Vía: El Cultural.es | RUBÉN AMÓN

De Valencia a Bayreuth y de Granada a Salzburgo, pasando por la apabullante agenda de Lucerna, Múnich y los BBC Proms de Londres, se escucharán las óperas de Wagner y Verdi en versión de concierto o abrigadas por sugerentes propuestas escénicas. Entre lo más esperado, el nuevo montaje de la Tetralogía de Frank Castorf para la ‘colina sagrada’, la Aida de La Fura que inaugura hoy la Arena de Verona o El anillo de Daniel Barenboim en el Royal Albert Hall.

Podría decirse que el año Verdi y el año Wagner son todos los años por la influencia que ambos compositores ejercen en los festivales de verano, pero esta vez no se trata sólo de un problema de influencia, sino de omnipresencia, de forma que la programación estival merodea la saturación o la sobredosis en una competencia por la hegemonía de los titanes.

El Festival de Bayreuth (del 25 de julio al 28 de agosto) no tiene dudas al respecto ni las ha tenido nunca. Wagner es la referencia totémica y absoluta, aunque la apostilla del bicentenario se percibe en el estreno de una nueva Tetralogía. Nueva y en cierto modo arriesgada, pues el proyecto en cuestión recae en una collera de debutantes absolutos. Por un lado el maestro ruso Kirill Petrenko, de 41 años, y por otro el veterano director de escena Frank Castorf, cuya trayectoria artística tiene mucho que ver con el teatro -de Shakespeare a Heiner Müller- y bastante menos con las peculiaridades de la ópera. El anillo del nibelungo, por tanto, representa la gran novedad de Bayreuth en 2013, aunque los melómanos provistos de entrada en la colina wagneriana tienen al alcance El holandés errante en versión de Christian Thielemann y el atractivo de Andris Nelsons como valedor musical de Lohengrin, esta vez desprovisto de la figura de Jonas Kaufmann.

Resulta que el tenor germano ha escogido el Festival de Salzburgo (del 19 de julio al 1 de septiembre), entre otras razones porque ya tiene interiorizado el Don Carlo con que ‘Tony’ Pappano celebra el año Verdi en la ciudad natal de Mozart. No es un homenaje bilateral. La fiesta verdiana se ha convertido en un alarde de Alexander Pereria, futuro director de La Scala de Milán y sobreintendente de un festival que ha recuperado el criterio del star-system. De hecho, Plácido Domingo y Anna Netrebko coinciden en Juana de Arco (Verdi), Zubin Mehta dirige Falstaff (otra vez Verdi), Cecilia Bartoli se recrea en Norma (Bellini) y Rolando Villazón se recicla en tenor mozartiano (Lucio Silla).

Festival de Bayreut Tannhäuser

Festival de Bayreut Tannhäuser

CEREMONIA DE APERTURA DEL FESTIVAL DE SALZBURGO Festival de Bayreuth

Mozart, en efecto, permanece como la referencia de la idiosincrasia del festival -Christoph Eschenbach dirige el Così fan tutte-, pero la edición de 2013, repleta de ilustres solistas, incluye el reestreno mundial absoluto de Harrison Birtwistle (Gawain) y se resiente de las conmemoraciones wagnerianas, como lo prueba un ambicioso montaje de Los maestros cantores de Nuremberg bajo la dirección musical de Daniele Gatti.

Muy cerca de Salzburgo, el Festival de Múnich (del 22 de junio al 31 de julio) se antoja el más exhaustivo del bicentenariazo. Sería demasiado farragoso detallar las producciones en concurso, pero, de momento, anótense en la cuenta de Verdi El trovador (canta Kaufmann), Rigoletto (dirige Fabio Luisi), Simon Boccanegra (en una producción de Dmitri Tcherniakov), Macbeth (Nadja Michael es la “lady”), Otello (Anja Harteros como Desdémona), La traviata (Piotr Beczala y Simon Keenlyside en las partes masculinas) y Don Carlo (Zubin Mehta). Tanto vale semejante alarde para los honores wagnerianos. Empezando porque Kent Nagano se concede un descomunal maratón dirigiendo El anillo del nibelungo (Bryn Terfel será Wotan), Tannhäuser, Tristán e Isolda y Parsifal, en todos los casos rodeándose de las mejores voces e inquietando la hegemonía tradicional de Bayreuth.

Hegemónico es en Francia el Festival de Aix-en-Provence (del 4 al 27 de julio). Hegemónico y heterogéneo, pues la edición de 2013 compagina un estreno mundial -The house taken over, de Vasco Mendoça-, realiza un guiño al embrión del barroco -Elena de Cavalli-, repesca el Don Giovanni (Mozart) de Tcherniakov que vimos en el Teatro Real y rememora a Verdi con una nueva producción de Rigoletto en la que destacan las garantías musicales de Gianandrea Noseda y las teatrales de Robert Carsen. Sin embargo, el mayor acontecimiento tiene que ver con Richard Strauss. Y con la versión de Elektra, auspiciada por el Met y por el Liceo, en la que van a coincidir la batuta de Esa-Pekka Salonen, la dramaturgia de Patrice Chéreau y las voces femeninas de Evelyn Herlitzius y Waltraud Meier.

El guiño a Strauss también forma parte de la apuesta de Glyndebourne (hasta el 25 de agosto) al sur de Inglaterra. Un compositor muy arraigado en la historia del festival que reaparece a propósito de Ariadne auf Naxos. La dirige Vladimir Jurowski en cuanto titular de la Filarmónica de Londres, cuyos músicos estarán a las órdenes de Andrew Davis para el Billy Budd de Britten (de centenario) y bajo la batuta del francés Jérémie Rhorer en la repesca de Las bodas de Fígaro. No hay rastro de Wagner, pero sí de Verdi. En concreto un homenaje a su última ópera, Falstaff, con los instrumentos originales de The Age of the Enlightenment. Tendrá que orientarlos Mark Edler en el foso al servicio de Laurent Naouri, cuyas aptitudes actorales garantizan una versión de referencia, redundando incluso en el hedonismo del festival británico. Que incluye picnic, buenos caldos y eventuales amenazas de lluvia.

Seco y soleado se promete el Festival de Pésaro (del 10 al 23 de agosto), completamente ajeno a Verdi y a Wagner. Y completamente leal a Rossini, con más razón cuando la edición de 2013 cuenta con el especialista de mayor renombre. En efecto, Juan Diego Flórez es la gran estrella a cuenta de su debut en Guillermo Tell. Lo hace en una nueva producción de Graham Vick para la que han sido contratados los españoles Celso Albelo y Simón Orfila. Ambos, al cabo, son compatriotas de José Ramón Encinar, cuyo criterio musical en el foso dará forma y fondo a La italiana en Argel, contrapunto bufo de una programación “hispanizada” en la que reaparece el feliz montaje con que Emilio Sagi dio tanto vuelo a Il viaggio a Reims.

Pésaro es para “especialistas”, mientras que el Festival de Verona (que empieza hoy y se desarrolla hasta el 7 de septiembre) es un reclamo para las masas. Por su definición de ópera popular y por el gigantesco aforo de un anfiteatro romano consagrado este verano a la gloria de Verdi. Y a la de Plácido Domingo, cuya gala del 15 de agosto, “intoxicada” con algunas arias wagnerianas, se ha convertido en el mayor alarde de mitomanía. De hecho, podría decirse que la cita de Verona no está dedicada tanto a Verdi como al maestro de la calle Ibiza. Resulta que canta Nabucco. Que dirige dos funciones de Rigoletto y una tercera de Aida, que comparte con Omer Wellber en un monumental montaje de La Fura dels Baus de Àlex Ollé.

No a cielo abierto pero sí entre multitudes, acostumbra a celebrarse en el Royal Albert Hall de Londres el festival de los BBC Proms (del 12 de julio al 7 de septiembre), un desfile de solistas y de grandes orquestas que se atiene este año a la doctrina de Wagner. Tanto es así que Daniel Barenboim, sumo sacerdote del repertorio, recala en la capital británica con las huestes completas de la Staatsoper de Berlín para recrearse en la tetralogía de El anillo del nibelungo. Es el acontecimiento de un programa inabarcable. Por el número de conciertos (75) y por la calidad de los invitados, incluidos entre ellos Mariss Jansons, John Eliot Gardiner, Valery Gergiev, Daniel Harding y Antonio Pappano, cuya afinidad a Verdi explica un homenaje argumentado desde el repertorio religioso.

Los Proms representan un festival en la acepción más lúdica, mientras que el de Lucerna (del 16 de agosto al 15 de septiembre) representa un festival en el sentido de que comparecen enciclopédica y sistemáticamente las mejores orquestas del mundo. La excusa es esta vez un epígrafe, Revolución, que alude a los estrenos más controvertidos del pasado siglo. Incluida La consagración de la primavera, en versión de Simon Rattle con los berliner. Aunque la noticia no es tanto él como su predecesor en la orquesta germana. Hablamos de Claudio Abbado, cuyos conciertos de Lucerna se han convertido en celebraciones metafísicas y en delirios concelebrados. No quedan entradas para sus conciertos -Beethoven, Brahms, Schubert, Schönberg, Bruckner- y escasean para los programas con que comparecen Thielemann, Barenboim, Gatti, Jansons, Manfred Honeck, Salonen, Lorin Maazel y Yuri Temirkánov en una edición premeditadamente contagiada por el bicentenariazo. Sirva como prueba El anillo que se marca integralmente la Sinfónica de Bamberg en manos de Jonathan Nott y los aires verdianos del concierto de clausura con la orquesta del propio Festival al servicio de un verano que no olvidaremos por la duda que plantea: ¿a quién quieres más, a Verdi o a Wagner?