Concierto para ver y oír con instrumentos reciclados

Por Faitha Nahmens

Entre la ingeniería electrónica y la música están las matemáticas, el ritmo y los algoritmos, la creatividad más libre y, con el ceño fruncido, y con la pasión de una semifusa, haciendo enlace sostenido mayor, Ricardo Teruel. Caballero delgado como flauta, alto como el bajo, tenaz como un teclado de piano (aunque la apariencia rotunda y polarizada de las notas blancas y negras es en realidad una invitación a la casi infinitud de matices que contiene), este artista de verbo tajante, este profesor de escepticismo aparente, este premiado compositor comprometido con su tiempo, es un autor poco corriente. Su trabajo musical e intelectual es tan intenso como lúdico, tan emocionante como riguroso. Tan tan.

Pianista e intérprete de muchos instrumentos de su invención, como el toc-toc-tero, hecho con sonajeros de juguete suspendidos de un alambre que rematan dos corchos de una botella de vino, el pizzi botella, una cuerda de nylon que se tensa sobre una botellade plástico, la liralata, una lata de leche asida a un palo de escoba y surcada de cuerdas, el campanelli cortinero, suerte de xilófono enano armado con tubos de cortinas y que se toca con alambre de gancho de ropa que coronan un par de bolitas de desodorante Mum, Ricardo Teruel es un reciclador e inventor nato. Que no le den cauchos de bicicleta dañados porque los tensará y les extraerá resonancias; que no se encuentre con unas radiografías vencidas porque las cortará en tiritas y las engrapará como falda hawaiana a un vaso de plástico y las zarandeará hasta producir sonidos que evocarán a los vientos o al fluir de los ríos. Ni qué decir de lo que es capaz de extraerle a una computadora. Descarga programas –“gratuitos pero no piratas”- para crear lo increíble. Es también un videoartista consumado.
Caraqueño con raíces rusas por el lado materno, cocinero que adora la arepa y las sopas de remolacha ancestral, e hijo del compositor venezolano Guillermo Teruel, autor del celebérrimo merengue Juan José –“mi papá tocaba el piano y yo lo escuchaba, con el tiempo fui acercándome poco a poco a ese instrumento hasta que comencé a estudiarlo”- y padre de baterista con quien hará deliciosos dúos, Ricardo Teruel acaba de ser interpretado en Alemania e invitado a oírse en las manos de otro colega en un festival europeo de música contemporánea, y ojalá vuelva a escucharse pronto la conmovedora pieza para orquesta sinfónica y sonidos grabados Agujeros en el alma (2014), que compuso especialmente con motivo del Día Internacional de la Conmemoración Anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto, a los 70 años de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz; y fue estrenada en Caracas el 1 de febrero de 2015, en el multitudinario concierto que organizó entonces el Espacio Anna Frank. El autor de Nuestra cultura vegeta, seleccionada por el compositor argentino Ricardo Dal Farra para un trabajo sobre música latinoamericana electrónica para la UNESCO -Venezuela estuvo representada en él por esta pieza y otra de Alfredo Del Mónaco- en realidad no para, sobre todo puertas adentro.
Inquieto de mente, de manos, de emociones, comienza a componer a los ocho años; frisando los 60 nada sigue seduciéndole más. “Mi profesora de piano se dio cuenta de que yo jugaba con el instrumento y me propuso, como parte del proceso educativo, inventar mis propias piezas; cada cierto tiempo era esa la tarea; de este modo empecé a componer y nunca he dejado de hacerlo”. Comienza sus estudios musicales en la Royal Schools of Music de Londres, sigue en Caracas con la celebérrima profesora de piano Harriet Serr, luego en la Escuela de Música Juan Manuel Olivares, con Judith Jaimes y Lilian Pérez, “una excelente pianista venezolana casada con Yannis Ioannidis, quien también fue mi profesor”, y prosigue en el Instituto de Fonología del Centro Simón Bolívar donde estudia Técnicas de Música Concreta y Electrónica con el profesor Raúl Delgado Estévez. Añádase el curso de Armonía del Jazz con el profesor Gerry Weil. Ah, y se forma, además, en la universidad. Más que currículo, exhibe intensidad de vida.
Graduado en piano, pasa el octavo año exponiéndose no solo como intérprete sino compositor. “El jurado aceptó que yo presentara una pieza de mi autoría, así que toqué Laberinto sin salida que posee un lenguaje muy bartoquiano”, más complicado fue pasar el décimo, “entonces ejecuté mi pieza Irrelevancia, que es un teatro instrumental, cuyo clímax se da en el momento en el que el pianista se levanta y tira la silla donde está tocando y ve al público, que también es parte del hecho musical”. El pianista es él, que sale airoso del trance –provoca asombro en el jurado, incomodidad entre los más convencionales- en medio de la controversia que provoca.
Genio y figura mediante, egresa como ingeniero electrónica por la Universidad Simón Bolívar y también completa allí, en la USB, su maestría en Música, mención composición. Preparado como el que más, también es suyo un enjundioso listado de composiciones que suman alrededor de 150 obras. “En cuanto a mi tendencia experimental, una de las más recientes es Gesto ballena en la que empleé una selección de los sonidos originales de estos mamíferos acuáticos inmensos, tomados de una grabación, para hacerlos interactuar con mi ejecución en vivo, que consiste en tocar globos con técnicas distintas, frotándolos, o inflándolos y desinflándolos”, suelta el profesor de composición, orquestación y música electrónica en la Universidad Nacional Experimental de Arte (Unearte), el miembro del dúo d2-d-2 (dedos de dos) junto al guitarrista Pedro Andrés Pérez, el pianista que trabajara con Danzahoy, el hombre de apariencia de Quijote y devoción por la actualidad.
“No sé si soy músico”, desliza este singular artista, “pero sé que no puedo dejar de crear ahora y aquí, que soy de esta ciudad, de esta circunstancia, de este tiempo y que me interesa oír, no tanto el ruido que ensordece, no siempre al menos, como el sonido que está por producirse”, acota este hombre cáustico que se interpreta a sí mismo con sentido pragmático.
Exdirector del Laboratorio de Música Electrónica de la Orquesta Nacional Juvenil de Venezuela, excompositor en Residencia de la Orquesta Sinfónica Gran Mariscal de Ayacucho, Ricardo Teruel es asimismo un solícito vecino: de llegar perezas a tu casa, vendrá con una inmensa sonrisa a intentar el traslado más primoroso del lento animal respetando el contraste de energías, impactado con el ritmo pausado y sus posibilidades de ternura. Este domingo hace música, comparte con el público, se rodea de imágenes proyectadas que son composiciones de sus sentidos en Los Galpones, a las 11 de la mañana. Hay que ir. Oír.