Pablo Rus, nuevo director de la Jove Orquestra de la Generalitat, tiene un ambicioso proyecto para la formación musical: “es el paso previo a la vida profesional, por lo que debe contar con directores de talla”


Pablo Rus Broseta es, con 34 años, el nuevo director de la Jove Orquestra de la Generalitat Valenciana. Rus estudió composición y saxofón en Valencia.

Vía: www.eldiario.es | Por Laura Martínez

Posteriormente se formó como director de orquesta en el Conservatorio de Lión, en el Conservatorio de Amsterdam y en la Universidad der Künste de Berlín. En 2011 fundó en Valencia el Grupo Mixtour, un  ensemble  que presenta una programación ecléctica y abierta. Desde el año 2015 es director asociado de la Seattle Symphony. Ha dirigido varios programas para esta formación musical y ha colaborado con diferentes solistas como Yo-Yo Mi, Renée Fleming, Beatrice Rana o Edgar Moreau

Pregunta: ¿Por qué decide presentar el proyecto para Orquesta?

Respuesta: Manuel Galduf dejó el puesto en enero. Para el encuentro de primavera y verano, la orquesta no tenía titular. Vino Beatriz Fernández y a mí me dijeron en verano si podía dirigir el encuentro. Claro que acepté, era un honor volver a dirigirla. En verano fue una experiencia muy positiva, un placer trabajar con ellos, tienen una energía super potente. Hablé con el equipo técnico y me dijeron que estaba la posibilidad, me animaron a presentar el proyecto y… aquí estoy.

¿En qué consiste su proyecto para la orquesta?

Es un puesto específico, no solo es director musical a la usanza, si no que tiene una parte pedagógica. La Jove Orquestra forma jóvenes hasta 26 años, no solo imparte formación musical, si no que es un proceso de la vida en el que los chicos y chicas necesitan apoyo, es un momento importante. Podemos hablar mucho tiempo de repertorio, técnicas orquestales, de cómo ensayar con ellos… pero para mí hay algo que quiero trabajar con ellos: la escucha. Creo que saber escucharse es algo que en nuestra sociedad está fallando y las orquestas del mundo están haciendo mucho por solucionarlo.

¿De qué forma?

En una orquesta puede haber hasta cien personas tocando. Cien personalidades. Cien opiniones. Pero esas cien voces se escuchan entre ellas por un bien común: la interpretación, formar una pieza musical. Si cada uno hace su papel sin escuchar al compañero, la orquesta cae. Lo mismo en un coro, en un grupo de rock… Lo necesario en la música es escuchar. Si hiciéramos más música, el mundo sería mejor.

¿Y el proyecto musical?

Creo que es importante colaborar con otros directores musicales. Cada temporada, un encuentro lo dirigirá un director invitado. En primavera, el invitado será Rubén Gimeno, director de la Orquesta Sinfónica del Vallés. Nuestra opción es que vengan grandes profesionales a dirigir la orquesta. Esta es el paso previo a la vida profesional, y por eso es importante tener directores de esta talla. Quiero trabajar la flexibilidad, que no solo trabajen conmigo, que vean otras maneras.

En Valencia ahora hay un montón de directores y directoras potentes a nivel internacional. La visión es de apertura de la Jove Orquestra.

¿Tiene algún compositor fetiche?

Bueno, la Orquestra siempre ha tenido un compositor residente. Francisco Coll, Andrés Valero, Voro García… es una de las figuras más importantes. Por desgracia casi ninguna orquesta tiene compositor residente y es algo que tenemos que potenciar y valorar. Yo he formado parte de la comisión que ha seleccionado al nuevo compositor residente y será Marc García Vitoria en el periodo 2018-2010, que escribirá dos piezas para ópera.

¿La pretensión final de un director de orquesta es acercar la música a quién habitualmente no llegaría a ella?

-Duda unos segundos…- Todas las orquestas tienen que tener una estrategia para acercar la música a gente que igual no llegaría. La Orquestra de la Generalitat es la agrupación valenciana que más hace por eso. Vamos a tocar a lugares, a pueblos, a los que no llega la orquesta sinfónica. Vamos a lugares sin auditorio, sin temporada… Creo que es uno de los valores de la agrupación.

Y al revés… ¿Cómo se consigue que la gente que no llega habitualmente venga al auditorio?

A veces la gente tiene problemas con el auditorio porque piensan que no es para ellos. Que es para la élite. Nuestros conciertos son gratuitos. Al ser chavales de 26 años tienen una energía tan potente que es difícil de encontrar en una orquesta profesional. La pasión, el amor por la música que proyectan… Es un producto que tenemos que vender a quienes tienen miedo a venir. Escuchar a una orquesta como la nuestra captaría mucho público. Al ser tan jóvenes, envuelve a muchas familias. Eso acerca a mucho público.

¿Qué carencias observa en el panorama musical valenciano?

Falta espacio para jóvenes solitas. No tienen espacio para tocar -como solistas- con orquesta. Organizaremos una audición para encontrar un solista que toque con nosotros en el encuentro de primavera. El certamen se celebrará en diciembre, donde invitaremos a solistas de hasta 28 años, que previamente habrán pasado una selección. Pensamos en el 29 de diciembre para ello, sacaremos las bases muy pronto.

Tras tanto tiempo en Seattle, ¿Cree que hay una forma diferente de entender, consumir o vivir la música en Estados Unidos respecto a España?

En el consumo sí. Si te fijas, en las orquestas americanas tienen muy determinado el público al que va destinado su producto. Durante una semana, por ejemplo, tienes un programa de música pop, de música de cine, y uno clásico-sinfónico. El público decide a qué ir, está muy marcado. Aquí lo hacemos un poco más abierto, no está tan definido. No hay tanta oferta o tanta variedad en una orquesta. No hay un ‘target’. En cuanto al público no encuentro tanta diferencia, es en la gestión del grupo.

Y esta definición del público, ¿la encuentra positiva o negativa?

Es positivo, pero un poco encorsetado a veces.

Terry Gilliam diseñó una ópera en la que contraponía lo clásico con lo popular, con una escenografía compleja en pleno debate sobre las formas para renovar el género. ¿Qué te parecen estas propuestas que se salen de lo reglamentario?

Creo que es positivo experimentar. Hay que encontrar el espacio idóneo para ello, no cargarse lo que ya tienes que funciona bien. Si tienes una temporada sinfónica, con un 90% de público, no necesitas experimentar porque eso funciona. Pero buscas el espacio. En Seattle, por ejemplo, hacemos muchos conciertos tipo ‘late night’ y experimentamos; hay menos público y sabe que va a ver algo que se sale de lo normal. Hay que definir cuándo hacemos cómo y el qué. Pero sin forzar.

¿Ha pensado ya en el repertorio?

En diciembre es mi debut como director musical y el programa será haremos la Segunda Sinfonía de Sibelius, como repertorio grande y abriremos con una compositora finlandesa Kaija Saariaho , ‘Winter Sky’. Hago bastante música contemporánea y creo que es importante trabajar la flexibilidad, tanto por el repertorio como el director.

En primavera estamos hablando con Rubén Gimeno para el repertorio y en verano haremos una pieza del compositor valenciano Francisco Coll ‘Hidden Blue’.

¿Tiene algún plan para potenciar la presencia femenina?

Intentar programar compositoras buscando la excelencia.  Kaija Saariaho es la compositora referente del siglo XXI. Hay que buscar fórmulas para incentivar la formación de mujeres directoras. Por suerte cada vez hay menos barreras y más mujeres compositoras. En Alemania, por ejemplo, donde estoy ensayando, en un programa de cuatro personas, dos son mujeres. Y no es algo premeditado.