Vía: www.periodicocentral.mx | Por José Rolando Ochoa Cáceres

Von fremden Ländern und Menschen (Extraños países y personas)

A pesar de que Clara Wieck contara con 16 años y Robert Schumann con 25, la relación de ambos inició a partir de una carta, inició en silencio: ambos músicos, ambos pianistas.

Robert Schumann es una de las figuras más representativas del romanticismo. Músico alemán, crítico y voraz lector, su vida se condujo en ese manifiesto platónico sobre la melodía: palabras, armonía, número. Una carta, obra musical, un intento de suicidio.

Cuando escucho el Kinderszenen Op.15 (escenas infantiles) los recuerdos se suceden: el conservatorio, Eugenia, los adioses.  Las escenas de la infancia se reproducen bosquejando emociones inconclusas. Al igual que las 13 piezas que componen esta obra, mis recuerdos (unos fragmentados, otros bruma, otros lúcidos) se continúan en la alegría, la melancolía, la tristeza, el juego…

Glückes genug (Felicidad suficiente)

Eugenia y yo estudiábamos en el conservatorio de la ciudad. Éramos dos niños a los que poco les importaba la sobredosis de solfeo y cada prueba de reconocimiento de tono, de nota, decíamos cualquier cosa para salirnos del salón y corretearnos en el patio hasta la llegada de nuestros padres.

Kinderszenen Op.15 me hace pensar en aquella frase de Hinojosa: “La función del hombre es la de negarse a sí mismo más allá de su principio como tal , y proyectarse sin pensamientos para recibir el impacto de la presencia del Dios en lo no creado”. Otra más: “La gracia solamente nos llega del cosmos”.

Schumann condujo esta obra en una especie de juego, en la gracia. Cuando Clara Wieck le dijo que sus comportamientos seguían siendo infantiles, Schumann compuso Kinderszenen Op.15 no sólo para ser ese principio de la función del hombre… respondió al juego jugando, manifestando las virtudes de la infancia, riendo desde el después.

Wichtige Begebenheit (Un acontecimiento importante)

Un martes, un compañero del salón de solfeo me dio un papelito que preguntaba: ¿te gusta Eugenia? Y debajo de la cuestión dos cuadritos vacíos se presentaban haciendo guiños. Sí, sí  me gusta y de inmediato taché el cuadrito de “Sí” y lo devolví. Con la mirada (lo recuerdo) seguí el paseo del papelito entre las manos de mis compañeros hasta colocarse en las manos de una niña con trenzas que estaba sentada junto a Eugenia. Rieron y me sonrojé. Reí. Jugamos.

Al salir de clase ella me abrazó y me regaló la mitad de un Carlos V. Tú también me gustas, Ro. Y yo con el nerviosismo intratable, sólo pregunté ¿quieres ser mi novia? Y ella me dijo que sí y se fue corriendo para alcanzar a la niña de las trenzas. Rieron, reí, reímos.

Träumerei (Ensueño)

Aun cuando el amigo, antiguo maestro de Schumann y padre de Clara, Friedrich Wieck, se negó a dar el consentimiento de matrimonio, Robert Schumann y Clara se casaron en 1840 en tribunales. Ambos músicos, ambos pianistas, ambos reconocidos, ambos en ese evento místico. Pienso ese momento , semejante a la frase de Proust: “La miré primero con esa mirada que es algo más que el verbo de los ojos, ventana a que se asoman todos los sentidos, ansiosos y petrificados; mirada que quería tocar, capturar, llevarse el cuerpo que está mirando, ya con él al alma.”

Fue, principalmente en 1841 cuando Schumann compone más oberturas y  conciertos. Es cuando reconoce la función del arte. Como menciona Hinojosa: “El arte como camino para regresar a EL (Dios)”.

El noviazgo con Eugenia se significó en el juego: correr, tomarnos de la mano a escondidas, compartir dulces, escribir frases nerviosas en el cuaderno pautado (un te quiero, un soñé contigo),  la burla linda de nuestros padres, besos en la mejilla, invitaciones a su casa, a mi casa, jugar nintendo, nuevamente correr y despedirnos riendo. Reímos.

Fast zu ernst (Casi demasiado serio)

De las 13 piezas que componen el Kinderszenen Op.15,  es Fast Zu Ernst, la que más disfruto.El título parece un enfrentamiento, un cambio en la imagen de la infancia. Un paso. Un brinco. Una resistencia. Los críticos musicales la enaltecen por la modulación, por la textura del movimiento, por la técnica. Otros, más poéticos, la definen como el resumen del romanticismo.

La última imagen infantil con Eugenia que tengo en la memoria es: ella y yo sentados (acompañados por nuestros padres) escuchando a un chico de quizá quince años interpretando el Fast Zu Ernst. Al término de la presentación, el director del recital dijo que Schumann había mencionado alguna vez que toda la obra, Kinderszenen Op.15, debía ser interpretada por adultos para la comprensión general: para la sensibilización, para el regreso al juego.

Al término del recital (último día de clase) Eugenia me dijo que ya no iba a continuar en el conservatorio. Que se iba a ir a Xalapa. Que ojalá nos volviéramos a ver, algún día.

Kind im Einschlummern (Niño adormecido)

Schumann también deliraba. Para algunos estudiosos, su enfermedad mental ligada a lo maniaco- depresivo y a la esquizofrenia tiende a resultar de una sífilis. Para otros, de ninguna manera tenía que ver con la sífilis, más bien la enfermedad mental se desarrolló a temprana edad y por lo tanto era obvio pensar el suicidio y actuar el suicidio.

En Dresde, en 1844, se acentúo más su enfermedad mental. Divagues, delirios, conversaciones con ángeles y demonios lo incitaron a reproducir una gran cantidad de obras no exentas de belleza y virtuosismo. Tiene miedos, fobias, obsesiones: el metal y la nota “la” que permeaba en su oído. Clara se encarga de presentar e interpretar sus obras y él, en algún momento místico, se arrojó al Rin y fue rescatado. Se le interna en Endenich. La mente atormentada de Schumann me hace pensarla con relación a una cita de Hinojosa: “de lo subdominante a lo dominante, a la materia espiritual, a la cadencia, a Dios”.

Después del conservatorio me inscribí en la escuela de música de la ciudad. Comencé entonces a tocar el piano brevemente. Después de estudiar el Hanon y estar en nivel intermedio en el solfeo, mi maestro me incitó a estudiar una pieza musical. La deseada era, indudablemente, el Fast Zu Ernst y el maestro accedió diciéndome: estás muy chico para algo así pero vamos a intentarlo. Fracasé.

Un sábado después de comer con mis papás en el centro de la ciudad, una señora nos saludó con euforia. Al principio no la reconocimos hasta que se acercó Eugenia y rió y reí. Su madre, quien vivía únicamente con Eugenia en Xalapa, intercambió teléfonos con mis padres y Eugenia y yo platicamos sobre nuestros estudios musicales, las ambiciones adolescentes, la infancia reencontrada.

Después, los adioses. Hablamos un par de veces por teléfono. Me gustaría ir a Xalapa a estudiar. Sí, ven.

Der Dichter spricht (El poeta habla)

Siendo lector voraz, Schumann quizá sabía que la música estaba infinitamente ligada a la poesía. Expresión del alma. Expresión del espíritu. Ambas, el don, la virtud de la expresión de Dios en los humanos.

La trascendencia de Schumann es hacia el cosmos. Como dice Hinojosa: “el músico toma la música del cosmos y el oyente la devuelve al cosmos”. De igual manera, explica la función: “la música conmueve y deleita”. La música como la poesía nos devuelve ese momento místico. Esa conversación con ese ser único infatigable. La expresión poética, la expresión musical, la armonía, el tiempo, el tono y el silencio nos regalan en la tierra el principio, es decir, la pasión y la belleza por y del infinito.

Tras un colapso neurocirculatorio, Robert Schumann fallece en 1856.

En diciembre del año 2006, en el zócalo de la ciudad de México,  Eugenia apareció sentada frente al Palacio de Bellas Artes. Nos abrazamos y después tomamos café en los Azulejos. Me contó que había abandonado la carrera musical. El suceso fue un desmayo en un recital, al tocar los primeros treinta segundos del Nocturno Op. 9 No.2 de Chopin. Ya no pensaba regresar, que estaba estudiando escultura, que ya no vivía con su madre, que su padre las había dejado por una mujer de Barcelona. ¿Y tú, Ro? Le conté que igualmente había dejado los estudios musicales por estudiar una carrera bastante insulsa. Que las cosas en Puebla no habían cambiado. Que la familia bien.

Después de una hora la acompañé a la terminal. Meses después la visité en Xalapa para escuchar todo el tiempo posible Kinderszenen Op.15 y sabernos en el cuerpo: regresar al principio.

Durante dos años estuvimos así , reacomodando las memorias y depositando nuevas.

Después nada. Las separaciones y los adioses.

Nuevamente escucho el Kinderszenen Op.15, Fast zu Ernst, después de ocho años. Pienso: ¡qué expresión tan sublime la música, que encadena memorias, nos revive, nos convulsiona, juega con nosotros para finalmente hacernos reír, hacernos reír al reconocer la gracia de Dios, aunque finjamos no saber de él!

Y recuerdo: La última vez que vi a Eugenia decidí no volver a escuchar a Schumann.

Y recuerdo que la abracé.

Y recuerdo que no quise irme jamás de ella.

Y que nunca quise irme de mi infancia.

De mis escenas infantiles.