Diverdi.com | Escrito por Josemi Lorenzo Arribas

  Reforma y Contrarreforma Un viaje musical por el Renacimiento a través de las diferentes Reformas


Reforma y Contrarreforma
Un viaje musical por el Renacimiento a través de las diferentes Reformas

Lo distinto y lo igual, lo complejo y lo sencillo. La polifonía y la música instrumental o el canto llano u homofónico. El latín o las lenguas vernáculas. Serían las líneas maestras que se extraen de leer las casi cincuenta páginas de texto, profusamente ilustrado, de Reforma y Contrarreforma, firmado por Jérôme Lejeune,que se ofrece en este volumen, traducido a cuatro idiomas, y cinco por la gentileza de Diverdi, que pone la traducción castellana –llevada a cabo por Santiago Salaverri- a disposición de melómanos y de lectores interesados a través de su sitio web. Realmente, leerlo de un tirón deja una sensación compleja, la misma que resulta de pensar la música sacra europea entre mediados del siglo XVI y mediados del XIX. Este apasionante panorama que abre la Reforma (Lutero fue condenado en la Dieta de Worms, 1520), difícil de explicar y, en lares castellano-viejos muy poco explicado, se aclara un poco más con lecturas parciales, más sosegadas y sin empachos, a las que también se presta este material. La división del texto (del libro) en diez capítulos, más prólogo y epílogo, organizados por países o unidades regionales, permite, así, una comprensión cabal de lo que se estilaba en cada sitio, que se puede doblar con un uso inteligente de los 8 CD (¡140 cortes!) que se ponen ante nosotros como una tentación preciosa.Después del éxito de la Guía de instrumentos históricos, Ricercar vuelve a la carga con otro regalo de idénticas proporciones hercúleas, en forma de guía de la Reforma y Contrarreforma, con la música como hilo conductor de esta escisión en la forma de entender el cristianismo en Occidente que todavía dura, después del Concilio de Trento (1545-1563), catalizador de la reacción contrarreformista. Y si el principal desarrollo de la música occidental vino durante siglos de los ensayos en la experiencia sonora de la liturgia, es obvio que la música se viera afectada desde sus cimientos. Más de diez horas de música van haciendo un recorrido por estos tres siglos de historia europea, la correspondiente a la Edad Moderna.

Decíamos al principio que lo distinto y lo igual. Porque en ambas confesiones la lucha se establece en el mismo registro, y similares son las tensiones dentro de la propia fratría: entre el deseo del disfrute de todas las posibilidades que ofrece el arte musical, a través de la polifonía más intrincada y el concurso instrumental, y la contención propugnada por los jerarcas, tendentes siempre a la restricción y la severidad. Y en ese juego dialéctico, generaciones de compositores, jugando (haciendo música) y luchando conflictivamente entre su lado artístico, el profesional (que les daba de comer), y el de la fidelidad a sus propias creencias religiosas. Se podría decir que las excepciones son tantas como la norma. La libertad no se ahorma tan fácilmente. Sabiendo que el problema de fondo que lleva a la escisión no eran problemas doctrinales o dogmáticos, debe sorprender menos que, en ocasiones, la música producida por compositores de uno y otro lado tuviera más en común que diferencias. O, al contrario, que un mismo compositor hubiera de cambiar técnicas y procedimientos en esos “tiempos distraídos”, que decía el británico Tomkins (no presente en la selección, por cierto) en que reyes, reinas y religiones de estado se suceden en un puñado de años.

Por el lado protestante (luterano, calvinista, hugonote, anglicano, jansenista) están presentes autores como Agricola, Senfl, Osiander, Janequin, Taverner, Byrd, Purcell, van Eyck, Schütz, varios Bach, Pachelbel o Mendelssohn, sin excluir al propio Lutero o a Enrique VIII. Por la parte católica, Palestrina, Willaert, Gabrieli, Gesualdo, Victoria, Guerrero, Allegri, Frescobaldi, Carissimi o Monteverdi. Junto a ellos, un sinfín de nombres menos conocidos, autores igualmente de páginas inspiradas. Renunciamos a intentar nombrarlos. Son muchos. Algunos de ellos, nadando entre aguas de unos y otros, y así Le Jeune, del que se escuchan piezas para los dos ritos, o contrahechuras de Laso de canciones puestas a lo divino, una en francés y otra en alemán, Tallis, el propio Sweelinck, que también escribió obras sacras en latín y francés etc.

Se comenta con generosidad, y se puede comprobar escuchando, la estructura de los corales, alfa y omega de la música reformista, las pasiones luteranas, los conciertos espirituales, los oratorios alemanes, las cantatas, los preludios-corales y, en fin, la partita. Se entienden las fluctuantes posiciones de los países luteranos con el órgano, desde su destrucción a su florecimiento, jugando la improvisación un papel fundamental que se le escapa al musicólogo positivista, sólo apegado a lo que las partituras existentes parecen contar. Como notas distintivas, la tensión entre el latín y la lengua vernácula, la exclusión o inclusión del culto a María y a los santos, el cantar los Salmos exclusivamente (y otras tres oraciones más) y cantar toda la liturgia de los oficios y de la misa… Desde nuestro lado, se echan en falta mayores referencias a España y Portugal, y más con la importancia que el primer país tuvo en la Contrarreforma, que la lideró, pero esa historia, por más conocida por nosotros, es la más prescindible para el público hispano, aunque se comprueba cómo los avances en el conocimiento de nuestra música de los siglos XVI y XVII todavía no se han actualizado en las síntesis musicales allende los Pirineos.

Mientras, los músicos antologados y su creatividad salvaron la polifonía, ese sello de marca occidental. No se aplicaron los preceptos rigurosos, ni en una parte de Europa ni en la otra. El auge de la música profana salvó a la sacra de un impulso evolutivo natural que se intentó frenar por las jerarquías. El arte de la ornamentación vocal continuó imparable, y ahí está Monteverdi, o Gesualdo para encarnar esta tendencia. Quedó tan solo la Capilla Sixtina (ay, esto parece una constante histórica) como bastión ultraconservador, para la que se compusieron monumentos sonoros de gran belleza, no obstante, como el Miserere de Allegri (1638), celosamente custodiado durante siglos. Mientras, el resto de Roma (de Italia) ardía en innovaciones, texturas y experimentos musicales. En Francia poco después, personajes como Nivers reforman el canto llano, tomando prestados avances de los motetes exclusivamente vocales. Lástima que de este autor no escuchemos ningún corte (Marcel Pérès hizo un disco precioso con Organum hace años). Charpentier componía para las monjas de Port-Royal, emblema del jansenismo contra los jesuitas, y los cantores alemanes comenzaban a sentar el papel fundamental en el desarrollo musical que simbolizará Bach, Juan Sebastián, en historia más conocida.

No viene al caso hablar de las interpretaciones, con más de veinte conjuntos y más de diez solistas. Son heterogéneas porque no pueden serlo de otro modo, y ahí radica también uno de los atractivos de este cofre de original sistema de apertura, cierre y conservación. El Collegium Vocale, Currende Consort, ensemble Clement Janequin, La Chapelle Royale, La Colombina, La Fenice o The Tallis Scholars, James Bowman, Henri Ledroit o Max van Egmond aseguran una calidad que es la que prima en la obra en su conjunto. Así debe evaluarse. En resumen, un libro y 8 discos que harán las delicias de quien quiera enterarse un poco de por qué la música sacra es como es en la Vieja Europa. Nada menos.

INTÉRPRETES
Vox Luminis y otros solistas y agrupaciones

CONTENIDO

Reforma y Contrarreforma
Un viaje musical por el Renacimiento a través de las diferentes Reformas (incluye ejemplos musicales)

El estuche (en formato libro-disco) incluye:

– Libro a color de más de 200 páginas
– 8 CDs en un magnífico estuche

8 CD + 1 LIBRO – DDD