Vía: El País | Juan Ángel Vela del Campo

Se han tomado muy en serio en Lucerna la frase Viva la Revolución, que sirve de hilo conductor en la celebración de los 75 años de existencia del festival suizo. Si hay una obra musical a la que se asocia de inmediato el alboroto es sin duda La consagración de la primavera, de Stravinski, recibida en París hace 100 años el día del estreno con un escándalo monumental.

Simon Rattle

Simon Rattle

La Filarmónica de Berlín y Simon Rattle la han incluido como pieza de cierre del segundo programa que han presentado estos días en Lucerna. En el primero se centraron en las tres últimas sinfonías de Mozart, en lecturas de extraordinaria amabilidad conceptual, y en el segundo optaron por la siempre misteriosa Noche transfigurada de Schoenberg, y en tres escenas de la eternamente revolucionaria ópera Wozzeck,de Alban Berg, en una versión sencillamente escalofriante, antes de centrarse en el revulsivo ballet de Stravinski, partitura muy querida por Rattle que, incluso, la utiliza para sus experimentos didácticos con audiencias conflictivas. Le tiene cogido el punto, desde luego, y así sus diferentes escenas se suceden en una combinación de violencia y ternura que atrapa al espectador sin posibilidad de resistencia. Bien es verdad que el sonido lo pone la Filarmónica de Berlín, con lo que el virtuosismo orquestal está garantizado. Pero la intencionalidad, la chispa, es cosa de Rattle. Y para la reflexión, o la emotividad, ahí está el público, desde sus mecanismos de recepción.

Resulta curioso comprobar que esta obra tan envolvente suscitase en su día semejante rechazo, pero así es la vida y su reflejo en el universo del arte. A unos pasos de la sala de conciertos se encuentra la Fundación Rosengart con una planta dedicada íntegramente a Picasso. La asociación que se suele establecer entre Picasso y Stravinski cobra todo su sentido al poner en relación las propuestas de dos creadores tan emblemáticos.

Revolucionaria fue la construcción del teatro de la verde colina de Bayreuth y más aún, si cabe, fue la composición de El anillo del nibelungo, esa ópera de 16 horas que rompe las fronteras de los límites temporales establecidos. Su programación, aunque sea en versión de concierto, no podía faltar en Lucerna este año, sobre todo teniendo en cuenta, además de su carácter revolucionario, que Wagner vivió algunos de los años más felices de su vida en Villa Tribschen, a las afueras de la ciudad, y que justamente allí empezó el Festival con una recreación del Idilio de Sigfrido, con el gran Arturo Toscanini al frente. Lucerna ha optado por acercarse al sonido de Bayreuth esta semana, haciendo coincidir en su programación a las dos orquestas fundamentales del foso místico, la Staatskapelle de Dresde y la Sinfónica de Bamberg. La primera, a partir de mañana y con la batuta del carismático Christian Thielemann, afronta un par de programas con Bruckner y Wagner de platos fuertes. La segunda culmina hoy El anillo, con la apuesta rompedora de Jonathan Nott al frente, en una concepción racionalista, efusiva, marcadamente dramática y con una gran tensión teatral que ha puesto al público en pie, cosechando los mismos minutos de aclamaciones que la mismísima Filarmónica de Berlín. Sin trampa ni cartón, como corresponde a las versiones de concierto, contó tanto en El oro del Rin como en La valquiria con un reparto espléndido, del que únicamente bajaba un poco el nivel emocional Petra Lang, como Brunilda, la única, curiosamente, que necesitó apoyarse en la lectura de la partitura. En el apartado de lo excepcional brillaron Klaus Florian Vogt, Elisabeth Kulman o Meagan Miller, entre otros. Hasta el grupo completo de las valquirias se mostró con una homogeneidad como raras veces se encuentra. Pierre Boulez, que asistió a los conciertos de Rattle y Nott, se mostraba realmente exultante de los niveles de realización musical.

Revolucionarias son también las representaciones para niños con marionetas hasta el final del festival y posteriormente durante todo septiembre de El holandés errante en un espacio casi colindante con Villa Tribschen, y con llenos hasta la bandera. A los mayores se les permite en todo caso acceder a la última fila. Los niños, a partir de cinco años, disfrutan de lo lindo, y para no enturbiar la fiesta la ópera desemboca en un final feliz en vez de en el suicidio por amor de Senta.