Vía:www.elcorreo.com/ Por ISABEL URRUTIA

El tenor madrileño triunfa en el papel de Macbeth mientras su hijo, Plácido Domingo Jr., sigue abriéndose camino como cantante y compositor

Con apenas 33 años ya era abuelo. Un hombre muy rápido, Plácido Domingo. Y es que los primogénitos de la familia no hacen honor a su nombre y apellido. Se llaman igual por tradición familiar pero, luego, no paran quietos. El mayor (José Plácido) es fotógrafo y le dio un nieto con apenas 16 años; el otro (Plácido Francisco) se gana la vida como compositor, arreglista y cantante, además de tener tres hijas.

Tienen un padre que les ha puesto el listón altísimo pero no lo consideran un modelo a seguir. Afortunadamente, porque les supondría dejarse la vida en ello. Quien algo quiere, algo le cuesta. Además de talento, Plácido Domingo está dotado con una salud de hierro. Y una ambición que no da tregua. Es un profesional que luchó por convertirse en ‘el Leonardo da Vinci de la música’ y, a estas alturas, solo le queda la espinita de no haber compuesto una ópera… Nadie es perfecto. Por lo demás, es público y notorio que canta de maravilla, toca el piano muy dignamente y se las apaña con la batuta. Eso sí, no todo al mismo tiempo.

Aunque tenga debilidad por batir récords y salir en el Guinness, todavía no se ha animado a multiplicarse por tres. Y eso que no sería imposible. Aquí, de hecho, pueden verlo frente a la Filarmónica de Berlín, en una grabación de 2001, más feliz que una perdiz. Dirige, canta y no baila porque no lo tenía ensayado. Las caras de los espectadores, la inmensa mayoría berlineses de toda la vida, lo dicen todo. Pasmados se quedan. A Plácido Domingo no le hace falta un posgrado en Harvard para dominar todas las estrategias de mercado y tocar las teclas oportunas que favorecen el negocio. Sus dotes de empresario y experto en marketing son proverbiales.

También le gusta crear cantera y llevar a los jóvenes valores bajo el ala. En su día, por ejemplo, apostó por Ainhoa Arteta y Rolando Villazón. No tiene mal ojo, no.

¿Dónde estaba Placi?

El 21 de enero, cumple 75 años. A la vista de su currículum, parece lógico que se resista a quedarse entre bambalinas. Lleva 56 en la brecha y todavía busca desafíos. La extirpación de la vesícula le ha restado brío (y algo de peso) pero, aun así, se han defendido con aplomo en su reaparición sobre los escenarios. ¿El teatro elegido? El Palau de les Arts de Valencia, donde se siente feliz y a sus anchas, con una orquesta y coro de primerísimo nivel. Nada empañó el acontecimiento el pasado mes de diciembre, ni siquiera la sospecha de que en breve –como así ha sido–se confirmaría la imputación de la exintendente del coliseo, Helga Schmidt, por los delitos de prevaricación, malversación y falsedad documental. La vida sigue y hay que pasar página.

En la primera función de su vuelta, le arropaban Marta Ornelas, su mujer, y el benjamín, Álvaro, un hombretón de 47 años que habitualmente trabaja como representante de su padre. En cambio, al mayor, Plácido Francisco (‘Placi’ para los amigos), no se le vio el pelo en el Palau de les Arts. Está volcado en su propia carrera como cantante y le falta tiempo. Una pena porque el evento tenía su miga. Y es que Plácido Domingo no solo cantaba su enésimo papel de barítono –todavía le vapulean por estas veleidades–, sino que interpretaba a un traidor que necesita la sangre y la gloria como el aire que respira. Toda una novedad. Lo hizo en Berlín por primera vez, con otra puesta en escena, y ahora venía a la ciudad del Turia con ganas de rematar la faena.

El rol de Macbeth es un bombón para los grandes intérpretes. No hay más ver en las salas de cine –no se la pierdan– la película basada en la tragedia de Shakespeare, con un soberbio Michael Fassbender como protagonista (además de Marion Cotillard), para constatar que el clásico del bardo inglés sigue destripando a la perfección lo peor del género humano. «Lo hecho no se puede deshacer», repite en la obra Lady Macbeth, la consorte que instiga los crímenes y luego deambula por las noches con la mente poblada de fantasmas y suspiros.

Es un texto complejísimo, que trajo de cabeza a Verdi en su adaptación operística y más que belleza –en la voz o puesta en escena– exige desgarro y carne viva. Una pena que la versión montada en Valencia pecara en última instancia de incienso y buenas palabras. El divo madrileño se empeñó en terminar la ópera con el arrepentimiento de Macbeth –un fragmento suprimido por Verdi– porque, en sus palabras, «el público tiene que verme pedir perdón». Curioso, muy curioso. ¿Acaso los aficionados no saben distinguir entre el hombre y el personaje de ficción? ¿Teme que se le mire con malos ojos si asume el papel de un depravado? ¿No confía en el sentido común de los/las fans? ¿Teme que le dejen de adorar? No sé, algún día me encantaría preguntárselo.

Tampoco me importaría charlar con su hijo Placi, que acaba de cumplir 50 años y –sin pelos en la lengua–se declara devoto de Michael Jackson, Sting y Billy Joel. Es un cantante con una trayectoria muy llamativa. De entrada, se dio a conocer como compositor de la mano de un puñado de canciones que los Tres Tenores tuvieron ocasión de interpretar en Viena y París, allá por 1997 y 2000. Más tarde, ya embalado, se animó a escribir algunas piezas para el disco ‘Amore infinito’, inspirado en poemas de Juan Pablo II, que su padre grabó en 2009. Por aquella época, Placi formaba parte de la Iglesia de la Cienciología y se mostraba muy abierto a temas de corte, digamos, espiritual o elegíaco. Ya fueran villancicos o un homenaje a Danton, mártir de la Revolución Francesa.

Es un artista sin complejos, que no pretende hacer sombra a su progenitor. Imposible en cualquier sentido. El padre mide 1,80 mientras que Placi no pasa de 1,68. Así las cosas, le basta con disfrutar de su trabajo. En el último disco de Plácido Domingo, ‘My Christmas’, se les puede escuchar a dúo en ‘White Christmas’. Y cómo no, ha incluido un tema propio (‘Loving Christmas’). Ahora bien, tampoco descarta escribir una ópera en el futuro.

Sacrificio de los padres
Si Plácido Domingo Jr. estrena una ópera, su padre saltará al ruedo para echar el resto. Faltaba más. ¿Alguien lo duda? Con más de 50 años de rodaje, te puedes permitir hacer lo que te salga del alma. No habrá ningún crítico, reseñista ni periodista con ínfulas que te haga cambiar. En la actualidad los colegas de su quinta le tiran de las orejas por cantar papeles de barítono pero ahí se queda todo. Saben que es un titán que se mantendrá en activo hasta que no pueda más. Creció en los camerinos, viendo cómo sus mayores (el barítono zaragozano Plácido Domingo y la soprano guipuzcoana Pepita Embil) se deslomaban al frente de una compañía de zarzuela con sede en México.

«Mis padres daban tres funciones todos los días. Eso sí que es brutal», recordaba hace muy poco, ante el director musical de la Royal Opera House, Antonio Pappano, que no podía evitar poner los ojos como platos. No es habitual esa capacidad de sacrificio, sobre todo cuando no va acompañada con el reconocimiento y prestigio internacional. Eso explica que el padre no aceptara de buen grado que su único hijo varón se dedicara a la ópera. Muchos son los llamados y muy pocos, poquísimos, los elegidos.

Pero estaba decidido. Tras una etapa de confusión, enamoramiento y paternidad precoz –¡a los 17 años!–, el jovencito no tuvo más dudas. Y aquí lo tenemos, todavía con ganas de salir por la puerta grande. Al término de la primera función de ‘Macbeth’, los vítores y patadas que daba su hijo Álvaro, el benjamín, demuestran que también desata la locura en casa. El palco temblaba mientras la mujer del tenor madrileño, Marta, sonreía y se arreglaba el foulard. Ella también fue una brillante soprano antes de volcarse en el cuidado de la prole.

De momento, Plácido Domingo y Marta Ornelas tienen ocho nietos y unos cuantos han salido con buena voz. Se les ve habituados a los ‘flashes’ y disfrutan de lo lindo en la casa familiar de Acapulco, ya que la mayor parte del clan vive en México. Hacen piña y se les ve muy sueltos bajo los focos. Está cantado: los ‘Domingo boys’ darán que hablar. Al tiempo.