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Escuchar las grandes sinfonías y conciertos de mano de una buena orquesta, profesional, con años de experiencia y que forme, en definitiva, un buen conjunto, es un placer para cualquier músico entendido. Estas orquestas profesionales están formadas por músicos con una técnica impecable, que conocen el repertorio, y que incluso no es la primera ni la segunda vez que lo tocan.

Cuando has tocado siempre en orquestas jóvenes y por primera vez participas en una profesional la primera impresión es: “¡Madre mía, pero si esto ya suena!” En las orquestas jóvenes hay que trabajarlo todo, hacer muchos seccionales, aprender mucho antes de tocar las piezas y apuntarlo ¡todo! (por alguna razón nos cuesta retener los detalles que el director trabaja cada día y repertirlos al día siguiente). En la profesional esto no pasa, todo el trabajo se hace mucho más rápido, los músicos no necesitan tantas explicaciones, saben seguir al director, tiene una idea de las articulaciones que deben tocar, los fraseos y, la mayoría de las veces, se conocen el repertorio. Todas estas cosas son las que vienen con la experiencia de tocar en orquesta y que, por consiguiente, las orquestas jóvenes nunca tendrán.

Todos sabemos las funciones formativas que cumple una orquesta joven. Pero hoy nos preguntamos, ¿qué aporta al público su interpretación, si técnicamente una profesional siempre sonará mejor?

Por un lado, la visión de la obra. Igual que ocurre cuando uno es niño y se acerca a las cosas por primera vez y las percibe de una forma que jamás se repetirá; así funciona una orquesta joven. Los músicos jóvenes, aunque conozcan por medio de grabaciones y demás la música, se acercan por primera vez a la obra sinfónica. Y de ello se desprende una visión nueva, sin ideas preconcebidas (relativamente hablando), sin tempos ni fraseos metidos en la cabeza. Una idea a la que el director puede dar forma y así presentar una versión fresca de la obra. Hablando desde mi propia experiencia, recientemente he tocado la 5ª Sinfonía de Beethoven. A estas alturas, ya la había tocado unas tres o cuatro veces, y aún así seguro que la mayoría de mis compañeros, más experimentados, la habían tocado muchas veces más. Cuando la leímos en el primer ensayo, la propuesta musical salió más de los músicos que del director, y es una propuesta que suele costar cambiar. Si el director se acomoda, puede dejar que la orquesta siga su curso y se interpretará una sinfonía-estándar, una sinfonía correcta, pero que carecerá de la frescura que aporta la orquesta joven.

Por otro lado, el modo de tocar. Los músicos profesionales cuentan con la seguridad que da la experiencia. Tocan con cierta tranquilidad, que a veces incluso puede desembocar en comodidad. Un músico joven no se siente 100% cómodo en la orquesta, porque para él es algo relativamente nuevo. Sin embargo, para suplir la seguridad que da la experiencia cuenta con el descaro propio de la edad. Y para evitar los posibles fallos derivados de la falta de práctica, pone en su interpretación todos los sentidos. Podría decirse que pone más pasión (que no quiere decir que los músicos más formados no la tengan). Sin embargo, es una pasión diferente, también relacionada con el descubrimiento de tocar por primera vez en orquesta y con las nuevas sensaciones que ello conlleva.

Las orquestas jóvenes, los músicos jóvenes, tienen mucho que decir con su música, aunque no den todas las notas que ponga en la partitura, o su técnica esté lejos de la corrección. Si en la orquesta se ha trabajado bien, un concierto de músicos jóvenes puede gustarnos tanto o más que uno profesional.