El director conduce a la Sinfónica Nacional de Chile en un programa que incluye obras de Khachaturian y Mozart, junto a un estreno de León Schidlowsky. En esta entrevista adelanta detalles de los conciertos, habla de Jorge Peña Hen y del famoso sistema de orquestas juveniles de su país.

Vía: radio.uchile.cl | Por Rodrigo Alarcón

“A veces pienso que Mozart en realidad era una corporación”, dice Rodolfo Saglimbeni, de pie frente a los miembros de la Orquesta Sinfónica Nacional de Chile junto a los que ensaya la Sinfonía No. 40. “Es como que hubiera tenido a muchos compositores escribiendo ahí, al mismo tiempo”, bromea entre las risas de los músicos.

Finalizado el ensayo, en uno de los pasillos del Teatro Universidad de Chile, no repite el chiste pero insiste en la idea: “Es que fíjate: más de 600 obras, óperas que pueden durar cuatro horas, perfección máxima en un momento donde no había luz eléctrica y todo se escribía a tinta, a la luz de las velas. Sin las facilidades de copiarlo en un computador, escribir 600 obras, horas y horas de duración con una perfección increíble. ¡Uf! Es como que fuera una corporación. Para mí, es un gran misterio”.

“Cuando tenía 20 años, mis grandes compositores eran Stravinsky, Ravel, Bartok, todos esos movimientos grandes del siglo XX. Si me llamaban para dirigir una sinfonía de Mozart, pedía una de Mahler. Ahora es al contrario. En la medida que voy creciendo, muchas veces le digo a mis alumnos: Mozart es el más grande, los demás son todos compositores”, agrega.

La famosa pieza del músico de Salzburgo es una de las obras que la Sinfónica tocará este fin de semana bajo la conducción de Saglimbeni (Barquisimeto, 1962). Serán dos presentaciones, que también contemplan el Concierto para violín en Re menor de Aram Khachaturian, interpretado por Freddy Varela; y el estreno de Valparaíso, una obra del Premio Nacional de Música 2014 León Schidlowsky, que tendrá a Felipe Gutiérrez en el rol de narrador.

Saglimbeni, formado en la Real Academia de Música de Londres, es titular de la Sinfónica Municipal de Caracas y de la Sinfónica de la Universidad Nacional de Cuyo, pero conoce bien Santiago. Ha dirigido a la Sinfónica de Chile en diferentes ocasiones e incluso ha grabado obras de autores locales. También es uno de los muchos músicos venezolanos que pasó por El Sistema de Orquesta Sinfónicas Juveniles de Venezuela, el famoso programa para el cual fundó un núcleo en el estado de Lara.

Con esa experiencia, recuerda de primera fuente cómo era trabajar con el creador de la iniciativa, José Antonio Abreu: “En Barquisimeto tendríamos una banda precaria, de 14 ó 15 músicos, mientras los violines tenían una orquesta de cuerdas por ahí, pero estábamos todos separados. Abreu trajo una orquesta juvenil de Caracas y a los 14 años, por primera vez en mi vida, vi una orquesta. Mi padre era italiano y en mi casa había mucha tradición de escuchar música clásica, pero nunca había visto una orquesta en mi vida”, relata.

“Cuando fuimos a verlo, Abreu nos dice: ‘mañana estén en la escuela de música’. Y al día siguiente estábamos tocando con los violines. Seguramente sonaba terrible, pero era el hecho de meternos juntos. Además, era un hombre muy visionario. Decía: ‘la semana que viene van a tener un instructor’. Y ¡pum! Pasaba. ‘Dentro de tres meses vamos a tener un seminario en Caracas’. Y pasaba. ‘En los próximos seis meses vamos a hacer una gira a Europa’. ¡Y sucedía! O sea, no eran castillos de arena. Es un hombre de una mentalidad increíble. Genio y figura”.

Según Saglimbeni, El Sistema ha permitido que en Venezuela la música sea un factor de cambio social. Tiene varias historias para afirmarlo: “Hace poco, en una provincia alejada de la capital, vi a una orquesta juvenil tocando la Sinfonía No. 9 de Beethoven en un lugar que era como un complejo deportivo. El resultado musical era muy bueno, pero incluso si hubiera sido deficiente, el solo hecho de que en una provincia rural, lejana a la capital, jóvenes y niños se involucraran haciendo Beethoven, ya es un logro. Esos jóvenes no solo tocaron sino que fueron instruidos, porque el sistema ofrece enseñanza”.

“El sistema obviamente no solo ocupó las capitales, porque después se crearon módulos en pueblitos pequeños. Abreu siempre pensó en eso. Por ejemplo, yo tocaba trompeta, iba a la capital para recibir clases y mi misión era regresar y dar esa clase. Si yo me sabía tres notas, iba a aprender la cuarta y la enseñaba a la semana. Fue muy criticado por los puristas, pero si tienes un conservatorio a 800 kilómetros, en la capital, esa era la única forma. Yo estudié de esa manera, luego me fui a Londres y me terminé de formar, pero tenía una misión y regresé a Venezuela. Llegando tomé una orquesta juvenil y en doce años hicimos doce discos. De tocar nada llegamos a tocar Beethoven, Stravinsky, grandes obras. ¡Muy poco Mozart, por cierto!”, continúa entre carcajadas.

La idea siempre ha sido que el músico que pase a través de la disciplina orquestal no sea un músico porque sí. Después puede tener otra carrera, pero el solo hecho de pasar por la disciplina musical lo hará mejor ciudadano

Y luego tiene otra anécdota: “Siempre cuento esto. A la semana después que nació mi hija mayor, fuimos a un concierto al aire libre. O sea, yo vi una orquesta por primera vez a los 14 años y ella lo hizo en su primera semana de vida, nació con eso. Y no es porque seamos músicos, el común del venezolano conoce esto, se ha convertido en un orgullo de la gente. No es una cosa elitesca. La música ha sido un factor de transformación social. La idea siempre ha sido que el músico que pase a través de la disciplina orquestal no sea un músico porque sí. Después puede tener otra carrera, pero el solo hecho de pasar por la disciplina musical lo hará mejor ciudadano”.

Siempre se dice que la música es importante en la formación de una persona, pero ¿cuál es el elemento más importante que entrega?

Para mí, lo fundamental es la disciplina, que entiendas que vas a ser mejor si lo mantienes caminando todo el tiempo caminando, si te esfuerzas ordenadamente, porque tampoco se trata de estudiar ocho horas al día sin cerebro. Lo veo en alumnos, en mis hijas que hacen música, veo cómo un buen maestro sabe guiar a un alumno para que el esfuerzo se convierta en un buen producto. Hay una dosis de talento y no todo el mundo puede ser un gran músico, pero es el solo hecho de haber transitado por algo que te exige orden, disciplina, coordinación, precisión. Pasar por ahí construye un país de mejores ciudadanos.

Aquello que estaría en la mente de Abreu, a miles de kilómetros, seguramente también estaba en la mente de Peña Hen. Estoy seguro que era el mismo objetivo: conseguir una transformación social a través de la música.

En Chile tenemos la figura de Jorge Peña Hen, ¿qué relación tiene usted con ella?

Guillermo Milla (oboísta de la Sinfónica) es de La Serena y un buen día me trajo un disco y me habló de Jorge Peña Hen. Yo no lo conocía. En 1973, cuando fue el golpe de Estado, yo tenía once años y recuerdo que una de las imágenes que más me impactaron fue el bombardeo de La Moneda. También recuerdo que al poco tiempo empezaron a llegar chilenos a Venezuela: en el colegio tenía compañeros chilenos, empezaron a aparecer las empanadas chilenas y profesores chilenos, uruguayos, argentinos, todos huyendo de las dictaduras. Y a una ciudad que se llama Carora fueron a dar dos músicos que trabajaban con Peña Hen. Todo el mundo va a recordar la figura del doctor Abreu como el hombre fuerte de toda la creación del sistema, pero si hubo un germen en Latinoamérica, fue Jorge Peña Hen. Modestamente, en una ciudad pequeña, no en la capital. Imagínate que eso hubiera crecido. Yo siento que en Chile el sistema de orquestas funciona muy bien porque existió ese germen y se aprovechó esa invasión de músicos venezolanos que vinieron a ayudar a la creación del sistema. Al maestro Fernando Rosas lo fui a ver muchas veces en Venezuela. También vine en misiones a tocar acá, en la Estación Mapocho, en varios lugares. Obviamente, lo que planteó Peña Hen es fundamental para Chile. Aquello que estaría en la mente de Abreu, a miles de kilómetros, seguramente también estaba en la mente de Peña Hen. Estoy seguro que era el mismo objetivo: conseguir una transformación social a través de la música.