Vía: LiteraNova | por Hugo Alvarez Pifano

I
El Romanticismo, un marco que encuadra la música de Ramón Delgado Palacios

Ramón Delgado Palacios

Ramón Delgado Palacios

1.- El movimiento romántico en la música universal.
Tanto en la música como en la literatura el movimiento romántico tuvo su origen en Alemania y fue precisamente E. T. A. Hoffman (1776-1822), músico y poeta alemán, uno de los espíritus más representativos de esta corriente, quien señaló la esencia de la música en ese período, en los siguientes términos: “La música es la más romántica de todas las artes. Uno podría casi decir, que es el único arte genuinamente romántico” (1). De este modo, Hoffman trazó en rasgos muy pequeños, pero fuertemente cincelados, el espíritu de este movimiento musical todavía en ciernes para su época. Ahora bien, antes de proseguir con la música, debemos decir que en términos generales, el romanticismo fue una reacción en contra del racionalismo crítico e intelectual, fue un poderoso llamado al esfuerzo humano individual y sobre todo al sentimiento, al Gefühl, como solían definir esta palabra los alemanes creadores del movimiento.

En primer lugar, en el periodo romántico la música fue considerada el arte más importante: El núcleo central de todas las artes. Como es sabido, en los siglos anteriores al Siglo XVIII la música estuvo siempre en una posición subalterna, porque era considerada especialmente por los filósofos -Rousseau y Kant, entre otros- como un arte para el deleite de los sentidos y nada más. En particular, la música instrumental tenía la reputación de ser menos importante que la música vocal, pues esta última en cierto modo, era ennoblecida por la seducción de la palabra y la fuerza de su significado. En el romanticismo, por el contrario, la música instrumental adquiere una mayor consideración y prestancia, cuando se le confronta con la música vocal: por ser más íntima, misteriosa y vaga; y, por ser capaz de crear en todos nosotros- intérpretes y escuchas- sensaciones menos definidas y de difuminados contornos. En ambos casos, nos comunica la impresión, que la esencia de esa música no está en sus interioridades, sino solamente en su pórtico. En pocas palabras, es música de belleza, más que de profundidad.

En este período los compositores se alejan de la “sinfonía” y nace una nueva forma el “poema sinfónico” (Liszt), el cual da lugar a un esqueleto literario extra musical, que subordina la literatura a la música. Así mismo, se inicia el cultivo de pequeñas expresiones musicales, como “romanzas sin palabras” (Mendelssohn), “momentos musicales” (Schubert), “preludios” (Chopin), “escenas breves” (Schumann), “bagatelle” (Beethoven) etc. Un género breve en el cual los románticos dan muestras de un inagotable talento creador. Surge como por encanto, el gran momento del piano, cuando se constituye en el instrumento más completo y brillante, el preferido de los compositores románticos. Es entonces donde el virtuosismo pianístico adquiere un carácter prodigioso y se desarrolla una técnica nueva adaptada a lograr una mayor sonoridad. Surgen así los más bellos conciertos románticos para piano que haya conocido el universo de la música (Schumann, Tchaikovski, Rachmaninov, Grieg, etc.).
En el campo armónico los músicos de la edad romántica manifiestan una mayor libertad en las modulaciones y una gran riqueza en el cromatismo (Wagner en su Tristán e Isolda). Así mismo, demuestran mucho interés por el timbre de los instrumentos y por los efectos orquestales novedosos (Berlioz en su Sinfonía fantástica). Las fuentes de inspiración van a la búsqueda de los colores que genera la emoción local y se rinde culto a los cantos populares (Sibelius y su poema sinfónico Finlandia). El surgir del nacionalismo musical va aparejado con el desarrollo de esta nueva corriente.

El Romanticismo nos ofrece también una nueva figura, la del músico intelectual, culto y muchas veces escritor al mismo tiempo (Schumann, Berlioz, Weber, Wagner, Liszt) y lo más significativo, algún artista que actúa y sobrevive por cuenta propia, no subordinado a una corte, a la iglesia o a un poderoso hombre de finanzas que ordena obras mediante encargo. La figura más representativa de esta nueva modalidad es Ludwig van Beethoven, tal vez el primer músico independiente y sin dudas de espíritu romántico.

También el público de la audiencia cambia, ya no se trata de aristócratas o señores de la nobleza. Ahora son los miembros de una burguesía que se abre paso como detentores de una riqueza en pleno crecimiento y más tarde, integrantes de las clases populares que se asoman a un horizonte nuevo, generado por las revoluciones que tendrán lugar en el Siglo XX. El romanticismo abrió espacio para incorporar toda esta audiencia- generalmente gente adinerada, de clase media y a veces de clase media baja- al espléndido mundo de la música.

Finalmente, es oportuno decir que de Alemania y Austria el Romanticismo pasó a Francia, Rusia, los países nórdicos, las islas británicas, Bohemia, Hungría, España y a Italia. En este último país, la ópera siempre conservó su preeminencia sobre la música instrumental, de la mano de soberbios melodistas de espíritu romántico y sentimental, de gran elegancia en la forma de decir su música, como Bellini, Verdi, Puccini, Mascagni, Cilea, etc. En todos estos países los músicos se alinearon en dos corrientes diversas, de un lado los “románticos clásicos”, como Schubert, Schumann, Mendelssohn, Brahms, etc. y del otro los románticos, que para usar una terminología del mundo moderno llamaríamos “extremistas o revolucionarios”, ellos fueron Wagner, Liszt, Berlioz, Bruckner, H Wolf, etc. Para este momento el Romanticismo estaba presente en todas partes y los románticos habían conquistado al mundo.

2.- El Romanticismo en Venezuela.
Venezuela fue un país donde no hubo un florecimiento de la música correspondiente al gran “periodo clásico” del siglo XVIII, es decir el período fijado entre los años 1750-1827, aproximadamente, y definido en forma convencional como “música clásica” o “clasicismo” inspirada en los cánones estéticos del equilibrio en la forma y una moderación en la dinámica y la armonía. En nuestro país, los músicos de la Colonia fueron esencialmente compositores de música sacra y a partir de este género, se metieron de lleno a un eterno romanticismo, donde fueron confinados por las dictaduras que padeció el país por más de un siglo. Salvo contadas excepciones o casi ninguna, ellos nunca se aproximaron a las sinfonías de molde alemán, ni a las óperas de estilo italiano o francés, tampoco fueron compositores de grandes conciertos para piano o violín. Por consiguiente, Venezuela no tuvo una continuidad histórica que le permitiera presentar todas sus músicas -en su casi totalidad música sacra y menos aún, aquellas de procedencia popular- en una forma docta, culta o para llamarlo de un modo más ilustrativo, en un envoltorio propio de la “música clásica”. De esta manera, en forma pausada y lenta, Venezuela entró desde los confines de una elevada música de iglesia, que le valió el calificativo de “milagro musical americano” a los albores del romanticismo, en su expresión, más significativa y bella: el vals venezolano (2).
En modo tímido el romanticismo comenzó a infiltrarse en Venezuela en los alrededores de 1830, empieza por hacerse notar en las comedias y dramas a través del lenguaje galante de los enamorados, en el verbo fogoso de quienes escribían en la prensa, pero en la música no se percibe todavía el suave sentimentalismo tan característico de los años finales del siglo XVIII. Fue precisamente, la ópera italiana -representada frecuentemente en Caracas durante la presidencia de José Antonio Páez y de los Monagas -José Tadeo y José Gregorio- la encargada de comunicar a las obras de los compositores venezolanos de la época, el enfoque de un canto lírico, tranquilo, sutil y bello, con que se acompaña el éxtasis de los momentos de amor y con los que se inicia un período de sensiblería dulzona que acompañará a la música venezolana durante muchos años.

II
Ramón Delgado Palacios y su ubicación dentro del movimiento romántico venezolano

La música para piano de Ramón Delgado Palacios y en especial sus valses- la obra más reveladora de su estilo -traduce con claridad lo que esperábamos saber acerca de su carácter: un hombre reservado y de profunda sensibilidad, cuya música se muestra siempre envuelta en un halo doloroso y nostálgico. Sus melodías de gran encanto y delicadeza están casi siempre escritas en una tonalidad menor, como si el buscara de este modo crear una atmósfera de melancolía y tristeza, en una superficie de colores genuinamente venezolanos.

Pero sus valses no son solamente expresión de sentimientos y pura melodía. Son verdaderas piezas de concierto y obras de alta factura pianística, con claro sentido de la composición musical. Su creación es fluida y espontánea, concebida con precisión en las ideas musicales, allí no hay desperdicio ni recursos de ornato, ni tampoco artificios cuya única función es la de impresionar a los oyentes desprevenidos. Se trata de hermosos valses criollos que poseen complejidad rítmica y gran riqueza de armonía, que demandan una alta técnica pianística para su ejecución.

Estos valses son la obra de un virtuoso del piano. En efecto, Ramón Delgado Palacios fue un niño prodigio en la ejecución del instrumento. Después de iniciar su formación en Caracas con Felipe Tejera, viajó a Francia para estudiar con los mejores pianistas de la época. Su talento fue tan sobresaliente, que al suspender sus lecciones por falta de recursos, el Conservatorio de París lo becó para que concluyera. Murió prematuramente a la edad de 34 años. Durante mucho tiempo, estas piezas no figuraron en los programas de conciertos de los pianistas venezolanos. Tal vez, su complejidad y el excesivo virtuosismo, no animaba a los concertistas. Pero no hay dudas sobre su belleza y sus méritos artísticos, ellos son para el piano, lo que los valses de Antonio Lauro son para la guitarra.

Ramón Delgado Palacios escribió unos 20 valses, los cuales aparecen publicados en obras diversas, estos son: 1. Vals “A la señorita Y…”; 2. Vals imitativo “Aquí están las velas que mandó papá”; 3. Confidencias del corazón; 4. Copos de espuma; 5.Delicias; 6. Graziella; 7.La dulzura de tu rostro; 8. La sonrisa; 9.Lucila; 10.Marietta; 11 Mariposas; 12.Mi aplauso; 13.Si tú me amaras; 14. Sublime amor; 15. Gran Vals de concierto en La bemol mayor; 16. Vals de concierto en La mayor 11; 17. Encanto; 18. Eres mi dicha; 19. Gentileza; y, 20. Vals cajita de música.

En Venezuela el pianista que se ha dedicado con mayor ahínco a estudiar y divulgar la obra de Ramón Delgado Palacios es Juan Francisco Sans. Causa impresión en los conciertos de Sans su memoria musical prodigiosa. Él puede interpretar hasta 25 obras de Delgado Palacios sin tener la partitura ante sus ojos. Después, es sorprendente observar como sus características personales como pianista las pone al servicio de la música que interpreta: la ligereza de su fraseo y su capacidad de análisis para internalizar a este compositor, lo que pone de manifiesto en la exaltación del lirismo romántico que Delgado Palacios imprimió a su música. Además, cultiva la belleza del sonido y aún en los pasajes de mayor virtuosismo mantiene un riguroso equilibrio entre la tensión de los sonidos y la libertad del discurso musical (3).

Carmencita Moleiro tiene dos CDs, uno titulado “Ofrenda”, donde toca con gran maestría varios valses de este autor; en el otro, con el nombre de “Valses y danzas venezolanas en Villa Santa Inés”, realiza una interpretación muy sentida y comunicativa con su audiencia. Así mismo, Evencio Castellanos en un CD publicado por la Fundación Vicente Emilio Sojo toca cuatro valses, en un estilo muy fluido y ajustado a la dinámica de este género. Rosario Marciano y Guiomar Narváez realizaron también algunas grabaciones. Igualmente, Elizabeth Guerrero, una de las pianistas del Ensamble Brahms de Caracas. De todos, es tal vez Guiomar Narváez la que comunica un genuino sentimiento venezolano a sus interpretaciones. Ella siempre ha sido una pianista que toca la música venezolana con voz propia, caracterizada en la ligereza de su fraseo y el lirismo que emana de sus interpretaciones.

Pero, aparte de estos maestros, surgen las nuevas generaciones de pianistas, con un fraseo y un sonido musical correspondiente a los nuevos tiempos, me permito presentar a tres de ellos en la interpretación del vals, “La dulzura de tu rostro”: Eleoner Ramírez, pianista de aliento cálido, fraseo musical encantador, capaz de trasmitir el lirismo elegante y sentimental de Ramón Delgado Palacios, un intérprete clásico para este género de valses. Por otro lado, Daimar Domínguez, una pianista afincada en corrientes modernas de “tipo jazz”, muy poco ajustadas al ritmo clásico del vals, su fraseo es escueto pero muy expresivo, en forma libre y minimalista comunica lo necesario que se puede expresar para iluminar un universo cuajado de belleza. Mariana Mujica, estudiante de piano en el conservatorio de Barquisimeto nos ofrece la versión más ajustada al espíritu romántico del vals venezolano. Ofrezco sendas interpretaciones para ser comparadas.

Eleoner Ramírez

Daimar Dominguez

Mariana Mujica

Notas:
1. – E.T.A. Hoffmann’s Musical Writings: The Poet and the Composer. Musical Criticism. Edited, annotated, and introduced by David Charlton. Cambridge University Press, 1989.
2.- Hugo Álvarez Pifano. El vals venezolano, historia y vida. Fundación Arts World Milenium 2100, Caracas, Venezuela, 2007.
3.- Hugo Álvarez Pifano. Ramón Delgado Palacios, el enamorado del tono menor. El Nacional, Crítica Musical, Año 2002.