Prensa FundaMusical Bolívar

El joven director, principal cornista de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela, salió en 2012 de su fila para ganar el primer lugar del Premio de Dirección Malko. Aquí una historia más de éxito a través de la música, una que comenzó en Puerto La Cruz, estado Anzoátegui, y que hoy desdibujó cualquier frontera del orbe
Rafael Payare

Rafael Payare

Solo sabía hacer una escala en el corno cuando tuvo que enfrentarse a un director, una orquesta y al segundo movimiento de la Sinfonía nº5 de Beethoven. Con ese nivel musical tuvo que sentarse en la fila de la Orquesta Sinfónica Juvenil del estado Anzoátegui, y con su primer profesor al lado, le tocó aprender a transportar y a hacer suyo un instrumento de majestuosa sonoridad. En el núcleo de Puerto La Cruz, Rafael Payare se montó en una embarcación que le ha llevado a lugares que no planificó conocer; un viaje que desde los 13 años ha sido ininterrumpido.

“Empecé viejo”, dice quien ahora es director y llega de nuevo a su país directo de Malmo (Suecia), a dirigir a su orquesta materna: la Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela (OSSBV). Sí, a dirigir después de haber sido su corno principal… y es que Payare hizo un viraje en su carrera musical; uno que latía dentro de él amenazante pero sin apuro, y que el maestro José Antonio Abreu supo direccionar irreversiblemente tras percibir en él un don natural para tomar la batuta.

Este muchacho delgado y moreno que a los 8 meses de estar tocando corno entró a la Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela, se entrevistaba años después con el Maestro porque quería planificar un concierto solista. Sin saberlo, ese día salió de su oficina con una agenda repleta pero de intensa formación, una que unida a eso que el fundador de El Sistema supo ver con muy buen tino, le dio en breve el primer lugar en el Concurso de Dirección Malko, en mayo de 2012.

Desde ese momento los compromisos han sido inagotables. Cada semana se monta en el podio de un nuevo país; Suecia, Alemania, India, Inglaterra, Finlandia, Dinamarca, Estados Unidos y Polonia, ya lo han recibido. Sin embargo, no lo hace solo: “A donde voy, vamos nosotros (la OSSBV), va El Sistema”, asegura con el gesto sereno y esperanzador que se lee en el rostro de quien cuenta con una familia. Irlanda del Norte lo quiso para sí, y es por eso que ya es el titular de una orquesta del Reino Unido: la Sinfónica de Ulster. A continuación su relación con la dirección, algo que se le dio “muy natural”, y que heredó -inevitablemente- un ingrediente único: la magia.

-Eras el corno principal de la Simón Bolívar y luego dejas tu rol como ejecutante para dedicarte a la dirección, ¿cómo ocurrió eso?
– De alguna manera, de forma subconsciente, siempre había estado en mi cabeza ser director y no lo sabía.

-Explícanos cómo es que no lo sabías…
– Me doy cuenta que la dirección me encanta cuando hicimos un concierto con Giuseppe Sinopoli en Italia. Estábamos tocando con la Nacional Infantil de Venezuela. Los ensayos eran muy fuertes. De repente, llega este señor que sin hablar español, solo con sus gestos, cambió el sonido a la orquesta, y era una orquesta de 180 muchachos. Recuerdo que hicimos la Obertura Rienzi (Wagner) y el primer movimiento de la Sinfonía nº1 de Mahler. La orquesta nunca pudo pasar por encima de sus codos, del tempo que él quisiera marcar, y eso a mí me impresionó. Dije: “algún día tengo que hacer esto”, pero también pensé que primero tenía que ser muy, muy bueno, el mejor en mi instrumento, y luego, cuando tuviera el pelo blanquito, podría ser otra cosa.
Por esa época estaba también trabajando con el quinteto de metales: hacíamos conciertos en el interior, dábamos clases a los niños, y al final, hacíamos un pequeño concierto con los alumnos y a veces teníamos que hacer ensambles y dirigir. El maestro (José Antonio Abreu) me vio y un día fui a su oficina porque quería tocar de solista, quería hacer cosas para el futuro, y me empieza a hablar de la dirección. Después de escucharlo largo rato me pidió que le permitiera mostrarme ese camino… podrás imaginar lo que sentí…

-Te dio alegría, pero ¿no te desencajó a la vez el que no te hablara como cornista? Ese era tu piso dentro de la música…
– No, porque era una cosa que tenía dentro de mí y yo pensaba posponer, hacerlo poco a poco. El Maestro me dice eso y como que abrió la caja de pandora. Me hizo ese ofrecimiento y de una vez empezó un torbellino: me puso a estudiar con profesores del Iudem (Instituto Universitario de Estudios Musicales, actual Unearte), a hacer un compendio súper violento de la parte teórica; vi en tres semanas con (Blas) Atehortúa todo lo que es fuga, contrapunto, estilo, estructura, y lo mismo con otros profesores. Ahí empezó a fluir toda la cosa.

-El mismo maestro Abreu fue uno de esos profesores, el que empezó a pulir tu técnica en la dirección, ¿qué te enseñaba?
– Es increíble porque primero te pone a hacer la parte básica que es la trayectoria; ese movimiento del brazo que marca el uno, el dos, el tres y el cuatro -explica Payare mientras mueve su mano hacia abajo, a la izquierda, a la derecha y hacia arriba, dibujando en el aire una cruz-. Es el movimiento que va en relación con el tempo, que es completamente básico, y hace que el brazo agarre peso, que sientas energía en él, porque sin eso el tempo es volátil y la orquesta no lo consigue. Entonces lo haces, normalmente frente a él, y te pide que cantes la obra que te manda a estudiar… obviamente se la sabe perfecta…

-¿A cantar? Son muchas las voces que tiene un score…
– Sí, cantas todo. No hay piano, al menos en mi caso. Vas cantando la melodía y de repente te dice: “Yo soy la segunda flauta y no me diste la entrada. Otra vez, vamos para atrás”, o dice: “Yo soy el triángulo y no me diste la entrada, y tengo una hora esperando por ti”, y así… Va poniendo un montón de cosas y a medida que ve que vas superando los retos, salta. Una vez estudié, estudié, estudié y llegué. Estábamos haciendo Mozart, y me dice: “Ok, segundo movimiento de la 5º de Beethoven”. Le dije: “pero eso no lo preparamos”, y respondió: “Vamos”. Ahí me di cuenta que siempre tuve la visión de la dirección en el subconsciente. Absolutamente todas las obras que toqué desde que estaba en Puerto La Cruz, todas, las tenía estructuradas en la cabeza. Cuando empezamos a estudiar yo ni siquiera tenía que ver el score, las obras estaban todas allí y yo me acordaba. Ha sido todo muy chévere, muy bonito y muy natural.

-Quienes no conocen la música sinfónica preguntan con frecuencia cuál es la importancia real de un director ¿qué responde a eso Rafael Payare?
– El director, aparte de ver el espectro completo, utiliza a la orquesta como su instrumento, pero el problema es que este instrumento es humano. La orquesta necesita saber, porque como músico uno sabe cuando un director está preparado y cuando no, y eso se siente. Cuando el director sabe y propone algo, los músicos siempre quieren tocar, siempre quieren ver qué cosas añaden. La orquesta no suena por el director, la orquesta suena sola, pero si el director logra tener empatía con los músicos y llevarlos, pues se crea la magia ésta que afortunadamente nosotros aquí en Venezuela estamos mal acostumbrados a sentir, porque siempre la vemos por ejemplo con Gustavo (Dudamel), la orquesta y el público, y eso no es normal. En el resto del mundo no todos los conciertos son así y nosotros somos dichosos, porque siempre que tenemos un concierto aquí -que se yo- el 87% de los conciertos que se hacen aquí tienen esa magia especial.

-Háblanos de esa magia…
– Bueno, la sientes… no es tangible, pero es absolutamente palpable. Se trata de esa emoción que le ves al público que de repente nunca ha venido y siente la necesidad de pararse y aplaudir, o aquel público que conoce un poco más y lo ves con la respiración apresada por los pianissimos o los colores. Eso es lo que se vive aquí todas las semanas, por fortuna.

-Tienes al menos dos años muy activo internacionalmente y esta particularidad de la magia que puntualizas de Venezuela debe estar muy bien sustentada…
– Total. Por eso es que cuando la orquesta hace un viaje, la gente reacciona como reacciona y eso no tiene que ver con más nada, simplemente está: o se tiene o no se tiene, y la gente simplemente reacciona y explota. Por eso es que siempre nuestras orquestas tienen estos triunfos maravillosos; por eso en Europa y en todas partes del mundo la gente está tan ansiosa. No todo el tiempo tienen esa magia, no todo el tiempo pueden ser parte de eso. Muchas de esas personas tienen años siendo abonados de orquestas fenomenales, con directores fenomenales, y la música se hace fantástica, pero quizás no tienen la experiencia de la magia.

Por ejemplo, me pasó algo súper cómico porque mi debut en Alemania fue con la Sinfónica de Hamburgo a finales de enero (2014). Fue en la sala Johannes Brahms, afuera de la sala está la plaza Johannes Brahms; hicimos el Doble concierto y su Sinfonía nº 1; es un público que lo vio nacer porque él era de ahí y además tienen la NDR de Hamburgo, que es una de las mejores orquestas de Alemania… Al final, la cuestión fue una súper ovación. Después me di cuenta y me dije: “estoy bien loco ¿cómo voy a venir por primera vez a Alemania a hacer Brahms en la ciudad de Brahms, en la sala Brahms, con mi primera orquesta alemana?”. Pero bueno, pasó, y en en ese momento el intendente de la orquesta me dijo: “Esto no es así, esto no pasa”. Gracias a Dios han pasado muchas cosas bonitas.

-Te has convertido entonces en un embajador de esa magia venezolana…
– Pues bueno, no lo sé… supongo, porque a donde voy digo que no voy solo, vamos nosotros, va El Sistema, va la orquesta Simón Bolívar. Cuando leo en Twitter o por nuestra Web todo lo que está haciendo mi orquesta, siento que soy parte de eso, igual cuando voy y hago conciertos: siento que los muchachos están conmigo ahí. Es como nuestra forma de hacer música, la forma venezolana de ver la música… aparentemente a la gente le gusta.

-Esta fórmula que te formó, esa que te puso la boquilla del corno en los labios o la que el maestro Abreu utilizó cuando te puso un score al frente, ¿por qué crees que ha sido exitosa?
– Porque El Sistema no te crea límites. Hace que te plantees metas, pero no te hace crear límites. A veces te desvías y te tienes que regresar porque te fuiste mucho de un lado, pero te da la oportunidad cuando no estás preparado o no estás en el nivel de hacerlo, y una vez que pruebas las dulces mieles de lo que es la calidad, no lo olvidas nunca. Te quedas con ese gusanito de seguir buscando lo que ya probaste y desarrollarlo. A veces de maneras poco ortodoxas pero simplemente lo consigues. No hay pasos.