elmundo.es | RUBÉN AMÓN

No está claro si Plácido Domingo tiene 73 años o tiene 37. La segunda hipótesis, desde luego, puede justificarse en su abrumadora agenda. El barítono madrileño -tenor dejó de serlo- permanece como estrella del Grand Slam -la Scala, Covent Garden, Metropolitan, StaatsOper de Viena-, avanza en su repertorio con nuevos papeles -el próximo es Macbeth- y persevera en su faceta de estrella discográfica.

El último ejemplo se titula ‘Encanto del mar’ (Sony) y consiste en un inventario de canciones mediterráneas. Desde las más conocidas en Nápoles o en Grecia hasta las que orillan en el otro lado. Incluida Israel. Que fue la patria de Domingo en sus mocedades. “Allí permanecí dos años y medio. Llegué a cantar 280 funciones”, nos explica Domingo desde un singular autoasombro. “Y se trató de una experiencia al límite. Lo canté todo. Tel Aviv fue una gran prueba de fuego. O acababa conmigo o salía adelante fortalecido, inmune

Ha transcurrido medio siglo desde entonces. Impresiona admitirlo. Impresiona recordar que el desconocido tenor madrileño cobraba 16,5 dólares por función, aunque la experiencia no tuvo precio por otros motivos.

Empezando por el entrenamiento camaleónico de la Hebrew National Opera. Por el régimen de función diaria y ópera distinta. Y por algunas experiencias delirantes, como aquella ‘Traviata’ en versión United Nations. El papel de Germont fue interpretado en húngaro, Violetta cantaba en alemán, el coro se empleaba a su manera en hebreo, mientras que Domingo conseguía atenerse a las obligaciones ‘italianas’ de Alfredo.

Era la Babelia en que Domingo se galvanizó y el Mediterráneo al que ahora regresa, dejándose retratar en la portada del disco con la barba de un patriarca bíblico y con el aspecto de un marinero curtido.

“Es un disco muy especial. Primero, porque son canciones que me han acompañado siempre y que he querido de alguna manera inmortalizar. Y, después, porque el disco pretende trasladar una atmósfera más contenida y escrupulosa. No es un repertorio en que pretenda exhibir mi voz. Al contrario, en lugar de cantar casi susurro. Es un disco para la intimidad”.

Domingo está en Milan, en la Scala, como protagonista de ‘Simon Boccanegra’. Quiere decirse que la asombrosa longevidad que representa permanece comprometida en la reputación de los grandes teatros. Recaló en Londres el pasado octubre como protagonista de ‘I due Foscari’, del mismo modo que acudirá a Nueva York para debutar en Ernani (marzo) y que comparecerá después en Viena como estrella de ‘Nabucco’.

Sobrentiende la agenda una afinidad absoluta a Verdi, pero también traslada el propósito de exponerse a los públicos más exigentes. “No concibo seguir cantando si los grandes teatros no me contratan. Quiero decir que no canto por cantar, sino porque estoy en condiciones de hacerlo desde el mayor rigor profesional. Mi carrera continúa porque me lo permiten estos grandes escenarios. Y porque el público demuestra que me quiere escuchar. No vivo de las rentas, sino de mi esfuerzo y de mi trabajo cotidiano. Sigo estudiando, sigo aprendiendo. Y me doy cuenta, claro, de que pasan los años, pero no encuentro motivos para retirarme. Seré el primero en saber cuándo debo hacerlo. Pero de momento me ilusiona seguir firmando contratos. Repito lo que digo muchas veces: No cantaré un día más de lo que deba, ni un día menos de lo que pueda”.

¿Le sorprende a usted mismo esta longevidad?
Más que sorprenderme, soy, probablemente, el más sorprendido. Nunca hubiera pensado que a los 73 años estaría mi nombre expuesto en los principales teatros. Ni que a esta edad podría ir desarrollando nuevos papeles. Tengo delante demasiados estímulos que me hacen seguir en los escenarios, respetándolos tanto como los respeto. Duermo poco. Porque me quedo estudiando hasta las tres o las cuatro de la madrugada.
¿Y qué estudia últimamente?
Tengo entre manos mi debut como Macbeth. Un desafío enorme y un papel muy complicado, porque interpretarlo bien requiere tanto respetar la línea de canto de Verdi como tener en cuenta el aspecto teatral, declamatorio de Shakespeare. Voy a cantarlo el próximo febrero, en Berlín, con la dirección musical de Barenboim. Cuando era tenor, siempre pensé que era uno de esos papeles que más envidiaba a los barítonos.
Un papel malévolo. A contracorriente de los que usted interpreta. Nunca ha sido partidario de encarnar a los malos en la ópera.
Macbeth no es exactamente un inocente, pero mi concepción del papel lo aproxima al de una víctima de su propia esposa. Es un instrumento de la que ella se vale para alcanzar el poder. Veo a Macbeth como un personaje frágil, débil, atormentado, sobrepasado por la maldad conyugal.

No hace falta viajar hasta Berlín para escuchar a Plácido Domingo. Su don de la ubicuidad lo coloca en Barcelona como protagonista de ‘I due Foscari’ en versión concierto (30 de abril, 3 de mayo), aunque antes se pluriemplea en el Palau de les Arts de Valencia, compaginando su faceta de director de orquesta -estrena ‘Manon Lescaut’ el 9 de diciembre- con su papel de cantante en ‘Luisa Fernanda’ (del 15 de diciembre en adelante).

El compromiso de Domingo mantiene a flote la reputación del Palau de les Arts, víctima de los recortes presupuestarios y de su propio gigantismo, es decir, de la megalomanía y de la propaganda con que el ex presidente Camps concibió el gran teatro mediterráneo de la ópera.

El proyecto sobrevive ahora con enormes dificultades. Y con la lealtad de Domingo, titular a su vez de un centro de perfeccionamiento de cantantes que reivindica su vinculación a los valores de ‘cantera’.

¿Cómo observa la crisis española?
Salimos demasiado en los periódicos por malas noticias. Se habla de corrupción, de desempleo. España está sufriendo mucho. Y mi impresión es que estamos viviendo una nueva transición, aunque no está claro dónde va a llevarnos esta segunda transición.
¿Podemos?
Quienes ya tenemos años y experiencia, sabemos cómo evolucionan muchos fenómenos políticos que se llaman regeneracionistas. Creo que aportan vitalidad. Y que suscitan un entusiasmo, una ilusión. Por eso nos aferramos a soluciones alternativas. Vivimos un periodo de descrédito para los partidos convencionales. Pero creo que debemos también estar atento a los desengaños.
¿Qué quiere decir?
Pues que me acuerdo del socialismo. Y de Felipe González. De la renovación que anunciaba el PSOE, de los rasgos renovadores con que se presentaba. España entonces quedó seducida por el impacto de un cambio, un gran cambio. Se produjo un vuelco electoral, al que luego, sin embargo, sucedió un cierto desengaño. Y entonces ocurrió que el PSOE se terminó convirtiendo en un partido conservador, en una fuerza política de derechas. Quiero decir que la ilusión que pueda suscitar Podemos necesita contrastarse con la realidad. No deben crearse grandes expectativas. Pero sí deben establecerse límites a la corrupción. Y soluciones.
¿En cuál está pensando?
España tiene un gran problema con la economía sumergida. Y debe emerger, pero debe hacerlo de una manera en que el Estado sea más sensato con sus políticas fiscales. Los impuestos son excesivos y la presión fiscal misma incentiva toda suerte de escapatorias.

Plácido Domingo ha echado raíces en España. Su agenda lo convierte en una especie de apátrida, pero ha adquirido un piso en Madrid. Y no exactamente en la calle Ibiza. Que fue donde nació hace 73 años, como acreditan una placa y la propia partida bautismal.

Se había interpretado la mudanza como una manera de subrayar su vinculación al Teatro Real y de postularse como hipotético sobreintendente, pero ocurre que los escenarios alejan a Domingo de los despachos. Lo reclaman como director de orquesta y como barítono verdiano. Y lo consagran como a un superhéroe, aunque esta concepción hagiográfica del monstruo también comporta momentos de decaimiento.

Sucedió este pasado verano en el Festival de Salzburgo. Plácido Domingo tuvo que abdicar del Trovatore después de la segunda función. Y exponerse a los reproches de la crítica europea.

“No tenía que haber cantado, pero lo hice en unas condiciones inadecuadas. Tenía una seria infección. Y me medicaron con unas inyecciones contra el asma que me dejaron completamente trastocado. No tenía ni aire para cantar. Luego los médicos de mi confianza me explicaron que esas inyecciones fueron un disparate. Traté de sobreponerme a esas adversidades. Y me pudo la sensación de no poder corresponder a todos esos espectadores que habían venido a escucharme”.

Tendrá ocasión de redimirse el próximo mes de agosto. Domingo regresa a Salzburgo con la misma producción del ‘Trovatore’. No le gusta en absoluto el montaje escénico de Alvis Hermanis, que traslada la ópera a un museo, pero sí le entusiasma colocarse otra vez a la vera de Anna Netrebko. “Es una cantante extraordinaria. Y creo verosímil empezar a compararla a Maria Callas. Me refiero a la personalidad, a las cualidades vocales, al poder escénico. Netrebko puede ser una cantante de época, si es que ni lo es ya. Es una cantante magnética y provista además de unas condiciones musicales impresionantes. Una enorme y madura artista”.

Revisten importancia los elogios porque Domingo no suele regalarlos y porque su trayectoria de medio siglo largo en los escenarios le ha permitido ‘exponerse’ a las mayores cantantes de nuestro tiempo. Podríamos citar a la Tebaldi, a la Barbieri, a Mirella Freni y a la Scotto, a Galina Vishnevskaya y Joan Sutherland, a Marilyn Horne y a la Caballé, pero el álbum de los recuerdos incluye una función de Lucia di Lammermoor con Lily Pons. Que había nacido en ¡1898!