Redacción | BBC Mundo

Podría pensarse que la creación de buena música depende del talento, la gracia o hasta la genialidad de quien la compone.

Pero eso no es lo que de hecho opina el profesor Armand Leroi, del Imperial College de Londres.

Leroi, especialista en biología del desarrollo evolutivo, se propuso demostrar que el compositor es un elemento prescindible en la fina tarea de la composición musical.

En su opinión, la música opera de acuerdo con los designios de una fuerza mucho más fundamental: la evolución.

“Cría” de ruidos

“No pensamos con frecuencia en que la música evoluciona, pero todo el mundo sabe que tiene una historia y unas tradiciones. Si lo piensas, realmente ha evolucionado, está cambiando continuamente”, dice.

“Cuando diferentes tradiciones musicales se unen, transmutan y se dividen de nuevo actúan fuerzas de cambio, variación, selección y recombinación”, agrega.

De acuerdo con su hipótesis, esto ocurre a través de un proceso “fundamentalmente darwiniano”.

Con el objeto de probarlo, enlistó la ayuda del doctor Bob MacCullum, de día investigador especializado en mosquitos, y de noche creador de las “Melodías de Darwin”, un programa informático que “cría” ruidos…hasta que “naturalmente” se transforman en música.

Para empezar, la computadora produjo dos piezas cortas de ruido, a partir de notas unidas aleatoriamente.

“Las notas aparece en cualquier lugar, en cualquier orden, y el tipo de sonido – el instrumento – también se genera completamente al azar”, explica MacCullum.

A continuación, el programa deja que las dos piezas se “reproduzcan” para crear otras 16 piezas. Y así sucesivamente, hasta que hay 100 tonadas en el fondo o catálogo de mezclas.

Supervivencia del ruido más apto

Llegado a este punto, intervino el oído humano.

A través de internet, se pidió a una serie de voluntarios que calificaran los sonidos producidos por el DarwinTunes, según si los adoraban, los odiaban o les resultaban indiferentes.

Aquellos que fueron detestados – los más “débiles” – salieron de la lista. Pero las populares se quedaron y fueron puestos a “reproducirse” para crear una nueva generación de ruidos.

“Al principio eran horribles. Pero ocasionalmente uno era un poco menos horrible, y lograba una mejor calificación por parte de un voluntario. Éste, y otros menos malos seguirían hacia adelante y tendrían ‘hijos’. Y así, según avanza la evolución, la música mejora”, señala MacCullum.

Algunos cientos de generaciones más tarde, ritmos más audibles comenzaron a surgir.

Algunos miles de generaciones más tarde, la música mejoró otra vez. Las mutaciones aleatorias que aparecían de vez en cuanto también dieron origen a algunas sorpresas musicales.

Pero entonces los sonidos se estancaron: dejaron de mejorar, de acuerdo con una investigación aparecida en la publicación especializada Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

Limitaciones

Leroi dice que esto se debe, en parte, a las limitaciones del programa, pero también es el reflejo de lo que ocurre en la vida misma con la evolución: fases rápidas de grandes cambios son seguidas de fases lentas.

Además, le faltaba la influencia social, otro elemento fundamental crucial en el proceso de selección de las tonadas.

Pero, en su opinión, no cabe duda del resultado: “se puede evolucionar música sin un compositor”, asegura.

Y si esto no tiene ya a compositores y melómanos retorciéndose de la furia, Leroi les reserva su gran visión de la máquina de música darwiniana para el futuro.

“No tengo duda de que si hubiéramos hecho el experimento por más tiempo, con computadoras más grandes y más rápidas, con millones de personas en vez de sólo miles, y por años en vez de meses, habríamos evolucionado hacia música fantástica”, dice.

“¿Tan buena como Mozart? No lo creo. No sería la obra de ningún compositor. No sería el acto de ningún genio individual. Sería la música de la gente, en su forma más pura”, sentencia.