Vía: Blogs.elpais.com | Por: Yahvé M. de la Cavada

La historia la escriben los vencedores, eso lo sabe todo el mundo. En la música, la historia la escriben quienes tienen el mejor agente. O quienes estaban en el momento adecuado en la revista o emisora adecuada. Ser bueno ayuda, pero no lo es todo. Y, con el paso de los años, tendemos a quedarnos con lo superficial y con los identificadores resonantes o recurrentes, que tampoco está uno para pasarse la mañana investigando si la primera ópera rock fue la de los Pretty Things, la de Nirvana (no “los” Nirvana, claro) o la de los Who. Para bien o para mal, “Tommy” es “Tommy”, y punto. El inconsciente colectivo del pop ha hablado; los demás, dejen su currículum y ya les llamaremos.

Qué (no) es jazz

Qué (no) es jazz

Con el jazz, un género tan aparentemente bibliotecario y carca para muchos, pasa algo parecido. La perspectiva es muy traicionera y, equis décadas después, resulta fácil creer que en su momento el jazz era todo Miles Davis, John Coltrane, Thelonious Monk o Duke Ellington. Y claro, si juzgamos los estímulos jazzísticos que le llegan hoy en día a cualquier transeúnte cultural no especializado, lo normal es palidecer ante la comparación. Lo que antes era original, arriesgado, combativo y genial ahora es rancio, conformista, tibio y decorativo. Pero no nos engañemos: en aquellos años la pachanga también rodeaba al jazz como una manada de lobos hambrientos. Hecha con más o menos gusto, reivindicada por algunos en aras de lo vintage o la memorabilia musical, pero pachanga, al fin y al cabo (con la más vulgar de sus acepciones, nada que ver con el género cubano heredero del merengue).

Esa óptica desenfocada y mitómana viene amparada por el sacrosanto “cualquier tiempo pasado fue mejor” –¡cuánta parcialidad se ha vertido sobre el verso de Manrique!– que inunda la mayor parte de doctrinas creativas. Uno puede alabar a Jonathan Franzen, pero cuidado con atreverse a compararlo con William Faulkner o Herman Melville. Pocos dudan de las bonanzas de Quentin Tarantino, pero hay que ser muy osado para situarle a la altura de John Ford, Raoul Walsh o Billy Wilder. Con el jazz –con la música en general– es igual: hace falta tiempo para convertirse en un clásico. Las modas tienen que pasar, la marea tiene que bajar y ver qué ha quedado tras ella. E, entretanto, el mundo de la música popular se nutre de revivales más o menos encubiertos y más o menos ingeniosos, pero inequívocamente esclavos de sus referentes.

En el jazz, que adolece de un serio problema de conservadurismo en algunas de sus alas, encontramos lo mismo: miles de músicos y grupos que recrean, con resultados más o menos afortunados, el jazz que fue moderno en su momento. Y algunos lo hacen realmente bien, de eso no hay duda. Pero si algo define al jazz, más que a ninguna otra música, es su capacidad para generar voces teorizando sobre lo que la define. Se han vertido ríos de tinta debatiendo la cuestión, señalando en una y otra dirección, dogmatizando y tratando de acotar qué demonios es el jazz y, sobre todo, qué no lo es. En pleno siglo XXI, el debate sigue abierto y supurando todo tipo de análisis, juicios y opiniones, con diferentes grados de acaloramiento. Y, ¿saben qué? Qué aún nadie ha conseguido colgarle una definición clara y consensuada al género. Como mucho, se acepta el que convivan una serie de corrientes y subgéneros, cada cual más diferente que el anterior, bajo la misma etiqueta genérica del jazz.

Todo eso, desde dentro, donde cada una de las corrientes conviven mejor o peor avenidas, pero relativamente al tanto de lo que ocurre en la puerta de la lado. Sin embargo, cuando uno lo ve desde fuera, ocurre como con cualquier género: los tópicos acaban definiéndolo vulgarmente. El jazz no puede evitar ser representado por clubes humeantes, aires de cine negro, postales de Nueva Orleans, músicos serios y trajeados y demás pamplinas por el estilo. Qué le vamos a hacer. Pero, mal que les pese a los obtusos revivalistas que pretenden establecer la muerte del jazz en algún momento a mediados de los 60 –desheredando toda la música que ha venido después– éste se regenera constantemente. Y casi siempre lo hace, como cualquier otra doctrina artística, desde el underground. Un underground al cual le resulta muy difícil llegar a un público que, además de lejano, está contaminado por estereotipos con olor a naftalina y supuestos estéticos más cercanos a la música de ascensor.

No hace falta irnos muy lejos. En la anterior entrada de este mismo blog, protagonizada por una estupenda entrevista de David Bizarro a Luis Boullosa, al hilo de la reciente publicación de su libro “El Puño y la Letra”, el entrevistado afirma: “el jazz -igual que Napalm Death o John Zorn- hay que escucharlo o muy pronto o muy tarde, pero nunca en el medio. Como aficionado, me parece sintomático que precisamente el jazz, una de las músicas más vanguardistas del siglo XX, llegase a convertirse en una de las más retrógradas del XXI“. Pero, como aficionado, Boullosa debería saber la cantidad de jazz vanguardista, arriesgado y original que se hace hoy en día desde las trincheras de la música improvisada a lo largo de todo el mundo. Tanta, o más que antes. Y especialmente porque es un escritor crítico y un gran conocedor del underground en el rock, resulta mucho más sintomático que alguien como Boullosa configure de un plumazo semejante instantánea del jazz en el siglo XXI. Es como si, hablando del mundo del pop, nos lamentáramos de que el género hubiera sido reducido a un conservador bluff definido artisticamente por Beyoncé, Justin Bieber o Bon Jovi. Algo que, con un adecuado grado de desconocimiento, podemos hacer sin problemas.

No trato de atacar a Boullosa, a mi compañero Bizarro o a su novia (mencionada en la pregunta como autora de la frase “el jazz es como las perlas o los abrigos de visón: debería estar prohibidos a los menores de cincuenta años“; muy ingeniosa, por cierto), pero sus comentarios sirven para ilustrar esta cuestión: ni siquiera es necesario ser ajeno al mundo de la música, sino que, quienes han tenido un acercamiento parcial –e incluso firme– al género, tambien tienden a embarrarse en los tópicos propios de quienes no profundizan más allá de lo circunstancial o lo que sus propios gustos o apetencias demandan. Tampoco es que haya que meterse dos mil grabaciones entre oreja y oreja para emitir una opinión contrastada pero, a la hora de establecer una imagen pública para un género con tantas ramificaciones, resulta prudente preguntarse si uno está al corriente de algo más que lo que se encuentra a pie de calle.

Porque si algo caracteriza al jazz, más de un siglo después de su gestación, es su capacidad para no dejarse definir. Para, a pesar de las corrientes principales, continuar incorporando nuevos elementos y reinventarse desde las escenas alternativas, aunque sea lentamente. Algo que se basa en la libertad y espontaneidad del individuo y en la interacción del mismo con los músicos que le rodean, nunca podrá ser categorizada del todo. Y, a día de hoy, seguimos sin poder definir exactamente qué es jazz. Pero sabemos qué no es: una música muerta, geriátrica y conformista.