Vía: formato7.com/

Si bien es cierto que el número de instrumentistas varones del jazz constituye una mayoría abrumadora, desde los orígenes del género las mujeres han tenido una presencia destacada no solo en la voz sino en los instrumentos, la composición, el arreglo, la dirección y la promoción pero es verdad que su trabajo es poco conocido y casi nunca reconocido. El primer disco de jazz de la historia fue grabado en 1917, irónicamente, por una banda de blancos, la Original Dixieland Jass Band sin embargo, en su libro Louis Armstrong, James Lincoln Collier afirma que tras esta grabación «Estaban las pruebas hechas por Keppard en 1918 y varios discos de seudojazz realizados en 1921 por Clarence Williams, músico de Nueva Orleans. Pero no fue hasta 1922, cuando se concretaron las grabaciones del Ory Sunshine y del grupo blanco Memphis Five, que las compañías grabadoras intentaron continuar con el éxito de la Original Dixieland Jazz Band [sic]. La serie de Memphis Five fue un éxito comercial y, finalmente, en 1923, se inició la carrera para grabar el jazz de Nueva Orleans.

«Como consecuencia, las grabaciones realizadas por la King Oliver’s Creole Jazz Band, en 1923, constituyen el primer documento de verdadero jazz.»

En esas primeras grabaciones participó Lil Hardin, pianista nacida en 1898 en Memphis, Tennesse, en el seno de una de esas familias de negros que habían logrado ascender a la clase media y buscaban la integración a su nuevo estatus socioeconómico mediante la negación de todo aquello que tuviera que ver con su raza. Su madre, Dempsy Hardin, definía al blues como «una música inhumana e inmoral tocada por haraganes inhumanos e inmorales que expresaban sus mentes vulgares con una música vulgar»

Desde niña, Lil inició sus estudios de piano clásico y en 1914 ingresó a una de esas instituciones estadounidenses tan democráticas que eran exclusivamente para negros, la Universidad Fisk, de Nashville.

Como la mayoría de los negros sureños de la época, en 1918 se trasladó a Chicago donde consiguió trabajo en una tienda de música. En esos momentos la actividad principal de tales establecimientos era la venta de partituras, no de discos, y el trabajo de Lil consistía en interpretarlas al piano para que los clientes las conocieran. Comenzó ganando tres dólares a la semana pero su buen desempeño le valió un aumento a ocho.

El establecimiento era muy frecuentado por músicos de jazz que se reunían ahí para ensayar y tocar. En esas jam sessions Lil, que venía de la rigidez de la formación clásica, descubrió que casi ninguno de los músicos usaba partitura y que en sus interpretaciones la improvisación cumplía un papel fundamental.

Un día llegó al local el legendario Jelly Roll Morton, se sentó al piano y empezó a tocar. El impacto que causó en la joven pianista fue tal que, contra la voluntad de su madre, comenzó a interesarse por el jazz.

Con todas esas influencias empezó a improvisar mientras mostraba las partituras, cuando la escuchó el clarinetista Lawrence Duhé la invitó a participar en una audición para integrarse a su banda, se presentó y consiguió el puesto por el que le ofrecieron el atractivo sueldo de 27.50 dólares semanales.

Por supuesto que se lo ocultó a su madre, le dijo que trabajaba de maestra en una escuela de música pero poco tiempo pudo sostener la mentira. Cuando la señora Hardin se enteró no le quedó más remedio que asumirlo y le permitió continuar en la banda con la condición de que Tubby Hall, el baterista, la llevara a su casa al terminar cada presentación.

En 1921 la escuchó King Oliver y la invitó a su Creole Jazz Band. En esa agrupación, además de pianista, se desempeñó como arreglista y aportó algunas de sus composiciones. La orquesta se presentaba regularmente en dos clubes, el Dreamland y otro del bajo mundo que se llamaba Pekin. Pronto ganó mucha popularidad no solo por su talento sino porque, efectivamente, era poco común encontrarse con una mujer instrumentista en el mundo masculino del jazz. Empezaron a llamarla Hot Miss Lil.

Su libertad interpretativa la llevó a enfrentarse varias veces con Oliver que era inflexible con el papel que cada instrumento debía cumplir, en su autobiografía narra:

«En la época de King Oliver, el pianista no acostumbraba tocar muchos solos […] Alguna vez se me ocurrió pegarle un pequeño repaso al teclado, Joe [Oliver] volvió su rostro hacia mí y apuntó con sarcasmo:

«-¡Vaya! Parece que tenemos un nuevo clarinete en la banda.»

En obra citada, Lincoln Collier asevera: «En la orquesta de Oliver, Lil Hardin era una figura anómala. Esta mujer era de Memphis, no de Nueva Orleans. Tenía una cierta educación, lo cual no podía decirse de los demás. Había estudiado música clásica, tema sobre el que los otros sabían muy poco. En suma, era una joven bonita y pequeña…pesaba cuarenta y cinco kilos y parecía una niña…proveniente de un hogar de clase media e inmersa en un mundo muy rudo, con un grupo de hombres que lo habían visto todo y se habían acostumbrado a ello.»

Tras una presentación en San Francisco, decidió regresar a Chicago mientras la orquesta seguía su gira rumbo a Los Ángeles. A su regreso, consiguió trabajo en el Dreamland.