Vía: codalario.com | Por José Carlos González Abeledo

El pasado 19 de diciembre se cumplieron diez años de la muerte de Renata Tebaldi. Supongo que hasta los mas jóvenes aficionados a la ópera sabrán quién fué esta soprano, que reinó en los escenarios durante las décadas de los 50 y 60 del siglo pasado, en dura competencia, mas ficticia que real, con María Callas. Cuenta la leyenda que la Callas en una ocasión se definió a sí misma como “champagne” y a la Tebaldi como Coca-Cola. Parece ser que el hecho no es del todo cierto y que lo que dijo la Callas en una reunión mundana es que si ella era “champagne” su rival era “cognac”. Uno de los presentes, acérrimo admirador sin duda de la Callas, fue el que dijo, con sorna, lo de la Coca-Cola. Y eso fue lo que trascendió, convirtiéndose el suceso en celebrada anécdota e incrementando la rivalidad existente sobre todo entre los partidarios de una y otra cantante. Rivalidad que fue magnificada por los responsables de los teatros y de las casas de discos como reclamo publicitario, en cierta manera con la complicidad beligerante de la Callas y la paciente permisividad de la Tebaldi, que no dejo de ver lo positivo de la situación. Con ocasión de un encuentro casual entre ambas en el Metropolitan en 1968, se dieron un abrazo inmortalizado por los fotógrafos allí presentes y ahí se acabó la historia de su rivalidad. Mas interesante que ahondar en esa supuesta enemistad sería analizar las diferencias entre una y otra tanto en lo vocal como en el repertorio. Pero eso lo dejaremos para una próxima ocasión, pues hoy nos toca recordar solo a la Tebaldi.

Nació el 1 de febrero de 1922, tal día como hoy, en Pésaro, de padres relacionados con la música: Teobaldo Tebaldi, mediocre violonchelista y Giuseppina Barbieri, en posesión de una muy buena voz de soprano, aunque terminó trabajando de enfermera tras ser abandonada por su marido. Las secuelas de un problema con la polio sufrido por Renata a los tres años de edad, viviendo ya en la localidad de Langhirano cercana a Parma, la inclinaron al estudio del piano desde los 13 años. Su profesora, oyéndola cantar, la empujó a iniciarse en esa disciplina, recibiendo clases de canto de Italo Brancucci y de Ettore Campogalliani. De vacaciones en casa de un hermano de su padre en Pesaro, este, que regentaba una pequeña pastelería, le procuró una audición con la famosa soprano Carmen Melís, que solía tomar café en el establecimiento. La Melís, tras escucharla, la tomó como alumna, trasladándose entonces la joven Renata a vivir con sus tíos en Pesaro. Debutó con 22 años en Rovigo en el papel de Elena de la ópera Mefistófeles de Arrigo Boito, y cantó varias veces en Parma antes de ir a estudiar a Milán por mediación de la Melís con el profesor Giuseppe Pais.

Aunque ya tuvo un notable éxito en Trieste con el Otelo verdiano, compartiendo cartel con Francesco Merli, su gran oportunidad le llegó en 1946 con una audición para Arturo Toscanini, que buscaba una voz joven y nueva -una “voce d´angelo” según sus propias palabras- para el concierto de reinauguración de la Scala tras el fin de la segunda guerra mundial. También este hecho dio lugar a otro equívoco. Al ser ella la elegida se dijo que el famoso director había dicho que tenía una “voce d´angelo”, lo cual no es cierto. La propia Tebaldi se encargó, siendo ya famosa, de aclararlo. A partir del debut “scalígero”, en el que cantó “Dal tuo stellato soglio” de la ópera Moisés en Egipto de Rossini y la parte de soprano del Te Deum de Verdi, fueron sucediéndose los triunfos en los principales teatros italianos y europeos, no tardando en dar el salto a Nueva York, San Francisco, Chicago, etc.

Tras un pequeño desencuentro con el público de La Scala, que se decantó por su gran rival María Callas, Renata Tebaldi se hizo fuerte en el Metropolitan de Nueva York, donde reinó durante muchos años y en donde cantó ininterrumpidamente desde el año 1955 hasta 1973 con un paréntesis de un año. En 1963, tras una mala actuación en dicho teatro (su debut con Adriana Lecouvreur), se retiró temporalmente de la escena para afianzar su técnica vocal. Reapareció en el MET cantando la Mimí de La bohème y siguió triunfando en este y otros teatros, hasta que en 1973 dejó de cantar ópera, siendo su última actuación el 8 de enero en el Met con Otelo, la misma ópera con la que había debutado en dicho teatro dieciocho años antes. Pero sí siguió unos años mas ofreciendo recitales (muchos de ellos con Franco Corelli) hasta su retirada definitiva en 1976, pasando a residir en Milán. Aunque se le conocieron varias relaciones amorosas (el bajo Nicola Rossi-Lemeni y el director Arturo Basile por ejemplo) nunca se llegó a casar y murió a los 82 años en su casa de San Marino víctima de un cáncer y rodeada de amigos y familiares.

Su repertorio fue amplísimo y abarcaba desde algunas óperas de Wagner como Tannhauser (Elisabetta), Lohengrin (Elsa) y la Eva de Los maestros cantores de Nuremberg (eso sí, cantadas en italiano), hasta algunas de las de Mozart: Don Giovanni (Doña Elvira) y Las bodas de Fígaro (La Condesa). Y por supuesto incluía las grandes operas verdianas adecuadas a su voz: Otello (Desdémona), Aida (Aida), Il trovatore (Leonora), La forza del destino (Leonora), Falstaff (Alice Ford), La traviata (Violeta), Un ballo in maschera (Amelia), Juana de Arco (Giovanna), Simon Boccanegra (Amelia-María) y Don Carlo (Elisabetta). Y también los títulos mas significativos del verismo, con especial dedicación a Puccini, del cual cantó toda su producción. En la mayoría de ellas su voz, de una belleza tímbrica y homogeneidad sin igual, resplandecía sin rival alguna a excepción de la ya comentada de la Callas.

Fué dirigida por grandes maestros como Francesco Molinari-Pradelli, Tullio Serafin, Herbert von Karajan, Leonard Berstein, Carlo Maria Giulini, Zubin Mehta, Georg Solti y muchos otros. Y alternó con casi todos los grandes tenores de la época (Giacomo Lauri-Volpi, Beniamino Gigli, Carlo Bergonzi, Franco Corelli, Richard Tucker, Giuseppe Di Stefano, Jussi Bjoerling, Alfredo Kraus, Nicolai Gedda, etc.), aunque su principal “partenaire” fue Mario del Mónaco, con quién además compartió muchas de sus grabaciones. Grabaciones que, contando tanto las de estudio (con la casa DECCA principalmente) como las llamadas “piratas”, superan ampliamente el centenar. En ellas -afortunadamente hoy reeditadas en CD- está recogido prácticamente todo su repertorio e ilustran perfectamente su inigualable arte, que hoy nos congratula recordar rindiéndole a la vez sentido homenaje.