concide con Escobedo. Ambos son una suerte de ministros plenipotenciarios musicales en una cuidad donde los gobiernos locales quieren volver a la música una política pública. Explican que el mantenimiento de los cerca de 5.000 instrumentos de la Red de Escuelas lo hace la Fundación Salvi porque en la ciudad no hay nadie más. Sin embargo, en la parte alta de la avenida San Juan, en el cruce con la carrera 80, Héctor Arroyave tiene desde hace años un pequeño local atiborrado de teclados electrónicos. Allí arregla desde organetas de parroquias hasta los sintetizadores de El Combo de las Estrellas y la orquesta Los Martelo. A su taller, también han llegado tres generaciones de rocanroleros: “Hay un muchacho, tatuado y todo, y en estos días lo vi tocando con Juanes. Es cliente mío desde hace un reguero de años”.

Héctor levantó una familia y pagó la universidad de dos hijos haciendo mantenimientos de teclados por los que cobra un promedio de 100.000 pesos. No tiene idea de solfeo, pero desde 1980 se gana la vida pulsando teclas de piano. Hoy es una punta de lanza solitaria: su competencia son los técnicos oficiales de la Yamaha, y la producción ordinaria y masiva de los chinos lo está matando; tarjetas electrónicas que ya no se pueden desbaratar y arreglar con dos puntos de soldadura y un nuevo transistor, o amplificadores tan baratos que no resulta negocio arreglar. “Se dañan y se botan. No se justifica”.

Porque en la música, como en tantos otros ámbitos, el galope de la tecnología impulsa tanto como atropella. Por un lado, abre la compuerta para grabar y mezclar un disco en un computador. Pero simplifica al mínimo las estructuras de un negocio que, por siglos, ha tenido el aparataje de un show circense. Juan Andrés Llano trabaja en producción de conciertos y ha ascendido durante años por la escalera empírica de su gremio. Un todero. Es imposible no ligarlo a la expresión ‘cargar cables’. Llano está al mando de la energía, el sonido, los micrófonos, las luces y que todo ruede bien en una tarima. Una noche en un concierto de un bar le deja 50.000 o 100.000. Un concierto de mejor calado 150.000 o 200.000. Uno de reggaetón, con un artista taquillero, 500.000 o 600.000. Pero eso mismo lo preocupa: “En el reggaetón ellos no tocan sino en estadios. Los aforos son gigantes pero la infraestructura es insignificante. Solo necesitan pantallas de video y muchas bailarinas. Hay artistas que salen y hacen su show con una pista. No necesitan ni ingeniero. No necesitan la parafernalia de una producción”.

Las pantallas también desplazan a los tríos de cuerda. Su negocio va en picada: “En toda parte montan videos, y al cantante así, personalmente, ya no lo utilizan”, dice Jorge “el Caresanto” Barahona: zapato de charol, pelo con gomina, corbata y anillo.  En la carrera 70, cerca al cruce con San Juan, en el lugar histórico para los serenateros de la ciudad, se sienta cada noche desde hace 30 años junto a Alirio Restrepo “el Gato” y Jairo Gómez “la Pisca” a esperar a que pase un carro y se los lleve a cantar.
El repertorio de los tres –y de los 26 músicos que componen Asomus, la cooperativa que formaron con otros compañeros de esquina para respetar turnos y tarifas –es todo eso que llamamos ‘música vieja’: boleros, pasillos, tangos y guascas. También rancheras y parranda. Las canciones de un serenatero son su mercancía. Una hora de un trío cuesta 220.000. Un dueto, 180.000. Un guitarrero, o como dicen ellos, “un solo elemento”, toca una hora por 80.000. En una noche normal, un serenatero de esquina consigue dos serenatas. En el Día de la Madre puede hacer diez. Todos reconocen que los buenos tiempos se fueron con ‘los mágicos’ y con la llegada de costeños que les invadieron el andén con grupos vallenatos. En total, trabajando entre las 6:00 de la tarde y las 4:00 de la madrugada, los músicos de la 70 pueden ajustar un salario de 800.000 pesos mensuales. Jorge “Caresanto” levantó seis hijos tocando tiple y guitarra.

La música de calle, como el amor que se tranza en esquinas, también se cobra por rato. El Mariachi Sentimiento Mexicano toca 25 minutos cerrados, que equivalen a siete canciones. Para que el negocio funcione tienen que trabajar todas las noches. Dice Rafael Gallego, trompetista vestido con pantalones rancheros y moño de charro: “Hay eventos para todos los días: cumpleaños, matrimonios, despedidas de soltero, quinceañeras. No falta la peleíta de novios. Para todo hay mariachi. Hasta para entierros”.

–¿Entierros con mariachi?
–Claro, para despedirlos.

Sentimiento Mexicano son nueve integrantes: tres violines, un guitarrón, una vihuela, tres trompetas y un cantante. Cobran 300.000 pesos por serenata y cada músico se queda con 20.000 o 25.000 mil. El resto se separa para gastos de publicidad, la gasolina de la buseta que los transporta apiñados con sombreros y guitarras, y un ligero excedente para quienes hacen arreglos y otro tanto para la cabeza del grupo. Es rudo.

¡Dinero! ¡Problemas! ¡Dinero! ¡Angustias! ¡Dinero! ¡Sistemaaaaa! era un coro de Mutantex, una banda pun –porque Medellín es tan punk que al punk se le dice pun– de final de los ochenta  que circulaba en cintas magnéticas, cada vez más mal grabadas. Hacía parte de la banda sonora de aquella película donde Rodrigo, un punkero, no tenía futuro. Hoy, en Medellín, cinco universidades ofrecen programa de música, hay oferta de maestría en Dirección y Composición, una técnica en Ingeniería de Sonido, dos orquestas profesionales y tres agrupaciones juveniles sinfónicas. “Esto puede estar perfilando a la ciudad para encaminarse a un compromiso de ofrecer alternativas de vida laboral en la música”, dice Ana Cecilia, de la Red. Y completa: “Empieza a haber un panorama muy interesante para quien quiera trabajar en las artes en la ciudad”. Es verdad. Pero mientras eso llega el músico clásico, el productor, el serenatero y el mariachi de esquina tendrán que seguir en lo que están: dándole duro.