Vía: abc.es | Por J. L. JIMÉNEZ

Tras debutarlo en el Met, el bajo más reputado del panorama actual ha llevado su programa de Lied este viernes a La Coruña, dentro de la temporada lírica

—Segunda vez que interpreta este programa de Lied, sin aparentemente relación entre sí, con piezas de Beethoven, Mussorgsky o Dvorak.

—Lo elegí con mi pianista porque sí encontramos una conexión en el tema, un contenido religioso y espiritual.

—Este mismo repertorio que va a cantar en La Coruña lo interpretará en mayo en La Scala de Milán. ¿Es tan terrible este teatro como dicen algunos colegas suyos?

—No para mí. Conozco estas historias, pero yo no he tenido malas experiencias. Es una cosa que afecta más a tenores y sopranos, a los bajos nos dejan más tranquilos [Sonríe]. Me siento completamente afortunado.

—El artista está preparado para el bravo y el aplauso. ¿Lo está para cuando el público protesta?

— Depende de si eres suficientemente inteligente. Si lo eres, estás preparado. Pero lo que no entiendo son los abucheos. Si un público no está contento con lo que ve y oye, que no aplauda y guarde silencio o se vaya. Los que nos subimos al escenario damos el 150% cada noche. No es justo. Casi diría que se callasen. Porque los cantantes hemos tenido semanas de ensayos, con jornadas de cinco y seis horas, es un trabajo físico muy duro. Cuando algún colega en una función ha sido abucheado, acabo triste. No es necesario. A veces tendremos días mejores o peores. O una mujer tendrá efectos derivados de su proceso mensual, ¿y debe anunciarlo antes de la representación para que el público sea agradable?

—Ha cantado tres de los papeles más importantes del repertorio de bajo, el wagneriano Wotan, el verdiano Felipe II, y el ruso Boris Godunov. ¿Qué tienen en común?

—Todos son líderes, dos reyes y un zar. En segundo lugar, son solitarios, son tristes, tienen problemas. Su diferencia es el estilo musical, a pesar de que el momento de composición es similar. La ópera rusa es diferente a la italiana. Pero todo tiene que ver con el carácter de estos personajes, con su sufrimiento. Wotan es un loco pero con un lado humano, doliente. Felipe II, cuya historia es bien conocida en España, fue el hombre más poderoso de su tiempo, pero era un infeliz, malvado y esclavo de la Iglesia, quizás como muchos de aquel momento. Y Boris fue un zar poderoso, igualmente infeliz, que acabó volviendo loco y murió.

—¿Los poderosos en la ópera y en la vida real son personajes infelices?

—Sí. El poder no da la felicidad. Tienes que ser feliz y humano con tu familia y tus amigos. Yo no veo sonreír a los líderes de nuestros días. No veo a Putin reír, pero tampoco a Obama o al presidente español. Los italianos o los franceses tampoco con sus respectivos gobernantes.

—¿Y Merkel sonríe?

—La conozco personalmente. Es una mujer bajo una enorme presión, pero la he tratado en la cercanía y es una persona amante de la música clásica, que sabe gastar una broma, es brillante. Y su marido es una enciclopedia de la ópera. Es un gusto hablar con ellos.

—¿Hay diferencia entre cantar bien y construir un personaje?

—No puedo responder esa pregunta porque yo siempre construyo un personaje. Siempre que se canta, se crea algo, no es simplemente cantar bonito.

—¿Cuál es el papel de la música clásica en nuestros días?

—Difícil pregunta. La clásica debería ayudar a los niños, a los ciudadanos en general, a entender el mundo que nos rodea, sin importar la edad, la nacionalidad o la religión. De algún modo, la clásica es demasiado mercantilizada en grandes conciertos, en estadios, en eventos, con el único fin de hacer dinero. Es un momento complicado. La clásica es buena para el cerebro, para la salud. Simplemente escucharla. Invito a oír a Mozart todos los días. La música clásica debería formar parte de nuestras vidas diarias, pero de la tuya y la mía, de la de un taxista o la de una cajera de supermercado. Aunque sea un poquito.

—Europa como continente, ¿somos una mala orquesta o sólo necesitamos un buen director?

— Ambas cosas. Una buena orquesta necesita de un buen director, y viceversa. Pero también un buen director puede construir una buena orquesta a partir de una que no lo sea.

—Se dice a menudo que los directores de orquesta son líderes capaces de controlar a sus músicos y los artistas. ¿Deberían darle lecciones a nuestros políticos?

—Definitivamente.

—En las últimas semanas participó en la despedida del papel de Isolda en Berlín de Waltraud Meier, una de las grandes de nuestros días. ¿Qué se siente cuando se es testigo de un acontecimiento así?

—Ha sido una primera despedida, porque la definitiva será este verano en Munich. Durante la función no piensas en sentimientos, pero al final tuvimos unos breves discursos de Daniel Barenboim y el manager general de la Ópera de Berlín. Sí, fue emocionante. Pero Meier no se va, seguirá cantando otros papeles, he tenido la fortuna de cantar con ellas muchas funciones. Es una gran cantante, una gran artista, una fantástica Isolda. Para mí fue un honor participar de ese momento de despedida.

—En su larga carrera ha cantado mucho Mozart pero, curiosamente, muy poco belcanto. ¿Por qué?

—¿Pero qué es belcanto? Es más de lo que muchas veces se entiende como tal. Hay belcanto en Wagner, en Strauss, en Verdi, pero también en Gounod. Cuando se canta bien, ahí hay belcanto.