Vía: www.abc.es/SUSANA GAVIÑA / 19/03/2014

El músico italiano, nuevo director musical del templo milanés, es uno de los premiados por la Fundación Lírica Teatro Campoamor, cuyos galardones se entregarán el día 29 de marzo
Riccardo Chailly (Milán, 1953) afronta uno de los periodos más interesantes de su carrera. Nombrado nuevo director musical de la Scala de Milán, en sustitución de Daniel Barenboim, por un periodo de siete años (2015-2022), tendrá que compartir esta responsabilidad con la Orquesta Gewandhaus de Leipzig, de la que es titular hasta 2020. En nuestro país, el maestro milanés se ha prodigado en el repertorio sinfónico (volverá el próximo mes de febrero en el ciclo Ibermúsica) pero no operístico, cuyo debut se produjó en el foso del Palau de les Arts de Valencia (institución con la que se especuló podría haber llegado a tener un vínculo más permanente, que finalmente no resultó). Su estreno operístico fue al frente de la Orquesta de la Comunidad Valencia y «La bohème», de Puccini. Colaboración que se saldó con el galardón a la mejor dirección musical de 2013, que le concedió laFundación premios Liricos Teatro Campoamor de Oviedo, cuya gala de entrega tendrá lugar el 29 de marzo. «No podré asistir ya que estoy de gira en Japón con la Orquesta del Gewandhaus –se disculpa–. Mi hija Luana irá desde Valencia a recibir el premio en mi nombre. Estoy encantado de que un miembro de mi familia lo reciba por mí», explica a ABC por teléfono.

–Esta «Bohème» fue su debut operístico en España, ¿por qué tardó tanto en producirse? ¿Tiene previsto volver a dirigir ópera en España en un futuro?

–Sucedió por mi antigua amistad con Helga Schmidt y por mi conocimiento de la calidad del Palau de les Arts de Valencia que puede estar orgullo de presentar a España una de las mejores casas de ópera, con una orquesta y coro de calidad. Mi debut en España como director de ópera se da tras venir a España regularmente a dirigir tras casi 30 años, donde he venido con diversas orquestas, desde la Radio de Berlin hasta la Concertgebouw Amsterdam y la Gewandhaus Leipzig. Encontré que el público en Valencia ama la ópera y es muy cercano al género. Estoy muy complacido que mi primera vez dirigiendo ópera en España haya sido recibida con tan importante premio. De momento parece difícil que vuelva a dirigir ópera aquí pronto ya que mi cargo como Director Musical de La Scala de Milán, que empieza la próxima temporada requiere tiempo, y más ya que Baremboim lo deja antes de lo previsto. Y el compaginar mi tiempo con la Gewandhaus Orchestra hace que sea muy complicado encontrar el momento.

–¿Está al tanto de los problemas por los que atraviesa el Palau de les Arts?

–La crisis es un problema mundial para las artes en general, no solo para la ópera, también para el teatro, las orquestas sinfónicas…. Hablé al respecto con Helga y tengo conocimiento de lo que sucede porque mi hija trabaja en la Academia para jóvenes cantantes (Centro de Perfeccionamiento Plácido Domingo) y creo que es un momento muy difícil que requerirá cada vez más la habilidad y la creatividad de la Intendente. Si aun así, en estos años difíciles, es capaz de producir una temporada, obviamente tratando con mucho cuidado los problemas de presupuesto pero enfocándose en la calidad y los proyectos artísticos, creo que es posible salir adelante. Hay algunos cantantes muy buenos de la Academia del Palau, uno de ellos ya debutó con gran calidad (Mattia Olivieri, en el papel de Schaunard). La generación joven puede dar calidad y en estos momentos de crisis es un punto muy importante. Aunque la crisis es un problema global, espero que se encuentre la salida pronto. La calidad necesita ser respaldada por el apoyo financiero; la pobreza trae pobreza, no solo en el sentido financiero, también pobreza artística. Es preciso que esto sea comprendido mejor por los políticos que son quienes guían nuestros países.

–Hace un par de años afirmaba que dirigía poca ópera porque no era su prioridad. Esto, imaginamos, cambiará ahora con su nuevo nombramiento…

–Bueno, esto será progresivo, porque tengo un contrato con la orquesta del Gewandhaus hasta el 2020, así que La Scala se irá integrando lentamente en mi calendario dentro de los próximos años, pero por supuesto siempre se mantendrá un equilibrio. No habrá un exceso de ópera porque la ópera es un género difícil que requiere tiempo y que necesita también la selección de un elenco apropiado. Si uno quiere tener una producción de un nivel muy alto necesita tener las voces apropiadas en los papeles apropiados. Y no se trata de tener estrellas, también con cantantes jóvenes, pero deben ser los cantantes correctos para el papel correcto. En Valencia fue un ejemplo perfecto de cómo usar un elenco joven que encajaba perfectamente en los papeles, con las cualidades vocales apropiadas para cada personaje. Por eso se necesita mucho tiempo para planear, contratar, pensar…ya empecé a trabajar con el próximo Intendente de La Scala, Alexander Pereira, pero por supuesto esto es algo que desarrollaremos progresivamente. Mi primera ópera en La Scala será «Turandot» en Mayo de 2015, para la inauguración de la expo de Milán.

–Sus primeros contactos con la Scala de Milán se remontan a cuando usted tenía 20 años, como asistente de Claudio Abbado. ¿Soñó entonces convertirse algún día en director musical de este teatro?

–Nunca pensé en ello porque cuando Claudio me habló yo todavía era estudiante en el Conservatorio de Milán. Tenía 18 o 19 años. Cuando eso sucede a una edad tan temprana no eres capaz de hablar o de pensar en algo así. Solo estaba extremadamente honrado de haber sido invitado por Abbado para ser su asistente, y eso fue una experiencia muy importante que aún sigo recordando hoy. Podía escuchar toda la temporada, a cada director ensayando ópera, pero sobre todo yo era asistente de los conciertos sinfónicos de La Scala lo que implicaba preparar la orquesta para Claudio, por ejemplo para el ciclo de lascuatro sinfonías de Brahms o preparar obras de Debussy y «Alexander Nevsky» de Prokofiev. Fue una experiencia inolvidable para mi siendo tan joven. También en el ciclo de sinfonías de Mahler, escuchando y asistiendo a Claudio en la acústica desde la sala, o incluso con los músicos detrás del escenario, todo este tipo de efectos musicales de Mahler, en los que estaba siempre asistiendo a Abbado y que fue para mí también una manera de adentrarme en el universo de Gustav Mahler. Fue una experiencia irremplazable.

–¿Cuál fue el mejor consejo que le dio Abbado?

–Primero que nada, me gustaría recordar el el día que fui con mi esposa Gabriella a Bolonia a darle el último adiós en la iglesia. Fue unmomento emotivo, difícil e incluso trágico. Cuando se tiene a un gran artista como Abbado, nunca se piensa que algún día ya no estará esa figura musical. Este fue un momento realmente difícil. También estuve en Milán cuando Daniel Barmboim dirigió la marcha fúnebre de la«Eroica» de Beethoven en La Scala, con el teatro completamente vacío, el sonido amplificado para la plaza frente al teatro donde 10.000 o 20.000 personas escuchaban en completo silencio.Fue otro momento de gran emoción para mí porque el último adiós a Claudio fue en el teatro donde le conocí, y entonces fue muy conmovedor para mí, tanto como recordar la última vez que le vi, que fue cuando dirigió la última vez en La Scala, la «Sexta sinfonía» de Mahler, en una interpretación extraordinaria.

Con respecto al consejo, hay dos cosas que Abbado siempre mencionó. Primero que nada me dijo: ‘estudia radicalmente la partitura antes de que te pares frente a la orquesta, no trates de improvisar nada, todo debe reflejar el conocimiento mental de la partitura’. La segunda, ‘no trates de actuar, ser alguien diferente en el podio, sé tú mismo. Para lo bueno o lo malo sé espontaneo. Mantén tu espontaneidad en el podio sin pensar nunca en abrazar el papel de ser el director’. Eso fue siempre lo que Claudio hizo a lo largo de su vida. Mantuvo un comportamiento tan natural, tan relajado, espontaneo y amigable, que en esos años era en cierta manera una actitud antitética a la tradición de los antiguos maestros como Klemperer, Toscanini, Fürtwangler o Karajan que tenían una inevitable presencia de autoridad. La autoridad la debe dar la calidad de la música producida, no la actitud de cómo se enfrenta uno a la orquesta. Y estos son los consejos que me forjaron a mí y a mi manera de dirigir que mantengo hasta ahora.

-Hijo del compositor Luciano Chailly, su padre no siempre creyó en su talento como director de orquesta, ¿cómo cree que se sentiría hoy?

-Bueno, yo creo que estaría orgulloso porque él fue director artístico de la Scala dos veces, en momentos distintos. Esa fue otra razón para vincularme con el teatro, por la presencia diaria de mi padre en ese lugar. Todos los elementos que han forjado mi propia identidad musical han estado allí. Es un tipo de «buena suerte» del destino que confluyen todos ellos nuevamente en ese sitio.

-En su presentación en la Scala informó que su prioridad sería recuperar el gran repertorio italiano…

-Los diez años de Lissner como intendente han sido un periodo muy interesante a la hora de cambiar la actitud del teatro hacia el repertorio. Con Riccardo Muti estaba muy enfocado hacia el repertorio italiano, con razón, porque esto es lo que hizo a la Scala única en el mundo durante siglos. Es cierto que era necesario tener una ciertainternacionalización del repertorio, que Lissner hizo y logró muy bien, pero después de este periodo necesitamos no solo un director milanés, sino un director italiano muy ligado al repertorio italiano, porque yo crecí con él y seguí de alguna manera a los grandes maestros, maestros con una larga tradición y que mantuvieron vivo en un nivel muy alto la tradición italiana de la ópera durante más de medio siglo. Por ello, no quiero ni voy a olvidar o ignorar, que esos directores llevaron la calidad de la ópera italiana a sus cotas más altas. La gente que va a la Scala espera escuchar el repertorio italiano de la mejor manera. Y esa es mi primera intención, el traer regularmente casi siempre que dirija óperas italianas que se enfocarán a largo plazo con elciclo completo de todas las óperas de Puccini, al menos una por año. Pero también quiero presentar regularmente a Gioachino Rossini, quien ha estado demasiado ausente en los últimos años. Y también a Gaetano Donizetti. Esas son las prioridades de repertorio de las que me encargaré.

-¿Su contrato con la Scala por cuánto tiempo es?

-Es por siete años, desde 2015 a 2022. Oficialmente el puesto de Director Musical es desde el 2017, antes soy Director Musical Invitado por dos años. Dos años de interinato, y oficialmente desde el 2017 hasta el 2022. Tenemos muchos planes, así que para organizarlos y llevarlos a cabo apropiadamente se necesita tiempo.

-En Leipzig ha vivido en una especie de burbuja donde no se han notado los recortes en la cultura, sin embargo, Milán e Italia viven una situación crítica. ¿Tiene ánimos para afrontar este tipo de problemas?

-Cuento con Alexander Pereira y con el trabajo en equipo. Lo conozco desde hace más de 30 años, cuando era Intendente delKonzerhaus de Viena en los años 80. Conoce las responsabilidades y demandas de ser Intendente de ópera, ya que estuvo más de 20 años al frente de la Ópera de Zurich, donde colaboré muchas veces con él. Así que estoy seguro de que Alexander asumirá un papel muy importante, no solo como un Director Artistico sino en lo que a la financiación se refiere, y el apoyo que la Scala necesita incluso en estos momentos de crisis.

-En su presentación afirmó también que invitaría a grandes directores de orquesta italiano, como Abbado (fallecido el pasado mes de enero) o Muti. ¿Es entonces falsa esa leyenda que afirma que los directores italianos no se llevan bien entre ellos?

-Es una especulación. Nos conocemos bien, obviamente hay cosas en las que simpatizamos y otras en las que no, hay y no hay atracciones naturales entre nosotros, pero nunca he estado tan alejado de un colega italiano como a veces leo en los medios. Incluso con Riccardo Muti, cuando tengo la oportunidad me da gusto ir a escucharle y saludarle. Esta leyenda es como un deporte que practican algunas personas que insisten en crear antagonismos que no existen.