La soprano venezolana Sara Catarine está a punto de iniciar otra importante etapa en su carrera artística y docente: en enero comenzará a dar clases en la Universidad Central de Bogotá, luego de haber ganado los respectivos concursos de credenciales y de oposición, para cubrir una vacante en esa casa de estudios


Por Ana María Hernández Guerra | Venezuela Sinfónica

“El mes pasado estuve allá –relata la cantante- para hacer la convocatoria personalmente. Había que dar una clase magistral abierta, presentar una ponencia y dar un concierto para el profesorado y alumnos, además de las entrevistas personales con directivos y profesores del departamento de Estudios Musicales, y el currículum que ganó fue el de esta servidora. Los profesores y estudiantes tuvieron voz y voto, y determinaron que fuera yo la persona que cubriera esa vacante”.

La propuesta vino de una suerte de clamor: Sara necesitaba una salida viable para poder satisfacer una necesidad nutricional de su hijo, y que dada la actual situación del país se le hacía prácticamente imposible.

Pero, por otra parte, la soprano que ya acopia 15 años como docente y 30 años de carrera artística, siente y resiente lo que queda en Venezuela.

“Siento que para el momento que pueda vivir como ciudadano venezolano, seré una contribuyente permanente al desarrollo de nuestra juventud musical, este es un momento importante y crítico, y la verdad es que no queremos irnos. Muchos venezolanos que se van lo hacen con el 100 por ciento del deseo de crecer como artistas porque la situación también es compleja. Lo que no quiere decir que no quiera ir a esa Universidad, que la conocí y me encanta. Es una de las que tiene -a mi entender- uno de los niveles más altos de canto en Colombia. Sus cantantes se han ganado en los últimos años los concursos más importantes de ese país, y eso dice algo de la Universidad”, añade, y aprovecha para explicar cómo la Universidad Central de Bogotá tiene un convenio con el Teatro de la Ópera de Colombia.

“Es una estrecha colaboración, y gracias a ella, los estudiantes pueden hacer una pasantía mientras estudian su pregrado. Alejandro Chacón, director escénico de la Ópera de Colombia, dice que los chicos que estudian allí tienen una oportunidad tremenda para mostrar lo que hacen y no estar solamente guardados en el salón de clases”, puntualiza.

El sentimiento de la soprano, por cuya voz han pasado personajes memorables, como CioCio San, Tosca, la Reina Isabel la Católica, y muchos más; está a flor de piel, y no duda en hablar de su pasión paralela: la docencia.

A Sara le preocupa el presente y futuro de los 47 alumnos que aun siguen bajo su conducción. Afortunadamente, entre sus discípulos hay varios exalumnos ya graduados, dispuestos a asumir las cátedras de la maestra. “Eso no quiere decir que mis alumnos no sean libres de trabajar con quienes deseen. Pero si quieren trabajar con mi línea, tengo personas que me van a cubrir”, y agrega con orgullo “soy una de las maestras que tiene más alumnos, y eso dice del trabajo realizado”.

Cita, como ejemplo, a César Augusto Arrieta, quien obtuvo un premio de las mismas manos de la Reina Emérita Sofía, y que fue un cantante formado con su técnica.

“Acá en Venezuela quedan grandes maestros, no creo que yo deje un vacío porque sería una soberbia imperdonable. Acá están Margot Pares Reyna, Lucy Ferrero, por ejemplo”.

Un 2016 positivo

A la soprano Sara Catarine le parece que su 2016 ha sido positivo. Tuvo la oportunidad de participar en el Festival Latinoamericano de Música con la obra In Memorian de Diana Arismendi, también cantó El tambor de Damasco de Juan Carlos Núñez junto a la Sinfónica Municipal de Caracas y la dirección de Régulo Stabilito, repuso Los Martirios de Colón en octubre, aparte de varios recitales de música de cámara, que son tan queridos por los intérpretes y el público.

“Me siento bendecida por haber podido estar en la Ríos Reyna, en la sala Ribas, también en la sala Simón Bolívar (del Centro Nacional de Acción Social por la Música) con la Sinfónica Simón Bolívar y la dirección de César Iván Lara. Fue un año positivo. Y la mayor parte fue la docencia. Yo agradezco que puedo cantar todavía, para mi es un honor ser una maestra activa”, confiesa.

Por eso, dice ella, también siente que su trabajo futuro en Bogotá será altamente apreciado, porque será lo que en Estados Unidos llaman un artista en residencia, “un docente con carrera artística. No solo voy a dar clases, sino que también podré ser un ejemplo para mis estudiantes”.

No obstante, Sara no tiene muy clara las directrices artísticas, y piensa que una vez que esté instalada en la capital colombiana sabrá cuáles serán las actividades en las que participará como cantante. Secretamente, aguarda el momento en el que pueda abordar sus caracteres en los más brillantes títulos operáticos. “Primero, la pauta es la docente, es el trabajo”.

Pero suelta secretitos: volver a abordar la Tosca, hacer Fasltaff de Verdi, “tengo unos colores oscuros que encontré con Tosca y Butterfly, pero me gustaría cantar Andrea Chenier. Son retos que uno se pone, como El Cónsul de Menotti, me gustaría hacer ópera norteamericana”; y establece la comparación entre lo que ocurre en el drama y el tema de la migración (la ópera se centra en el intento de un disidente político por huir de su país, mientras su mujer busca la visa): “he pensado como artista, cuando subo al escenario creo que los artistas debemos ser comunicadores de lo que pasa en el momento cronológico”.

Y sobre todo, no quiere que sus estudiantes piensen que los olvida, que los abandona. “Mis hijos son la primera razón, pero no quiere decir que no tenga deseos de superación personal. Esta oportunidad es algo de orden internacional, es un peldaño. Pero lamento  que toda esa noticia sea de tanta alegría y también de tristeza. La maestra se va”.